Escenario

Guillermo Francella: "Fui formando un Frankenstein"

"El clan”, que se estrena en Rosario el jueves, es la película de Pablo Trapero basada en la familia Puccio, que en 1985 pergeñó uno de los casos policiales más resonantes de la historia criminalística argentina.

Domingo 09 de Agosto de 2015

Guillermo Francella se muestra cordial, simpático, no se saca nunca su sombrero, desparrama elegancia y calidez. En la entrevista con Escenario pregunta el nombre del periodista para acortar distancias, está atento a las preguntas, gesticula en cada respuesta, tiene un aire distendido y sereno, con la sonrisa siempre a tiro.

Arquímedes Puccio, su personaje, es todo lo contrario. Es el siniestro ex agente de la Side que en la década del 80 secuestró y mató empresarios poderosos, pese a que los vecinos de San Isidro lo veían como un tipo buenazo, un rotisero que barría la vereda cada mañana y hasta se reían porque siempre miraba a uno y otro lado para ver quién viene.

“El clan”, que se estrena en Rosario y en todo el país este jueves, es la película de Pablo Trapero basada en la familia Puccio, que en 1985 pergeñó uno de los casos policiales más resonantes de la historia criminalística argentina. El jefe de familia, Arquímedes, junto a su hijo Alex, jugador de rugby del Casi y de Los Pumas (Peter Lanzani), estaban a la cabeza de los planes perversos, en un juego oscuro de complicidades que incluyó al círculo más íntimo de los Puccio.

La mirada helada de Arquímedes asoma desde el afiche de “El clan” por sobre la mirada cálida de Francella, cómodamente sentado en un sillón del cuarto piso del hotel Splendor Savoy de Rosario. Parece increíble que los ojos sean los mismos y transmitan sentimientos tan encontrados.

—En gran parte de tu carrera, el objetivo mayor era lograr la carcajada de la gente, ¿hoy sentís que con “El clan” la meta es que te odien?

—Fue muy movilizante para mí, porque yo tenía muchas ganas de esto. En verdad, hace varios años que lo vengo haciendo, con “Rudo y Cursi”, “El secreto de sus ojos”, “Los Graziano”, “Atraco!”, “Corazón de león”, “El misterio de la felicidad” y ahora “El clan”. Y es esto de tocar contenidos heterogéneos, de contar contenidos diferentes y directores diferentes entre sí. Me permite explorar algo en lo interpretativo que no transito con asiduidad, entonces el verme no reconocible, y no reconocerme yo en ese hombre, no tener comunión con un chacal semejante, el tocar un contenido tan duro y tan particular y hacerlo desde un lugar nuevo desde lo estético, desde lo postural, lo corporal, del decir, del mirar, para mí fue de una enorme utilidad.

—¿Estas características hicieron que el rodaje sea cuesta arriba?

—Y... fue duro, porque fue un rodaje muy intenso, sobre todo por la cuerda que tocábamos. Había escenas que decíamos “Dios mío, qué horrible”, pero había que hacerla, y volvíamos abatidos a casa. Pero valió la pena, vi el corte final y me parece extraordinaria la película, me parece algo diferente, algo intenso, algo que creo que va a dar que hablar.

—¿Cuando te encontraste con un personaje tan nefasto como Arquímedes Puccio, qué era lo primero que pensaste en transmitirle a la gente?

—Hablamos mucho con Pablo Trapero, mano a mano, hicimos muchos ensayos. Y allí fue muy interesante en todo el proceso qué queríamos de Arquímedes. Sabíamos algunas cosas, teníamos material fotográfico y de tanto hablar con los familiares, los deudos, los amigos, los parientes, los fiscales, los jueces, sabíamos un poco cómo era.

—¿Se les complicó un poco al no haber registros fílmicos de Puccio?

—No había testimonios de videos, porque en esa época no estaba ese registro para decir “ah, mirá cómo caminaba, cómo decía”. Pero había un montón de terminologías que sabíamos que él utilizaba. En su manera de hablar tenía una cierta cadencia, era muy retorcido para hablar, no sólo era retorcido en el delito, sino que en general hablaba de una manera muy especial, con frases rimbombantes, raras. También era un tipo muy inteligente, no era muy afectuoso con la familia, tenía una cierta predilección con su hija más chica, Adriana, pero por lo general era un tipo distante, en las fotos nunca lo ves abrazando a nadie, estaba siempre así, rígido.

—¿Qué te sorprendió de algunos de los testimonios de audios de su voz original?

