El rock se encuentra muy lejos del fulgor eléctrico
El rock perdió el lugar de privilegio que ocupaba en la cultura del siglo XX. Periodistas, críticos y músicos explicaron por qué fue desplazado por géneros como el hip hop y el reggaetón y cómo el factor generacional le juega en contra

La primera vez que se anunció la muerte del rock fue en 1960: Elvis había sido domesticado por el servicio militar, Chuck Berry había ido a parar a la cárcel y Buddy Holly había muerto en un accidente. También se lloró la muerte del rock a fines de los 70, cuando se decía que había sido enterrado por la música disco; en los 80, cuando el pop de sintetizadores invadió el mundo, y en los 90, cuando explotó la electrónica y se vivió la primera edad de oro del hip hop. En todos los casos el rock sobrevivió y mantuvo su hegemonía en la industria cultural. En este siglo, sin embargo, algunas reglas de juego cambiaron, y ya lejos del éxito de bandas como The Strokes y The White Stripes, que revivieron las guitarras eléctricas a principios del milenio, ahora el rock muestra claros signos de desgaste y debilitamiento.

   A uno le gustaría que fuera sólo otro fin de ciclo o una sensación de melancolía, pero lo cierto es que hay datos duros que indican que el rock perdió un lugar central en nuestra cultura: los discos no se venden, no aparecen nuevas estrellas que atraigan a un público masivo, la mayoría de los shows de estadio son pura celebración de la nostalgia y los grandes referentes del género envejecieron o fallecieron. Las muertes recientes de figuras como David Bowie, Prince o Tom Petty reforzaron la idea de que el tiempo del rock tiene límites cercanos.

   Todavía hay bandas y solistas que promueven una renovación sobre las bases de la rica historia del rock. Los discos de Jack White, Arcade Fire, Ty Segall, St Vincent o LCD Soundsystem cuentan con la bendición de los críticos y de un público fiel. Pero no llegan a impactar masivamente. Después de 70 años, hay un consenso de que el rock tiende a repetirse cíclicamente y en un punto está agotado. Entre los diez artistas que más discos vendieron el año pasado en EEUU (sumando CDs y descarga virtual), no había ningún músico de rock. Ese Top Ten fue copado por figuras del hip hop como Drake y Kendrick Lamar, y los únicos ajenos al rap y sus derivados fueron Taylor Swift y Ed Sheeran, dos nuevas estrellas del pop.

   ¿Hay alguna hipótesis sobre el desplazamiento del rock de los primeros puestos de la industria? José Bellas, periodista de rock que escribe en Clarín y fue editor del emblemático suplemento Sí, ensayó una interesante explicación con su correspondiente contexto: "Los que fuimos criados por el rock, formados en el siglo pasado, vimos que en aquel momento todo se anillaba en ciclos. En el interregno entre el grunge y el brit-pop, en la segunda mitad de los 90, parecía que otra vez el rock se moría, y el futuro eran The Prodigy y Chemical Brothers, mientras las raves se popularizaban en Buenos Aires. Yo les decía a mis colegas: «Igual en el 2000 va a aparecer un nuevo Nirvana». No llegó en esos términos, pero salieron The Strokes y The White Stripes, porque básicamente estaba claro que el mito del eterno retorno funcionaba", afirmó. "El problema es que, después de eso, se empezó a espaciar. Apenas Arctic Monkeys o Queens Of The Stone Age manifiestan ahora algo de la nutritividad del pasado. El hip hop y el R&B, en cambio, mantuvieron sus valores de producción, recambio y adaptación a las nuevas tecnologías. Hasta saben usar mejor las redes sociales. Lo mismo en el reggaetón, que es un transplante del hip hop hacia el pop centroamericano. Frente a esto, el rock se presenta como un folclore eléctrico, un tanto adusto, música de padres que le preguntan a sus hijos cómo bajarse tal o cuál aplicación. Y cuando el rock es música de padres y a la vez también interpela a los hijos, termina funcionando de un modo conservador, deglutiéndose el choque generacional, que era una de sus mayores chispas de combustión", señaló.

   Para Pablo Plotkin, periodista de Rolling Stone y La Nación, "es difícil determinar una sola razón que explique el desplazamiento del rock, pero claramente el hip hop es un sonido y un lenguaje que responde de manera efectiva a ciertas demandas de época: canciones basadas en el ritmo más que en la melodía, sexo en primer plano, la idea de un poder paralelo surgido de los márgenes y fantasías de riqueza. El trap (una variante entre el reggaetón y el hip hop), incluso el argentino, habla de Ferraris y Lamborghinis. El hip-hop es también la música más innovadora de estas décadas, mientras que el rock se consolidó como un folclore limitado a experiencias ya elaboradas. Creo que el rock seguirá teniendo público y producciones valiosas, pero su relevancia cultural, al menos a nivel masivo, ya es parte del pasado", aseguró.

