Escenario

El actor Martín Bossi dijo que ya no es el hombre de las "mil máscaras"

En una entrevista a fondo, en el bar de un hotel céntrico rosarino, Bossi reveló qué lo motivó a hacer “Big Bang Show”, el espectáculo que estrena este miércoles en el teatro Broadway.

Domingo 02 de Noviembre de 2014

Martín Bossi no tiene máscaras. Parece contradictorio que el actor que adquirió popularidad por imitar decenas de celebridades admita, en charla con Escenario, que en verdad no tiene ninguna: “Yo pensé que tenía mil máscaras, pero un día me di cuenta que el titiritero de esas máscaras era yo”.

   En una entrevista a fondo, en el bar de un hotel céntrico rosarino, Bossi reveló qué lo motivó a hacer “Big Bang Show”, el espectáculo que estrena este miércoles, en el teatro Broadway, y ya agregó funciones para el jueves, viernes y sábado. Habló de recuperar el tiempo perdido, del peligro de perder la identidad a causa de la vorágine tecnológica, del falso mito de la televisión como llave de la felicidad y de la importancia de seguir siendo un pibe de barrio: “Nunca me vas a ver con anteojos de sol, fumando un habano, con un patovica y un travesti peinándome, no lo van a lograr nunca, porque no soy eso”. Con ustedes, Martín Bossi, el hombre que quemó todas sus máscaras y se sigue transformando.

   —Uno de los objetivos de “Big Bang Show” es recuperar valores artísticos que están en extinción, ¿qué es lo que más te preocupa de ese arte perdido?

   —El espectáculo arranca con una big band de 16 músicos, y la gente pocas veces tiene la oportunidad de escuchar violines en vivo, mi mamá nunca lo escuchó por ejemplo, un cuarteto de cuerdas, eso, nunca. O un cuarteto de vientos. Y empezamos con 15 minutos de la historia de la música, yo hago 15 cantantes en un segundo.

   —¿A quiénes elegiste interpretar?

   —A Ray Charles, Rod Stewart, Elton John, Mick Jagger, Michael Jackson, Freddie Mercury, Axel Rose....

   —¿Cómo hacés para mutar tan rápido, te disfrazás en escena?

   —Magia, todo el tiempo. No es para mostrarle a la gente que yo sé imitar, eso ya pasó, es para preguntarle a la gente dónde nos perdimos. Entonces arranco un monólogo de 40 minutos que va desde el reggaeton hasta el baile de lentos, y termina con la gente apretando en el teatro. Es un espectáculo que vuelve a las bases en todo, habla del romanticismo, habla de los capocómicos, le hacemos un homenaje a Tato, a Biondi, a Olmedo.

   —De todo un poco, es una apuesta difícil.

   —Es un espectáculo terrible, la verdad que, sinceramente, me da un poco de pudor hablar de esto, me da vergüenza hablar de las cosas que pasan, pero son 4.000, 5.000 personas por fin de semana que nos van a ver, son 20.000 personas por mes que pasan por el teatro (en referencia a las funciones en el teatro Astral porteño). Es un fenómeno este espectáculo, pero es el espectáculo el fenómeno, no yo. Es un espectáculo que está al servicio de la gente, no es “vengan a ver el espectáculo que hago”, no lo hago yo, lo hace la gente. La gente pasa por ciertos estados y yo voy guiándolos.

   —Bueno, pero digamos que cierta responsabilidad tenés en lo que allí ocurre.

   —Está todo en la gente, yo soy el pastor que va y lleva. Además está Manuel Wirzt, que es maravilloso, él actúa, hace la dirección musical, y también está la dirección artística de Emilio Tamer, que es el mismo realizador de “Un amor en tiempos de selfies”, hay un desprendimiento también ahí, y cuando lo veas en vivo te morís cuando aparece Carna en el rol de Javier Portales, cuando hacemos los personajes de Borges y Alvarez, de “No toca botón”.

   —¿Es el momento más emotivo del espectáculo?

   —La gente llora, pero lloran porque lo aman a Olmedo. Yo siempre me imaginé que a Olmedo lo amaban, porque yo también lo amo, pero nunca me imaginé que el amor era tan grande. El Negro una vez lo dijo en una nota, después que fingió su muerte, ahí él pidió perdón porque muchos amigos se quedaron sin trabajo por comunicar involuntariamente una noticia falsa, pero después dijo “yo no pensé que me querían tanto”. Olmedo no se imaginó el amor que había por él.

   —¿Y más allá de esta experiencia, cómo lo comprobaste vos en carne propia ese amor por Olmedo?

   —Mirá, nosotros nos vamos caminando por calle Corrientes después de la función y veo gente deformada (sic), mil personas deformadas llorando, muertas por el Negro, yo nunca lo vi esto, creo que no hay otro personaje en la Argentina que pueda generar esto, no existe.

   —¿No será que Olmedo también transporta a la gente no sólo por un programa de televisión, sino por lo que era uno en la época en que él estaba vivo?

