Escenario

Canciones desnudas para vestir con el cálido sonido de un piano rockero

Fito Páez presentó "Rodolfo" en dos noches emotivas en el teatro El Círculo

Sábado 31 de Mayo de 2008

De traje oscuro y corbata, sentado ante un piano de cola y en la inmensidad del escenario. Fito Páez eligió mostrar sus canciones desnudas en el teatro El Círculo. Y conmovió. En un marco que osciló entre solemne e informal, el rosarino despachó una veintena de canciones interpretadas del mismo modo en que fueron compuestas, a sólo piano. Su esencia, su historia y su presente pasaron por allí. Y dio gusto estar en ese viaje.

"Rodolfo", el nombre que le pusieron papá y mamá, fue la excusa del show. Una suerte de ADN de alguien que garabateó sus primeros acordes a una cuadra del bulevar Oroño y que desparramó sus canciones por el mundo. El Fito cercano, el que tocaba el piano en su amada casa de calle Balcarce, el que iba a la escuela Mariano Moreno y se divertía con sus compañeros de la Dante Alighieri, el que aún sufre la muerte de sus tías, el que creció con Charly y Spinetta, el comprometido socialmente, el que se sentó al costado del camino. El que puso a rodar su vida.

Con ese equipaje abultado presentó, paradójicamente, esas canciones despojadas, íntimas, frescas. Acompañado, en ocasiones puntuales por sus amigos, Coki Debernardi (al que lo llamó con su nombre César, como de entrecasa), Gonzalo Aloras y Carlitos Vandera, quienes además son músicos que vibran en la misma frecuencia de Páez.

El show fue de menor a mayor, en un crescendo que Fito comandó como un director de orquesta. Era noche de jueves y el frío calaba hondo, pero había alta temperatura en los corazones. La gente fue a escuchar, quería disfrutar las canciones en estado puro, con Fito luciendo más entonado que nunca, y cuando no fue así, a quién le importa. El registro sensible de "11 y 6", "Tumbas de la gloria", "Un vestido y un amor", "Normal 1" o la impecable "El cuarto de al lado" —por nombrar sólo algunas de las que brillaron en la primera de las dos noches rosarinas— se encolumna entre lo mejor que dio el género por estas tierras.

Tras una disparatada presentación, Fito invitó a Coki a tocar "El fantasma caníbal y la niña encantada en Ciudad del Cabo", una historia delirante que impactó por el clima rockero que imprime el músico de Cañada de Gómez y porque supo darle el carácter justo a partir de su voz cascada.

El público aplaudía y pedía más. Desde "Instantáneas" y "La última curda" hasta "Iba acabándose el vino", de Porsuigieco, que disparó una atinada salida de Páez: "¿Iba acabándose el vino? Eso te pasó a vos", retrucó y dio pie a las risas.

Con un palo a la presidenta, se despachó con "Al lado del camino" y abrió el arcón de los clásicos que cerró con "La rueda mágica" y "A rodar mi vida". Guitarra en mano salió en los bises con "Ciudad de pobres corazones" y "Naturaleza sangre", y volvió al piano con "Brillante sobre el mic" y "Dar es dar". El mejor Páez vibró en Rosario.

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