   Por su parte, Juan Ortelli, director editorial de Rolling Stone, apuntó que "el discurso del rock quedó muy atrás". Y contó una anécdota: "Hace poco fui a un bar y había una banda de rock tocando para 20 personas. Eran unos tipos de 40 y pico y estaban haciendo una canción que le hablaba a una nena, muy probablemente menor de edad. El cantante decía algo así como «te quiero llevar a mi habitación». Tenés 40 años y todavía estás hablando de eso. La imagen del cantante con la remera de Jack Daniels y el amplificador Marshall no va más. Para el rock siempre fue difícil manejar el tema de la edad. Es como si no hubiese encontrado el punto de maduración. A veces pienso cómo envejecieron los músicos de acá. Si nos remontamos sólo a los 90... Pensá en Bersuit o en El Otro Yo. Eso no alumbra un buen panorama", opinó.

A punto de jubilarse. Que el rock está muerto o no está muerto es más una frase de remera que otra cosa, pero entonces qué pasa: ¿El rock está viejo? ¿Está en decadencia? ¿Está en crisis? ¿Cuál sería la expresión más acertada para describir la realidad actual? "La jerga de management corporativo diría que está en su etapa «de síntesis», que es una manera amable de señalar a alguien a punto de jubilarse", respondió Plotkin, que también escribió durante años en el suplemento No de Página/12. "Esto no quiere decir que no haya gente que siga creyendo en el rock; simplemente que ya no funciona como un motor de cambios sociales", agregó, recordando el papel gravitante que tuvo el género en la contracultura de los años 60 y 70.

   José Bellas, por su lado, contestó punto por punto: "El rock está viejo en relación a que todo lo que sucede en 2018 le pasa por encima, incluso las temáticas que rigen la agenda de los pibes de hoy. Está en decadencia porque no consigue tener múltiples intérpretes determinantes a la vez: puede haber muchos, algunos bastante buenos, pero no decisivos, pocos dialogando con el zeitgest (el espíritu de la época). Está en crisis porque no logra conformar un patrón creativo, discursivo y sonoro que pueda darle trascendencia. Y no está muerto, pero no sé si pelea o quiere hacerlo", afirmó.

   Algunos tienen una visión ligeramente más optimista. El periodista y músico rosarino Diego Giordano, autor del blog "La conspiración del ruido" y del libro "Inédito: Rock subterráneo en Rosario", destacó que "siempre hay bandas de rock haciendo muy buena música. El rock puede haber perdido terreno en las grandes ligas, pero basta con recorrer los sellos independientes para comprobar la cantidad de artistas creativos que andan dando vueltas. Pienso en Ty Segall o Father John Misty, que editaron muy buenos discos, o en los australianos dementes de King Gizzard & the Lizard Wizard, que el año pasado publicaron cinco álbumes. O en grupos extraordinarios como Savages o Alabama Shakes", resaltó.

La caída de la industria. Sin embargo, más allá de la calidad de algunos artistas surgidos en los últimos años, lo cierto es que ninguno logra enamorar a un público masivo que le dé al rock la representatividad y la influencia que tuvo en décadas pasadas. Parece que el rock se encontrara perdido entre el nuevo modelo de consumo de música que llegó con Internet y un público adolescente que creció con toneladas de información guardadas en un simple pendrive. El derrumbe de la industria discográfica tal como la conocíamos en el siglo XX —con su esquema verticalista de producción, distribución y difusión— podría ser una de las causas de este desbande del rock.

   "El rock es antes que nada un fenómeno industrial, así que, si bien no es el único problema que tiene, la virtual desaparición de la industria discográfica lo afecta particularmente", opinó Pablo Jubany, músico rosarino y estudioso de la historia del rock. "El rock necesita mucho dinero para ser, al menos tal como lo hemos conocido hasta ahora. Otros géneros más genuinos o espontáneos, aún cuando son más longevos, no han sufrido este problema de la misma manera", puntualizó.

   Bellas, por su parte, acotó: "Los ejecutivos de los grandes sellos en EEUU, que aún siguen siendo mayormente blancos, tenían una especial predilección por el sonido que les era familiar a la hora de la promoción. Cuando la música fue moviéndose hacia la descarga gratis y las plataformas abiertas, el control se les escapó de las manos", afirmó.