   —Muy bien, muy bien, sí (golpea la mesa del bar), yo creo que vamos a vivir cada vez (interrumpe)...¿viste que estamos muy retros todo el tiempo?, viene AC/DC y llena, no hay contenidos ahora. Yo creo que repetición es reputación, si el señor aprendió a sacar fotos (señala a Francisco Guillén, reportero gráfico de La Capital) es porque en un momento repitió este oficio y no había estímulos en la época en que él repetía. Y cuando digo estímulos, digo que si él hoy naciera tendría 700 estímulos que le permitirían no estar atento a su oficio, entonces no hubiera sido el fotógrafo que es. Yo creo que los estímulos nos quitan calidad y nos hacen mucho más monocordes.

   —¿A ver, podés dar otro ejemplo de ese caso?

   —Sí, vos fijate los jugadores de fútbol, antes vos veías al Beto Alonso, y jugaba de una manera, lo veías a Caniggia, y jugaba de otra, lo veías al Checho Batista, era otra forma, a Perico Pérez, a Capote de la Mata, o Maradona, todos con un estilo propio. Hoy juegan todos igual, como los personajes de los videojuegos. Otra, las bandas de rock: yo me pongo unos dientes y unos bigotes y soy Freddie Mercury; me pongo los lentes y soy Elton John, me pongo el pelo y soy otro; hoy, en las bandas de rock no hay nada, porque las redes sociales nos ayudan a irnos de nosotros, si nosotros no nos miramos no sabemos quiénes somos, qué pensamos, qué sentimos y qué queremos ser, estamos todo el tiempo viendo qué hace el otro. Y estamos perdiendo la identidad.

   —¿Y este espectáculo apunta a mirar para atrás para recuperar esa identidad?

   —No es una mirada hacia atrás para decir que todo tiempo pasado fue mejor, sino una mirada hacia atrás para saber en qué momento nos perdimos un poco, qué podemos recuperar, qué podemos traer acá, y si logramos que un chico que no conoce a Olmedo y a Tato Bores, y después del espectáculo va y se mete en Youtube para enterarse quiénes fueron, eso ya es un triunfo.

   —¿En qué momento de tu vida te llega este espectáculo?

   —Mirá, es todo muy raro, yo hace seis años que no hago tele, y te aseguro que esto que me pasó ahora, que me interrumpan una nota para pedirme una foto por celular, antes no me pasaba. Yo desde el 2009 que no tengo un contrato formalmente en la televisión, fui al programa de Susana Giménez para promocionar este show, fui al de Mirtha Legrand, fui a “Gracias por venir, gracias por estar” y ya está, no aparezco más por un año.

   —¿Entonces es un mito la máxima que reza que si no estás en la tele no existís?

   —Pero, claro que es un mito, y te digo que el mito que dice que si estás en la tele sos feliz, que lo importante es la fama, es todo mentira. La felicidad está en otro lado, no hay que inculcarle a los chicos que hay que salir en la tele, porque hacen cualquier cosa para estar en TV, hablan de cualquier cosa, el mundo es mucho más amplio, yo que sé.

   —¿Y qué sigue después de “Big Bang Show”, cuando la vara es tan alta?

   —En realidad, creo que más que “qué hago” es “qué digo”. Yo creo que “Big Bang Show” es algo que quería decir yo a mis 40, por ahí el próximo espectáculo es a mis 43, y seguramente voy a querer decir otras cosas. Siempre hay cosas para decir si uno crece y está atento al crecimiento, si sigo mirando. Mientras pueda mirar voy a tener qué decir, el tema es el día que no pueda mirar. Hay artistas que se alejan de la gente, porque se creen especiales cuando les va bien, entonces empiezan a andar en limusinas con vidrios espejados y anteojos oscuros, se tapan, y yo soy un tipo de la media, soy del medio, pero no del medio de comunicación, yo soy de la media, a mí me pasan las cosas que le pasa a la gente. No soy especial, soy un pibe que me erro goles, me dejan las minas, peleo para cogerme alguien si puedo, te miento, soy infiel, tengo una mamá que me vuelve loco, una hermana que a veces no estoy de acuerdo, soy hincha de un club que desciende a cada rato, como Los Andes. Me pasa todo lo mismo, pasa que tengo una vocación y me subo al escenario por esa vocación que Dios me dio. Pero después no hay más nada, entonces como estoy entre la gente puedo contar lo que a la gente le pasa. Nunca me vas a ver con anteojos de sol, fumando un habano, con un patovica y un travesti peinándome, no lo van a lograr nunca, porque no soy eso, y no es una falsa humildad, es real, es mi oficio. Es más, mi oficio trata no tanto el tema de la pasión por actuar sino por la imposibilidad de dejar de hacerlo.

   —Qué paradoja, el tipo que se pone mil máscaras tiene una sola cara.

   —Sí, yo pensé que tenía mil máscaras, pero un día me di cuenta que el titiritero de esas máscaras era yo. Y me dio miedo darme cuenta que era yo. Yo pensé que me querían porque imitaba igual a Fito o a Calamaro, y por ahí me querían por otras cosas. Me cansé que me digan “te parecés” o “estás igual”, querían que me puteen o me den un abrazo, pero a mí.

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