Escenario

"El samba tiene mil formas"

El músico brasileño toca en la plataforma lavardén. en una charla con ESCENARIO recuerda sus días junto a tom jobim, egberto gismonti y caetano

Domingo 11 de Junio de 2017

Transcurre 1992 y ese año el cellista brasileño Jacques Morelenbaum vive un sueño irrepetible: esa temporada se encuentra tocando, simultáneamente, en los grupos de Tom Jobim, Egberto Gismonti y Caetano Veloso. En ese momento, a sus 38 años, la vida artística de Morelenbaum estaba ya signada por un color tan indefinido como provisto de belleza: su lugar en el mundo como músico era un territorio de lábiles fronteras entre la tradición académica y el acervo popular. Dos años después, el disco "Fina estampa", de Caetano, lo mostraba como un exquisito arreglador y lo hacía conocido en todo el mundo, aunque sus méritos con Jobim y Gismonti lo precedían. Morelenbaum puede hacer que su violoncello cante como la voz humana, pero también (otra vez) desdibujar ese rol melódico de su instrumento y transformarlo en uno de características armónicas o llevarlo a la función de un bajo o una percusión.

Con una formación pequeña, tanto como versátil, Jacques Morelenbaum llega hoy a Rosario, una ciudad que suele esperarlo y que ya lo ha visto antes brillar (junto a Gismonti y también con el grupo de hoy). Su Cello Samba Trío -que tocará en Plataforma Lavardén a partir de las 20.30- se completa con Luis Galvao en guitarra y Rafael Barata en batería , más la cantante Paula Morelenbaum, su esposa. "El samba es el ritmo más atrayente que podría representar a Brasil en forma general. Brasil es muy grande, como Argentina, y no tiene una sola música, sino muchas; cada rincón de Brasil tiene sus sabores propios, sus ritmos, sus melodías, su swing, su acento. Pero el samba hace su aporte al swing. Está presente en todas esas músicas: en el maracatú, en el frevo, en el carimbó de la Amazonia, en la bossa nova ...", se explaya Morelenbaum, en un extenso diálogo telefónico con Escenario que comienza a bordo de su auto en Río de Janeiro, se interrumpe con su ingreso al odontólogo, y continúa a la salida del consultorio: "Escogí la palabra samba como un norteamericano utilizaría la palabra jazz. Mi grupo se llama Cello Samba Trío como otros pudieron llamar, por ejemplo, al Modern Jazz Quartet, ¿comprende? El samba es la música de Brasil, y el Cello Samba Trío tiene toda la libertad para tocar "Corazón vagabundo", de Caetano, o un maracatú. El samba tiene un encanto único, y mil formas".

Morelenbaum compartió el grupo de Jobim durante los últimos diez años de vida de éste, entre 1984 y 1994 (toca en el laureado disco "Antonio Brasileiro"). Cuando escucha que desde este lado del auricular se habla de Jobim como uno de los músicos más importantes del siglo XX, interviene sutilmente: "Discúlpeme, por favor, pero yo ampliaría el concepto. Desde mi perspectiva, Jobim no es, como usted dice, uno de los grandes del siglo XX, sino uno de los más grandes de la historia. Hay quien piensa en Bach, yo pensaría también en Gesualdo, iría de Wagner a Mozart, de Mozart para Brahms, de Brahms para Stravinsky, de Stravinsky para Heitor Villa Lobos... como se dice en Brasil: arrimo brasas para mi sardina, ¡pero es que Villa Lobos también es uno de los mayores nombres de la historia! Y entonces sigo: Tom Jobim. No tengo nombre más importante, al menos para mi experiencia particular. Tuve la suerte de convivir con él durante sus últimos diez años. Murió a los 66, yo tengo ahora 63 y siempre pienso en eso: estoy a tres años de la edad de su fallecimiento, no tengo tiempo que perder".