—Tengo un testimonio auditivo de una de las amenazas telefónicas que él le hace a Nélida Bovini de Prado (una de sus víctimas) y él hablaba muy tranquilo, mientras del otro lado se sentía a alguien desesperado, él decía “tranquilícese” (baja la voz, imitando su tono), y a la vez muy intimidante. Con Trapero hablamos el tema de la mirada, de dejar detenida la vista, él me decía “tratá de no pestañear”, para mirar fijo y no moverme del lugar, y empezamos a encontrar un montón de elementos y fuimos formando a este Frankenstein hasta lograr este Arquímedes, que nos dejó felices y muy satisfechos.

—¿Recordás como viviste el caso en aquellos años?

—Sí, lo tengo muy presente porque yo era de San Isidro, pasé por la puerta de esa casa miles de veces sin saber lo que estaba ocurriendo. Era una rotisería que después se convirtió en una casa de windsurf. Imaginate, fui al colegio en San Isidro, toda mi vida, iba al club Beccar, a 20 cuadras de San Isidro, mi primera obra de teatro la hice en el Auditorium de San Isidro, que es a la vuelta de la casa de los Puccio. El Casi lo frecuentaba, los bares de la zona también, frecuentaba todo eso, mi vida fue San Isidro. Cuando ocurrió esto, creíamos que eran perejiles, que les habían hecho una cama, nadie creía ¿Te acordás? nadie decía que era verdad y fue verdad.

—¿Para construir este personaje perverso tomaste de otros villanos referentes?

—No, no tomé ningún referente porque acá había que construir algo nuevo, virgen. Y la importancia para mí era saber cuál era el pensamiento de Trapero, la película siempre es del director, más allá de que haya ocurrido en la vida real, que es uno de los casos policiales emblemáticos de la Argentina. Era ver qué quería, por dónde quería ir, y en los ensayos empezó a salir Arquímedes. Lo fue pidiendo él, lo fue encontrando él y lo fuimos construyendo juntos, no tomé otros referentes.

—¿Esa cotidianidad de los Puccio, que puede verse en tu familia, en la mía, en cualquiera, te shockeó?

—Y sí, y todos sabían todo y eran cómplices, por comodidad o por ambición no decían nada. El trabajaba para los servicios, hacía la hotelería para los servicios. Cuando llega la democracia y se acabó esto que hacía, agarró la mano de obra desocupada y utilizó a la hotelería como beneficio personal, por su ambición. Por eso chupaba a los amigos de los hijos, a gente que él sabía que estaba bien de plata. Después, él, de viejito ya, en General Pico, La Pampa, arrogante, no arrepentido de sus delitos, dijo “¿Por qué me voy a arrepentir de lo que hice? Esto fue una guerra”. Estaba chapa. “A mí también me mataron gente”, dijo una vez, como que era un soldado.

—La realidad supera la ficción se lee en el afiche. Pasaron 30 años y uno encuentra algunas situaciones de proximidad con ciertos momentos de la actualidad.

—Sí, tiene vigencia, no imaginamos nunca que la iba a tener de este modo. Es una película del 80, pero lo que está pasando en estos casos, como de (Alberto) Nisman, como de la Side, es fatal, el tema de los secuestros extorsivos, virtuales, y la política que aparece como tan prioritaria. Agustín Almodóvar, hermano de Pedro, productor de El Deseo (coproductora del filme), dijo una frase que me impactó: “Era una familia criminal dentro de una época nefasta de la Argentina, que era la dictadura. Era un infierno dentro de otro infierno”. Y es verdad. Es lo que se vivía en esa época, ahora no hay un proceso militar, pero sí hay algo con el tema de la Side, que es duro de entender, que sea tan tangible.

—Para muchos tu Pablo Sandoval en “El secreto de sus ojos” fue un quiebre. ¿Pero tu cambio no fue con “Rudo y Cursi”?

—Sí, “Rudo y Cursi”, el quiebre empezó ahí, con Alfonso Cuarón, Iñárritu y Del Toro, que eran los productores, y Carlos Cuarón, el director. Yo tenía muchas ganas, hice una audición como en la época adolescente, para ver qué pasaba, y después hice una seguidilla que no mermó con esto de trabajar con directores bien heterogéneos entre sí, hice registros diferentes. Pero en esta película me pasó que me transportó, me vi irreconocible, y no desde lo estético, porque llevo tantos años trabajando que siempre apelo a algún recurso para generar algo en el otro. Sin embargo, acá no tuve que apelar a ningún recurso de los conocidos en mí, fui virgen al lugar, lo fui construyendo, y pude explorar en lo interpretativo algo nuevo. Eso para mí fue muy jugoso. Para un actor es el sumun poder desdoblarte, ser otro. Y generar lo que estoy generando.

 

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