"En mi cabeza siempre imaginé a este personaje con cariño y comprensión"
El director Luis Ortega habló de su nueva película, basada libremente en Carlos Robledo Puch, el asesino serial más célebre de la historia argentina. el filme llega a Rosario el jueves.

En 1972, la sociedad argentina quedó en shock ante un caso policial atípico: Carlos Robledo Puch, un joven de apenas 20 años, caía preso después de haber cometido 11 asesinatos y 42 robos en sólo 12 meses. Nadie se explicaba cómo aquel rubio de cara aniñada y angelical, hijo de una familia aparentemente normal de clase media, se había convertido en el asesino serial más tristemente célebre del país. Hoy, con 45 años en la cárcel, Robledo Puch es el preso más antiguo de la historia penal argentina.

  Después de consagrarse con la miniserie "Historia de un clan" (2015) —sobre otros delincuentes famosos, la familia Puccio—, el guionista y director Luis Ortega se inspiró libremente en la figura de Robledo Puch para crear "El Ángel", la esperada película que el próximo jueves llegará a Rosario. Con un guión escrito junto a Rodolfo Palacios y Sergio Olguín, Ortega construyó desde la ficción un "Carlitos" muy alejado del "Robledo monstruo". Su Carlitos (interpretado por el debutante Lorenzo Ferro) es un pibe de 17 años que empieza robando pequeños objetos por pura diversión, que actúa misteriosamente, casi sin saber lo que hace. Para él los actos no tienen consecuencias, ni los crímenes víctimas. A veces se comporta como una estrella de cine, como si creyera que lo están filmando, y percibe que todo es una puesta en escena. Sin embargo, los asesinatos son bien reales y su accionar se torna cada vez más violento.

   En 1999, cuando tenía sólo 19 años, Luis Ortega sorprendió en el panorama del Nuevo Cine Argentino con su primera película, la experimental "Caja negra". Ahora, con "El Ángel", su séptimo largometraje, el hijo de Palito Ortega se enfrenta al desafío de estrenar una película internacional, que ya pasó por el festival de Cannes y que cuenta con la producción de grandes compañías locales como Underground (de su hermano Sebastián) y Telefe, más el apoyo desde el exterior de El Deseo, de los hermanos Almodóvar, y de la gigante 20th Century Fox. En charla con Escenario, el director explicó por qué le interesa el mundo de la delincuencia, admitió que siempre miró a su "Carlitos" con "amor y comprensión" y enfatizó: "La película está más allá de la figura de Puch. Estamos usando un hecho histórico para un tema que sigue vigente, que es el niño que mata".

   —La historia de Robledo Puch ha sido casi una leyenda desde los años 70. ¿Cómo llegaste a esa historia?

   —Un día fui a la casa de mi hermana Julieta y estábamos hablando de Rodolfo Palacios, un periodista que había trabajado conmigo en "Historia de un clan", porque él había conocido a Arquímides Puccio y a todos los delincuentes de esa época. Y mi hermana por ahí me dijo "¿pero no leíste «El ángel negro», de Palacios? Ella me prestó el libro, me lo llevé a mi casa y lo leí en una noche, porque es una maravilla, y el personaje me quedó en la cabeza. Es un libro tan potente que no te imaginás una película en sí misma, porque son conversaciones con Robledo Puch y reconstruye un poco la vida de él, pero es más literario. Cuando estaba terminando el rodaje de "Historia de un clan" con Rodolfo nos miramos y dijimos: "Me parece que es la hora de Carlitos". Porque de alguna manera descubrimos que estar del lado de los delincuentes, o del que cruza los límites a nivel dramático, es mucho más enriquecedor para el relato. Son personajes que te sorprenden. Yo me siento a escribir y en mi cabeza a los personajes los veo hacer cosas, y esas acciones son mucho más sorpresivas, te dan mucha más libertad para escribir. Es como una pintura que puede ser realista o puede ser expresiva a la manera de Picasso o de Goya. Lo que más me interesaba era acercarme a la expresión y la emoción, a la imagen de este pibe, tan contraria a lo que se piensa de un asesino. Muchas cosas de él me llamaron la atención, por ejemplo que mataba a la gente mientras dormían o que robaba autos y los chocaba contra la pared. Me parecía muy curioso que no tuviera sentido lo que hacía.

   —Hiciste "Historia de un clan", participaste en la dirección de "El marginal" y ahora estrenás "El Ángel". ¿Qué te interesa particularmente del mundo de la delincuencia?

   —Me interesan estas acciones mucho más radicales que las que tiene la gente común. Te permiten expresarte de una manera más profunda. Todos tenemos sentimientos conflictivos, impulsos violentos, ideas que nos atormentan, pero en un personaje civilizado no caben. Por otro lado, si yo ahora tuviera un arma y la pusiera arriba de la mesa, toda esta conversación tendría otra tensión: vos estarías distinta, yo tal vez seguiría hablando igual, y la cámara ve eso. Entonces se arma un clima más sólido, existencialmente hablando, porque el peligro trae la conciencia del tiempo y de que estamos vivos. Si no hay peligro de muerte tampoco hay conciencia de que estamos vivos. O al menos uno no está tan despierto (risas).

