Escenario

"Cemento, el paganismo en estado de gracia"

1985. Cemento le puso imagen, olor, sonido y color a la democracia para una generación de poco más que adolescentes que creció entre golpes de Estado y que no sabía qué era la libertad.

Viernes 10 de Julio de 2020

1985. Cemento le puso imagen, olor, sonido y color a la democracia para una generación de poco más que adolescentes que creció entre golpes de Estado y que no sabía qué era la libertad. Libertad de hacer lo que quisieras. Traspasar el portón de aquella disco porteña protagonista del under era una fiesta para los sentidos.

Puesto en contexto, ese galpón minimalista de la calle Estados Unidos era exactamente eso: sólo una caja rectangular enorme, pero donde todo, o casi todo, podía suceder y celebrarse sin distinción de clases sociales. En eso consistía su magia. Desde comer un choripán, ver performances, trapecistas, teatro experimental o bandas, artistas haciendo sus rutinas semidesnudos sobre una barra, en el escenario o entre el público; charlar, reír y divagar con desconocidos como si los conocieses de toda la vida. Porque Cemento generaba una especie de comunidad fugaz cohesionada por el disfrute de hacer, pensar y decir lo que se te cante. Y bailar sin que importe qué estás bailando porque eso se vivía como un ritual colectivo, una fiesta pagana.

Y al final, ya de día, desayunar un triple sentado en el cordón de la vereda de una calle todavía empedrada, riéndote de esa noche loca, y compartir con tus amigos el último trago. O el penúltimo, o el antepenúltimo. Salías feliz de aquel lugar extravagante, disruptivo y provocador en una época de raros peinados nuevos, intuyendo, finalmente, qué era aquello de vivir en libertad.

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