Escenario

Desventurados corazones en una misma piel

Felipe Haidar sube a escena en el teatro de la manzana con su unipersonal "los lugares comunes".

Domingo 20 de Mayo de 2018

Cuando la obra ni siquiera empezó, casi como en un prólogo de aviso al espectador, el actor se pregunta: ¿A quién se le ocurre a esta altura del siglo hablar del amor? Si bien la pregunta es retórica puede ser que cuando la luz del escenario se apaga una respuesta circunde la sala: a quienes el amor les es esquivo, quienes sufren de amor o esperan ansiosamente por él. Si esto es verdad, "Los lugares comunes" es una galería de personajes que, en forma fragmentaria pero continua, expresan sus sueños y decepciones. Amorosas, claro, y siempre en la piel del actor y director Felipe Haidar, quien, además de protagonizar la puesta, escribió también una dramaturgia pesada, de difícil digestión, aunque con la ternura de quien parece saber del tema. La obra fue estrenada el 7 de abril en el Teatro de la Manzana (San Juan 1950) e hará su temporada hasta finalizar mayo.

El año pasado Haidar ganó una beca internacional para artistas emergentes del Instituto Nacional del Teatro y de allí que los próximos tres meses el actor y director los pase en España.

No obstante, ya que cuando regrese el artista deba presentar el trabajo realizado en Europa, "Los lugares comunes" será repuesta al final del corriente año.

Un archivo. Planteada en un esquema formal de encadenamiento de pequeñas ficciones, la obra podría dividirse en cuatro cuadros. Como si esa separación fuera tal. De todos modos, la remisión de esas partes a la idea del archivo, como si se tratase de documentos sueltos por fin ordenados, ofrece una heterogeneidad de situaciones interpeladas sólo por un sentimiento tan inclasificable como el amor, referenciado en la histeria generalizada de una pareja homosexual.

Es decir, mientras discurre la historia amorosa de aquellos dos que no compartirán un tiempo y un lugar, otros personajes sufren el desamor.

Aparecen entonces infelices y desventurados corazones que entre drogas, imposibles, edipos y psicosis intentan sobrevivir a sus infiernos pasionales.

Se trata de un friso de muy diferentes colores, formas y estados, de abordajes similares con resultados distintos. De allí que la exposición de los personajes dependa de la inmediata identificación de sus características y contextos. Si así no fuese, la trama se complica debido a una dramaturgia fragmentaria y a una puesta de persistentes cortes e interrupciones.

Apropiación. Haidar asume el control de su performance mucho antes de subir a escena. Como ya fue dicho, propia es la dramaturgia y la dirección integral. De allí el riesgo, asumido por el artista, de emprender por primera vez un trabajo haciéndose cargo de todos los roles. Haidar está secundado por Celeste Bardach, quien hizo la dirección actoral y mueve los controles.

El intérprete además resuelve in situ la ambientación musical a través de loops y teclados de neto corte experimental, otorgándole un cariz irrepetible a la escena.

En otros tramos, son inesperados apagones (momentos sin iluminación) los que dejan a su merced al actor y su lectura, como si un sueño lo atrapase. También, hay en escena un objeto, quizás el famoso archivo, donde se depositan el pasado y también el futuro de los personajes.

Asociación. Queda a la vista la preocupación de Haidar por encarar una labor crítica de la idea en general de los lugares comunes. Es decir, no solamente de esos que describen el amor, sino de los propios procedimientos teatrales para conseguirlo. Como consecuencia, la obra emerge como una reflexión y una novedosa propuesta sobre cómo hacer teatro, o por lo menos, cómo no hacer el mismo de siempre.

Y para eso elige una mirada seudotecnológica, propia de estos días, donde la computación y sus vocablos y prácticas inundan otros ámbitos que antes la desconocían. Los mejores ejemplos son las menciones a los archivos y a su posible orden, y la utilización del proceso de creación de la música en situ.

En suma, "Los lugares comunes" se trata de una mirada cruel y actual sobre el amor a través de una dispositivo teatral sino nuevo por lo menos no estandarizado, con personajes que navegan entre la ficción y la realidad, con un alto riesgo de colocar todas las resoluciones teatrales en una misma cabeza y con una perspectiva posmoderna de la maquinaria necesaria para dar cuenta de su objetivo final: exponer al amor en tiempos de distanciamiento, relaciones virtuales y autocomplacencia. Nada menos.

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