   —En la película no hay una indagación psicológica de los actos del protagonista. Sólo se sugieren algunas características disfuncionales de su entorno familiar y de su homosexualidad reprimida. ¿Esa fue la intención del guión desde el principio?

   —La psicología tiende a simplificar y a querer explicar cosas que no tienen explicación. El arte se maneja en el plano del misterio. Si no hubiera misterio, si no hubieran cosas sin explicación, no existiría ninguna manifestación artística. Querer vulnerar ese misterio y dar explicaciones sería muy pretencioso y conspira contra el hecho creativo. Decir "esto es así" y encima explicarlo reduce la película a un hecho banal y anecdótico. Mi intención era que la película sea tan grande como la vida misma. Reducirla para entregársela a otro es subestimar al espectador y darle a la gente lo que quiere ver, como un protagonista famoso o un asesino sangriento y sádico. Una vez que el público está en ese tren tal vez no van al lugar al que esperaban ir, pero es mejor, porque es una aventura nueva.

   —Carlitos tiene aristas atractivas, desde esa aparente despreocupación juvenil hasta su belleza física. Y es inevitable sentir cierta fascinación por el personaje. ¿Qué sentiste vos por el personaje mientras desarrollabas el guión?

   —Yo siempre me sentí igual con respecto a él, porque en mi cabeza siempre lo imaginé con cariño y entendiendo sus acciones. Si bien la película no explica por qué él hace las cosas, él sabe exactamente por qué las hace y el actor también sabía por qué lo estaba haciendo. No se da la explicación, pero para que eso sea firme, aunque no lo revelemos, el actor sí conocía su lógica. La decisión de que no fuera una película oscura estuvo desde el vamos. Entonces yo siempre miré al personaje con amor y comprensión. Cuando yo era chico estaba convencido de que si me tiraba por el balcón no me iba a morir, o que si me disparaban no me iba a morir, que todo era parte de una puesta en escena. Y cuando estaba solo sentía que no estaba solo, que seguro Dios me estaba mirando. Recuerdo que caminaba como esos personajes que veía en las películas y actuaba. Entonces le trasladé estas características al personaje. El está feliz de estar vivo porque no cree que exista la muerte, él cree que es todo teatro. Ve el protocolo con que se maneja la gente y piensa "pero si esto es una tomada de pelo, es un chiste todo esto, no puede ser verdad". El mata con esa ingenuidad, cree que las personas que mata al rato van a salir caminando como si nada. Es esa ingenuidad y por otro lado esa falsedad que transmite la sociedad lo que a él lo confunde, lo que lo hace pensar que todo es mentira.

   —En la película las escenas de violencia no son muy explícitas ni sangrientas. Incluso en el prontuario de Robledo Puch hay asesinatos de mujeres y se sabe que una vez le disparó a la cuna de un bebé, pero eso no se muestra. ¿Por qué tomaste esa decisión?

   —Cortamos varias escenas. Lo del bebé lo filmamos porque era una de las escenas que a mí más me impactaba. Era así: durante un robo, el cómplice de Carlitos tenía una situación confusa con la madre del bebé, que se largaba a llorar. Carlitos no sabía qué hacer, le agarraba como un ataque y disparaba hacia la cuna. En un momento hasta se miraba con el bebé y parecía una escena bíblica. Pero finalmente decidí sacar esa parte porque sentí que la historia se me iba para otro lado. Dejamos afuera muchas cosas porque había un tiempo límite, no era una serie. Pero ninguna película, ni "Juan Moreira" ni "Bonnie & Clyde", por poner dos ejemplos, tiene una relación directa con la realidad. Son inspiraciones. Tampoco tenía ganas de filmar una violación o un femicidio: él le tiraba tiros en la cara a las mujeres. La película está más allá de la figura de Puch. Estamos usando un hecho histórico para algo que sigue vigente, que es el niño que mata, y la pregunta de qué te convierte en un asesino: matar o la voluntad de matar para hacer daño. Yo considero que a esa edad todavía no sabés ni dónde estás parado. Por eso la película también está del lado de la aventura, porque es un chico el que la cuenta.

   —Elegiste como protagonista a un actor sin experiencia para una película que es una superproducción. ¿Qué te impulsó a tomar esa decisión tan jugada?

   —El cine empieza a morir en el momento en que se repite y empiezan todos a usar a los mismos actores. Ahí se vuelve sólo un negocio y una fórmula. Para mí era esencial que el proyecto tuviera esta imagen del Ángel que fuera un misterio, que nadie supiera quién es, y que no digas "ay, mirá qué bien está tal actor haciendo de Puch". Eso ya te saca de la magia. Por eso no quería a un actor famoso para el protagónico. Tampoco quería a un actor con formación porque mi intención era transformarlo a él (Lorenzo Ferro) en lo que ves en la pantalla. Un actor profesional ya viene con una idea de lo que va a hacer. El vino así nomás y yo ahí pude meter la cuchara y trabajar con su ser, y no tanto con la profesionalidad de cómo componer un personaje.

   —En una entrevista con Clarín dijiste: "No tuve la desgracia de entrevistar a Robledo Puch". ¿Hubiese sido muy fuerte tener un cara a cara con él?

   —Clarín miente (risas). Intenté conocerlo, pero no tuve la desgracia (risas). Sí, intenté ir a la cárcel. Me parecía lo más lógico y justo escuchar su versión. Pero él no accedió.