   No obstante, el columnista del diario Clarín agregó que el factor generacional es más desequilibrante que los cambios en la industria. "Ciñéndonos a lo que pasa acá, un egresado del secundario promoción 1988 como yo, en un colegio del primer cordón del Gran Buenos Aires, estaba rodeado de compañeros que escuchaban rock. El otro día me decía un coordinador de viajes de egresados que en las fiestas de bienvenida tuvieron que sacar el bloque de rock porque no le importaba a nadie. Es todo trap, reggaetón y cumbia", contó.

Cuestión de identidad. En su libro "Retromanía" (2010), el influyente crítico de rock Simon Reynolds afirma que al público joven ya no le sorprende nada porque está "sobreestimulado" por Internet. También asegura que las bandas de los últimos diez años carecen de identidad porque no es posible dar una respuesta imaginativa a tantos estímulos.

   "La sobreestimulación es innegable, pero no comparto la cuestión de que las bandas nuevas carezcan de identidad", dijo Diego Giordano. "En todo caso, asistimos a una transformación de la noción de identidad, porque esas bandas están integradas por gente que nació conectada a Internet y con la historia de la música a su disposición, y eso es una bendición y una condena: podés escuchar cualquier disco grabado en cualquier lugar y en cualquier época, y a la vez, no hay tiempo para escuchar y, sobre todo, procesar tanta información. El cambio que generó Internet es tan profundo que todavía no se pueden sacar conclusiones", señaló. Por otro lado, agregó, "cada vez menos gente compra discos, y se ha perdido el ritual de sentarse a escuchar música, que era una cosa propia del rock".

   Jubany se valió de la teoría de Reynolds para afirmar que existe un cortocircuito entre las escenas emergentes y lo que el público demanda. "Los artistas se destacan primero en su propia escena, para luego, en algunos casos, trascender al gran público. Estas escenas, estos entornos más inmediatos, están formados por gente más susceptible a los estímulos estéticos y culturales que, ante el evidente exceso de oferta de todo, pide y propone productos e identidades artísticas más desdibujadas y menos intensas. Yo creo que esto impide la aparición de artistas de rock con una identidad contundente, cosa que, aún con todo, pienso que el gran público sigue demandando", explicó.

Signo de los tiempos. Nadie se anima por ahora a escribir el obituario del rock, pero está claro que ya no es un género dominante, no representa vanguardia ni rebeldía y tampoco se están esperando salvadores. La nostalgia es ley (el único grupo que copa los ránking globales del género son los Beatles) y en los megashows se repiten una y otra vez canciones que tienen más de 30 años. Mientras tanto, la industria se aggiorna para seguir facturando en tiempos de vacas flacas, y la palabra "rock" todavía sirve para vender desde perfumes hasta remeras de marca.

Argentina: una escena estancada

El rock no sólo perdió espacio e influencia en los países del Primer Mundo. Este panorama a nivel global también se refleja en el rock argentino. "Eso inevitablemente se traduce, y se evidencia en lo estancada que está la escena nacional, la lentitud del recambio y el hecho de que los artistas más convocantes, salvo excepciones, sigan siendo nombres que surgieron hace dos, tres o cuatro décadas", señaló Pablo Plotkin. "Entre los más escuchados de Spotify, detrás del pelotón del trap, se cuelan Andrés Calamaro, los Cadillacs y los Enanitos Verdes. Esto no quiere decir que no haya nuevos artistas de rock interesantes, sino que simplemente ocupan lugares más marginales en la conversación. ¿Hay algún sonido que hoy represente lo que representó el rock en los 70 o en los 80, por ejemplo? Creo que no, y tampoco tendría por qué haberlo", concluyó el periodista de La Nación.
Juan Ortelli, editor de la revista Rolling Stone, hizo hincapié en la falta de bandas nuevas representativas. "Yo conozco a mucha gente de la escena chilena que me dice: el último disco argentino que sonó acá fue «Es mentira», de Miranda. ¡Y ese disco es del 2002! Hace mucho que el rock argentino no exporta, que no llega a influenciar a otras escenas de la región. Y eso a la larga tiene un gran costo", aseguró. "A mí me cuesta mucho pensar que Eruca Sativa sea un referente de algo. Y lo mismo con La Beriso. No son bandas que iría a ver", reconoció. "Un grupo que sí voy a ver seguido es El Mató (A Un Policía Motorizado). A ellos los llevamos a la tapa de la revista incluso. Pero la verdad es que no juntan ni 3.000 personas. Es ridículo... O será porque uno los mide con un parámetro de rock argentino de estadio, como en los años 90, y eso ya no existe más. Vos ahora le hablás a un pibe de los 90 y ni lo registra. Para un adolescente un rockstar puede ser un youtuber o un chabón que hace parkour. Nos cuesta entederlo, pero realmente es así", afirmó.