Escenario

Federico Luppi: "No me gusta juzgar a los demás"

Federico Luppi no es de los que habla por hablar. Elogia lo que merece destacarse, se conmueve con su nueva película y describe a su personaje con una profundidad medular. Y hasta se anima a contar cuestiones muy íntimas de su personalidad, cuestiones de vida, de su momento actoral y del paso de los años.

Domingo 20 de Septiembre de 2009

Federico Luppi no es de los que habla por hablar. Elogia lo que merece destacarse, se conmueve con su nueva película y describe a su personaje con una profundidad medular. Y hasta se anima a contar cuestiones muy íntimas de su personalidad, cuestiones de vida, de su momento actoral y del paso de los años. Cuestiones que van más allá de los principios del Viejo Castilla en “Cuestión de principios”, el filme del rosarino Rodrigo Grande, que se estrena este jueves en los cines de la ciudad.

 —¿Qué tiene esta película para conmover a un actor de su trayectoria y por qué le puede gustar a la gente de Rosario?

  —Los típicos hallazgos de Fontanarrosa, que siempre tiene esa visión tan aguda del hombre urbano de clase media de la Argentina. Y Rodrigo trabajó con él mucho tiempo el guión y además llegó a hacer un aporte interesante, porque como buen rosarino conoce mucho lo cotidiano de la gran ciudad y el lenguaje que lo acompaña.

  —¿Qué particularidades tiene su personaje?

  —Este personaje Castilla es un individuo muy argentino, porque transporta todavía valores que correspondían a 40 o 50 años atrás, pero hoy es un anacronismo. Es un individuo que le cuesta cambiar, le cuesta lo novedoso, le cuesta emprender algo, le cuesta el goce, escudado siempre en una suerte de una ética inmovilista. Todo lo que la mujer le propone en lo cotidiano, en lo que respecta a cambiar, a pedir aumento, o algún tipo de actividad renovadora, él lo conceptúa como una cosa de falsa ambición y a comportamientos que corresponden a la gente de poca moral.

  —¿Y esto lo convierte en más fuerte?

  —Esto lo convierte en un tipo vulnerable. Y aparte es como lo define un tipo de la oficina, que cuando le preguntan “¿qué hace este viejo aquí?”, él dice: “mirá, básicamente rompe las pelotas”. Te quiero decir con esto que es un tipo que toca, husmea, huele, mira todo, pero no se moja.

  —Cuando una persona con su carrera filma con alguien que podría ser su hijo y con breve trayectoria, ¿qué lo motiva para participar de este proyecto?

  —Lo más elemental es que se trata de personas que, al no estar atadas a conceptos sofisticados, se permiten cosas, dudan menos y arresgan más. Son capaces de tratarte de igual a igual, tiene la impronta del atrevido. En general el hombre con mucha trayectoria y experiencia está muy atado a sus “columnas” culturales, está encadenado a eso. A cierta edad, inconscientemente la psique elige el menor esfuerzo. Este chico, como todo director joven, tiene la necesidad de no preconcebir. Y eso te libera mucho, te hacer respirar bastante más hondo y te da mucha comodidad.

  —¿Cuál es la cuestión de principios de Federico Luppi?

  —No tengo una lista de principios, en general me manejo con elementos basados en el más estricto sentido común, sabes. No me gusta mucho juzgar a los demás respecto de lo que piensan y más bien me guío por lo que hacen. No te olvides que he envejecido en este país y estoy harto e impregnado de una enorme cantidad de discursos, de los cuales por supuesto hoy descreo profundamente. Entonces más que una caracterización ideológica de lo que los demás hacen me guío por principios casi campesinos. Lo que hacés es lo que determina el carácter de tu propia vida. Mentir se puede hacer fácilmente, pero el comportamiento es lo que hacés todos los días.

 —Y eso es innegociable.

  —No se puede negociar y tampoco tiene sentido negociarlo, porque si lo negociás tampoco merecés el infierno. Pero cuando uno no hace lo que dice lo más probable es que uno lentamente se vaya enterrando en la incapacidad de manejar su vida, porque terminás siendo una especie de veleta al mejor postor. El tema del comportamiento social tiene que ver siempre con lo que se establece como una forma de convivencia más o menos realista que es tener cierto apego por la propia dignidad, sin considerarse por eso un héroe o San Francisco de Asís. Es bastante más complejo, pero no me gusta definir a las personas y los hechos a través de una especulación porque esto de alguna forma te puede llevar a la la trampa dialéctica que si sos más hábil que el otro le ganás la discusión, pero eso no significa que tengas razón. Una de las cosas que plantea Fontanarrosa en la película es que muy a menudo estamos enfermos de esloganismos, sabes, y de pronto, te dicen que Mengano es así, Fulano es asá, son etiquetas, y resulta que un día lo conocés a Mengano y  que es un tipo creíble, adorable, querible, que vale la pena compartir cosas, entonces el prejuicio es más grave que las guerras.

  —¿Qué le significó volver a la televisión argentina con “Tratame bien”?

  —Hacía 12 años que no hacía televisión y por eso fui un poquitín cagado, el programa andaba muy bien, pero me tocaron dos buenos libros. Hice un viejo cabrón, bastante discutible, y estaba bien planteado, quedó bien. Creo que fue un reencuentro afectuoso con Cecilia (Roth), con Julito Chávez, , muy buenos actores, y con un director estupendo, que no conocía, que es Daniel Barone.

  —¿Tiene nuevos proyectos en la Argentina?

  —Ahora comencé a filmar un unitario con Leonardo Sbaraglia y Leticia Brédice, en la que hago el papá de Sbaraglia, es un viejo mafia que está en la cárcel. Me gusta estar aquí si tengo trabajo, lo que no me gustaría es estar sin hacer nada, ¿viste?, de turista me cuesta bastante trabajo. Van a ser 13 capítulos, una vez por semana, se llama “Impostores”, empezamos a grabar esta semana y seguimos hasta diciembre. Me hace feliz estar ocupado, si no es muy difícil.

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