Al hablar de Jobim, Morelenbaum asocia inmediatamente con su trabajo junto al pianista, guitarrista y compositor Egberto Gismonti, uno de los músicos más refinados del Brasil contemporáneo. Morelenbaum integró con éste un sofisticado grupo de cámara con el que grabó, entre otros, cuatro discos memorables: "Trem Caipira" (1986), "Infancia" (1990), "Música de sobrevivencia" (1993) y "Zig Zag" (1995)). "No podría dejar de citar a Egberto en esa corriente que nació con Villa Lobos y pasó por Tom. Fui su alumno formalmente cuando comencé a tocar en música popular en un grupo, A barca do Sol, aquí en Río de Janeiro. Recuerdo que fui a unos cursos en Curitiba y me enteré que allí había otros de música popular: eran dos semanas con Dorival Caymmi y otras dos con Egberto. Evidentemente dejé las otras clases y fui a estas. Felizmente, el primer disco de A Barca do Sol fue producido por Egberto. Vinieron cosas hermosas: en 1988 salí de gira con él y un año después vinimos a la Argentina con su grupo, junto a Zeca Asumpçao y Nando Carneiro, tocamos en el Teatro Coliseo de Buenos Aires en un festival del que también participó Hugo Fattoruso. Fueron cinco años hermosos con Egberto y dejé de tocar con él por incompatibilidades de agenda: por mí, tocaría la vida entera con él".

Casi sin solución de continuidad, Jacques Morelenbaum repasa su vida, cronológicamente, año tras año, y allí aparecen sus dos discos con Ryuichi Sakamoto o sus arreglos orquestales. Y siempre parece haber una zona de tensión (o de "no tensión", tratándose de él) entre la tradición académica y la música popular. "Así como Stravinsky en Rusia, Gershwin o Copland en Estados Unidos, o Ginastera en Argentina, Tom Jobim trascendió sus fronteras nacionales, pero al mismo tiempo toda su obra tiene los colores nacionales. Uno ve Brasil a través de las músicas de Jobim o Villa Lobos y a la vez ve el planeta, el universo, ¿entiende? Cuando usted me habla de mi formación académica, yo digo: ¡cuánto más fuerte y profundo es lo que aprendí de Tom Jobim en diez años de convivencia cotidiana, o con Egberto en cinco, o con Caetano en catorce, o con Sting durante diez días, en relación a mis estudios en escuelas y universidades de Estados Unidos o Río de Janeiro! O lo que fue para mí tocar con Sakamoto, con (Mitslav) Rostropovich o bajo la batuta de Leonard Bernstein. Esa es mi academia, ¿comprende? El resto es complemento, una base".

Claro como el agua, Morelenbaum no tiene dudas ni contradicciones al respecto. Navega con su cello por una maravillosa constelación sin fronteras: es un músico y para él la música es una sola.

"Como decía Marisa Monte –agrega– cada persona es un infinito particular y tiene sus propias definiciones sobre las alternativas a tomar, de qué forma va a rendir mejor. Lo que la gente no aprovecha en el momento, se pierde. Un consejo que le daría a cualquier músico o ser humano es aprender a oír. Escuchar es nuestro puente con el que uno tiene cerca, en términos auditivos, sensoriales. Es nuestra conexión con el mundo a través de sonidos. Si uno sabe escuchar, va a saber hablar".

Un debut solista a los 63 años
Jacques Morelenbaum tiene 63 años y ha grabado a la fecha, en colaboración, más de setecientos discos. Además de su participación estelar con Jobim, Gismonti, Caetano y otros (ver nota central), su cello también engalanó trabajos de Milton Nascimento, Chico Buarque, Gal Costa, Dulce Pontes, Richard Galiano, Sadao Watanabe y hasta uno de la cantante pop mexicana Julieta Venegas. Pero recién ahora publica su primer CD solista, cuyas músicas tocará en Rosario esta noche: "Saudades do Futuro, Futuro de Saudade". El corpus de su obra se nutre esencialmente, como el de todo gran artista, de la inconfundible impronta de su interpretación.


¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario