Escenario

Calamaro: "No soy adicto a la nostalgia ni a la esperanza"

El cantante ofrecerá un show el próximo 30 de noviembre en el Anfiteatro Municipal.

Domingo 08 de Septiembre de 2019

¿Se puede cargar la suerte? Nadie sabe si cargar la suerte es llevarla encima, como si fuera el más preciado objeto de deseo, o cargarla como si fuese un celular que se quedó sin batería. O quizá tomarla en broma, como quien carga a un amigo porque el equipo de sus amores perdió por goleada ante el rival de turno.

Andrés Calamaro tituló “Cargar la suerte” a su nuevo material (que no es tan nuevo pero que tampoco es el último disco porque de hecho seguirá sacando otros más) y lo presentará en Rosario el sábado 30 de noviembre, a tres años de su anterior presentación en la ciudad, y por primera vez en el Anfiteatro Municipal Humberto de Nito.

Si de cargar la suerte se trata es mejor hacerlo con una banda que esté a la altura de las circunstancias. Y todo está previsto para que así sea, ya que a uno y otro lado del Salmón tocarán Germán Wiedemer en teclados, Mariano Domínguez en bajo, Julián Kanevsky en guitarras y Martín Bruhn en la batería.

Calamaro respondió, como suele hacerlo, un cuestionario por mail en exclusiva para La Capital, a un par de meses de este show que se anticipa como un encuentro histórico para sus fans, quienes seguramente colmarán el emblemático espacio del Parque Urquiza. Aunque trascendió en redes sociales y algunos medios de comunicación que las entradas estaban agotadas, la producción local confirmó ayer que aún quedan localidades a la venta, aunque, claro, no son muchas.

Para Andrés “cargar la suerte” es soñar el toreo...soñar la música” y agrega que eso es “en tiempo real”. Afirma que no es adicto “a la nostalgia ni a la esperanza” y sostiene que “el rock tiene que gustar y ofender”. De puño y letra, con ustedes, Andrés Calamaro.

—Aún sabiendo que nadie sale vivo de aquí, ¿para qué es necesario cargar la suerte?

—”Cargar la suerte” es más importante de lo que parece en primera instancia. En los toros es torear de verdad, la expresión humana. Algo más que ponerle voluntad -o valor- al asunto. Es soñar el toreo... soñar la música. En tiempo real.

—El Gauchito Gil aparece en la gráfica del disco como un Dios pagano. ¿Sos creyente de esas leyendas urbanas como la suya?¿De qué otras leyendas te nutrís para la vida y para tu música?

—Soy creyente sin fe, o tengo fe pero no creo en nada. “Un día tarde y un dólar menos”. Pero soy muy respetuoso de la fe pagana en los escenarios. Pugliese, palo santo y Gil... Jamás el color prohibido.

—En una nota reciente de la revista Viva dijiste que “el éxito en la vida es sufrir lo menos posible”. Cualquiera que lea esta frase sabe que lo dice un tipo exitoso como vos y allí la lectura es distinta. ¿Qué es para vos el éxito y qué es sufrir lo menos posible?

—Evitar el mal humor es lo más cerca que vamos a estar de la felicidad. No sufrir por nada que no sea terrible, no enamorarse, no sentir furia ni odiar a nadie... Vivir sin rencor. El éxito es necesario para trabajar con la música, cada uno en su terreno, los especialistas, los maestros y los cantantes? Hoy en día es complicado entender el éxito con tanta televisión y tendencias digitales, pero una gira buena siempre es una gira buena, con buenas sensaciones y contratos.

—¿Cómo es ser “príncipe y mendigo”, y también “torero y bandido”, como cantás en “Siete vidas” y a la vez tener una identidad tan visible que hasta “el tiempo conoce tu sombra y el viento te nombra”?

—No somos ni príncipes ni mendigos, pero los toreros, como los bandidos, pueden entender y explicar mucho de lo que hacemos y somos... Para qué sirve tener siete vidas. O vivir dos veces. La identidad es invisible pero el tiempo me conoce porque está dentro mío, somos de tiempo.

—Sos director de Nervio Digital y allí despuntás el vicio de la escritura en otro formato, que es “ni periodismo ni literatura, la suma de las tres cosas”, como citás en el texto de presentación. ¿Cómo describís esa otra vida más de Calamaro, que podría estar dentro o fuera de las siete vidas de tu canción?

—La vida, afortunadamente, son las dos horas en el escenario y también el tiempo que pasa entre un recital y el siguiente. No soy escritor porque me falta cemento, ni soy periodista porque no entiendo la hermenéutica del “cuarto poder”... y porque tengo un buen trabajo, más difícil que el periodismo, pero muy trabajo. Todavía no hicimos cosas grandes con Nervio pero nos mantuvimos juntos y con Enrique (Symns) vivo.

—Sos un hombre clave del rock argentino en tiempos en que el rock de acá (y del mundo) ya no es lo que era. De tu generación, no se vislumbra que salga otro Luis, otro Charly, otro Fito, otro Andrés, otro Indio, otro Cerati. ¿Sentís que se terminó esa camada de celebridades?¿Hay recambio en el rock argentino?

—El rock nos dio mucho para sacrificarlo como un cordero. Además, el rock, está instalado en el mundo. Y la música argentina es un tesoro de cien años de gran categoría. No muchos más países pueden presumir de semejante siglo de cultura exquisita. Desconozco las nuevas camadas de celebridades, proyectarse en la música es diferente a lo que era el siglo pasado... Antes de los años 80, parecía imposible renovar camadas, la primera generación había sido brillante, muy especial... Especialmente los primeros años de rock de Argentina... Conocíamos aquellos discos de memoria... Nunca nos vimos como recambio de semejantes genios.

—En “Cargar la suerte” hay letras con llagas del amor (“Verdades afiladas”), nostalgia (“Voy a volver”), un canto a la esperanza (“Tránsito lento”) y a la amistad (“My mafia”). ¿No te motiva cantar sobre la coyuntura, como la grieta política o aspectos más puntuales de la desigualdad social?

—Todo el tiempo estamos cantando esas cosas... La amistad abarca el conocimiento, tenemos amigos para que nos expliquen y nos blinden. El amor no sé qué es, lo entendemos en la versión de Romeo y Julieta, es un panorama muy incompleto, no me gusta la palabra. Somos exagerados en América Latina, quizás porque contenemos todas las razas... No soy adicto a la nostalgia ni a la esperanza, afortunadamente. Es un membrillo atender tanta sensibilidad, no es mi estilo. Siempre cantamos sobre aspectos puntuales de la actualidad, algunas canciones las grabamos veinte años atrás y aplican, algo normal en nuestros país... Las canciones de apariencia sentimental, todo en el rock, está contando la historia de todos si las sabemos escuchar.

—Ir en contra de la corriente suele ser políticamente correcto en estos tiempos, en una extraña paradoja. ¿El desafío de un artista de tu trayectoria sigue siendo como la metáfora del salmón?

—Es un mandato generacional, somos así desde los 17 años... Siempre tuvimos enfrente al carnaval careta, a la policía, el poder judicial, las leyes que nos criminalizan desde adolescentes, en algunos casos familiares y maestros... Es el rock que es así, tiene que gustar y ofender. Tampoco podemos esperar que nos valide la opinión pública ni la crítica porque estaríamos locos.

—¿Creés que la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, que algunos la atribuyen a James Dean y fue un emblema de la cultura rock, te representa actualmente?

—Un día tarde y un dólar menos... Eso nos representa.

—¿Después de componer grandes temas con Los Abuelos de la Nada, Los Rodríguez y a lo largo de 15 discos como solista, creés que tu mejor canción todavía no la escribiste o sentís que todo tiempo pasado fue mejor?

—No tengo casi relación con el pasado porque no sé donde está. Y las canciones no me importan demasiado, no es un género musical... El Rock no necesita de canciones ni de acordes porque AC/DC no precisa de acordes ni de canciones. En mi caso es un bucle del azar para infiltrarme en la música popular... Algo en lo que jamás había pensado.

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