Escenario

Había una vez un pibe que odiaba la música

Domingo 02 de Junio de 2019

Venía de los Premios Gardel en avión de Mendoza a Buenos Aires y en el asiento de al lado mío se sentó un joven puntano de unos 35 años que antes de dormir plácidamente durante todo el viaje dio inicio a esta atípica charla.

_¿Venís de visitar Mendoza?

_No, vengo de cubrir los Gardel.

_¿Los qué?

_Los Premios Gardel, que son los premios a la música.

_Ah, no, yo no sé nada de música.

_Está bien, no se trata de saber o no, pero...

_No, no, pero a mí no me gusta la música.

_¿Cómo?

_Sí, yo odio escuchar música, en mi vida escuché una canción entera.

_No sabés lo que te estás perdiendo.

Admito que escuché muchas expresiones extrañas, pero nunca esperé oír de boca de una persona, que además es treintañera, que no le gustara escuchar música. Como si la música fuera un plato de comida que uno elige no saborear, o un lugar turístico que se rechaza por tener un clima demasiado tórrido, o una vecina odiosa que uno elige no topársela por las mañanas. La música, joven puntano, está en el aire. Prendés la tele y escuchás una melodía, salís a la calle y los pajaritos no paran de silbar, llueve copiosamente y hay percusión en el contacto de las gotas contra el asfalto, y así. A este chico lo invitaría a que vea la película que más le gusta (¿le gustará el cine?), pero sin sonido, y después le preguntaría si la película sigue estando entre sus preferidas. O que haga el ejercicio de poner la radio y la apague al primer jingle o cortina musical, seguro será en menos de diez segundos. O bien que vaya a un cumpleaños de 15 y no haya una mínima música de fondo ni baile hasta las 4 de la mañana. Podría hacer veinte columnas escribiendo más ejemplos, pero sólo me interesa afirmar que no abrirse a sentir una melodía es postergar la belleza. Y eso es imperdonable.

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