Escenario

"Hasta que no encuentro el veneno en la canción no paro"

El músico Rubén Goldín presenta mañana su disco "Girasoles" en el Complejo Atlas. Anécdotas de La Trova y las mañas para buscar el mejor acorde

Viernes 10 de Mayo de 2019

Rubén Goldín se sienta en un bar del Pasaje Pam, pide un tostado en pan árabe y se apresta a explicar por qué le puso “Girasoles” al disco que presenta mañana, a las 21.30, en el Complejo Cultural Atlas (Mitre 645). No tiene la respuesta estereotipada, lo que se agradece, pero ese todo que cuenta en el que entran las pinturas de Vincent van Gogh, una foto familiar de sus padres, el vínculo de la letra con “Las cosas que uno quiere” y una anécdota con Juanchi, su hijo mayor que vive en Madrid explota en un acorde y una letra que dice “Hay amor en sus girasoles y un deseo de salvación”. Cuando una canción derrocha poesía no hay que explicar tanto, sólo hay que sentir. Como eso que se siente en el pecho cada vez que canta Goldín.

Tarde de jueves, cada vez queda menos tostado de árabe en la mesa. Es que son casi las 4 de la tarde y el músico que creó “Mi amor es rojo” y “Sueño de Valeriana” todavía no almorzó debido a las notas de prensa. Entre mordisco y mordisco va contando cómo gestó su disco nuevo, pero también hablará de aquella inocencia que tuvo al grabar “Los nuevos brotes” de “Tiempos difíciles”, aquel recordado primer álbum de Juan Carlos Baglietto cuyo grupo integraba, y hasta mechará alguna anécdota de este nuevo brote de La Trova que tuvo su cimbronazo en aquella noche inolvidable en el Teatro Colón.

Silvina Salinas, la reportera gráfica de La Capital, mira de reojo la luz de la tradicional galería rosarina para lograr la mejor foto y de repente la lluvia de ayer interrumpe ese mágico momento. El audio del grabador casi ni se escucha y Rubén mira para arriba y dice: “Paremos un cachito”.

La pausa sirve para dejar que la lluvia haga su trabajo, pero Goldín no para de hacer el suyo, que es cantar cada día mejor. “Antes cantaba sin técnica, como un salvaje, ahora es distinto, uno lo hace de otra manera. Me acuerdo que un día me llama Fito para su show en El Círculo y le dije que hacía cualquier cosa menos «Viejo mundo». Y me dijo: «Entonces vas a hacer Viejo mundo». Le pedí que baje un tono y me dijo que no, que la iba a poder cantar bien igual. Y salió nomás”, dice con más timidez que orgullo.

Este es el sexto disco solista de Rubén Goldín, después de “Nadar” (2013), “Brilla el sol” (1992), “Piedras preciosas” (1990), “Profano” (1988) y su debut con “Destiempo” (1985). Seis discos en 34 años parece poco, sin contar “Rosarinos”, con Jorge Fandermole, Lalo de los Santos y Adrián Abonizio (1997) y el compilado “Cronología” (2002), pero hay que conocer la manera de componer de Rubén para entender los tiempos de maduración de cada canción.

“El otro día estaba con Martín Neri, que vamos a tocar juntos este domingo en el Anfiteatro, le muestro un tema y me dice que un acorde no iba ahí, que parecía un tema de Moris. Y ya está, me clavó el puñal, ese acorde no va a ir en esa canción”, dice después de un sorbo de Levité de pomelo.

No es casual que aparezca Moris en un acorde de un tema suyo. “Mis primeros discos fueron «Abbey Road» de Los Beatles, el primero de Almendra, el primero de Los Gatos y el triple de Woodstock”, confiesa. Y claro, esa información sumada a la herencia folclórica con el vuelo del Chango Farías Gómez y el Cuchi Leguizamón, más algún aire de bossa y un poquito de swing jazzero explica de inmediato por qué suena como suena “Girasoles”.

A lo largo de once canciones, Goldín combina litoraleña, baladas pop, vals peruano y también hasta un irresistible pulso brasileño, como en “As rosas nao falam”. Y en ese abanico estético incluye “La tempranera” en aire de zamba, “Vidala para mi sombra”, clásicos como “Bajo el sauce solo” y dos temas inoxidables como “Las cosas que uno quiere” y “El ogro y la bruja”, una joyita.

“Una vez me dijo algo el Chango Farías Gómez y no me lo olvido más: la tradición de la música va cambiando, si no se muere”, dice Goldín y hasta se sorprende de nuevo con la frase, como si fuese la primera vez que la escucha. De la misma manera que se sorprende cuando vuelve a cantar “Basura en colores”, “Hagamos algo” o “Un disparo más”.

El sacrificio de Van Gogh

A Goldín le piden una selfie desde un local de ropas de la galería y antes de la instantánea volverá a explicar que hay palabras de la letra de “Girasoles” que están en las cartas de Van Gogh, el mismo que se llegó a cortar un lóbulo de la oreja por amor. La pregunta que viene es si Goldín alguna vez se sacrificó por amor a la música. Y contesta sin dudar: “Es al revés, yo he sacrificado cosas de la música para criar a mis hijos. Mis dos ex mujeres, las dos madres de mis cuatro hijos, iban a la facultad mientras yo cocinaba y cambiaba pañales. Por eso cuando me dicen si soy machirulo o no, yo digo que no hablo con todes ni escribo con x porque no hace falta, lo que hace falta es demostrar que crié a mis hijos como si fuese una madre. Ojo, lo hicimos juntos, no soy un héroe por eso, pero te digo que quizá debería haber escrito más canciones de las que escribí. Yo vivo en Escobar y me levantaba a las 6 de la mañana hasta el año pasado para llevar a mi hijo a la escuela. Este año está en la secundaria y ya aflojé un poco, por eso ahora estoy escribiendo más. La escritura y la composición llevan mucho tiempo, pero eso porque a mí me gusta ese acorde, no aquel. Hasta que no encuentro el veneno en la canción no paro”.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario