Escenario

Branford Marsalis trajo a Rosario un jazz clásico y arrollador

El cuarteto liderado por el saxofonista estadounidense, marca registrada en el acotado mundo del jazz internacional, dio un recital a pura intensidad y talento en el teatro El Círculo.

Miércoles 18 de Noviembre de 2015

El apellido Marsalis es desde hace años una marca registrada en el acotado mundo del jazz internacional. A razón de premios, presencia en el mercado discográfico y en los grandes medios y, obviamente, a fuerza de un incuestionable talento en algunos de los miembros del clan. Modernos, clásicos y tradicionalistas al mismo tiempo; envueltos en un aura de afroamericanos bien educados y tan prolijos que hacen que hasta el mismísimo Bono, en la comparación, se parezca a Sid Vicious.

A Wynton, trompetista, la estrella más fulgurante de la familia y polémico defensor de su propio concepto jazzístico, en su momento le pareció fatal que su hermano mayor Branford, el saxofonista, grabase y se fuese de gira con Sting en los años 80, o que más tarde se mezclara con algunos cabezones del hip-hop, mientras él mismo se erigía en paladín del jazz más tradicional, del “verdadero” jazz. Ahora suena irónico, porque en los últimos años el aplicado y talentoso Wynton abandonó la guardia en las “puertas de hierro” de la música clásica afroamericana y grabó discos con Willie Nelson, Norah Jones o Eric Clapton. Es cierto, muy buenos discos. Mientras, Branford se comprometió profundamente con el jazz y en la búsqueda de su propia identidad —a partir del mandato de John Coltrane y el sonido de Sonny Rollins— y casi siempre situado al frente de un cuarteto acústico. Y, todavía más cerca en el tiempo, mientras Wynton se empeñaba en reescribir la historia del jazz, mediante largas y generalmente infumables suites —como el doble “The Essential” compilado por Sony— Branford se encaminó en algo más sencillo: tocar jazz.

Este Branford Marsalis es el que se presentó anteanoche en el escenario de El Círculo, con sus saxofones (tenor y soprano) y junto a su joven trío, un rendidor y algo extraño en su forma de plantarse sobre el teclado del piano, Samora Pinderhughes, un férreo Russell Hall en el contrabajo y un increíble Justin Faulkner en la batería. Cuatro tipos dispuestos a divertirse y a jugar a poner patas arriba la tradición y, al mismo tiempo, no separarse un ápice de la misma.

El recital arrancó con Branford en saxofón soprano y con el tema de su ex camarada, el pianista Joey Calderazzo, “The Mighty Sword”, un mambo-jazz bien movido para el inicio de un show donde las plateas bajas del coliseo de Mendoza y Laprida lucieron al tope.

El primer tema con el saxofón tenor fue el tema de Duke Ellington “Mood Indigo”, una pieza del jazz romántico para tararear bajo la ducha y especial para que Branford sople a medio tiempo, con mucho ruido a aire fuera del caño y como cansinamente al estilo de Ben Webster o el gran Lester Young.

“The Windup”, un título no muy conocido de Keith Jarrett, el mejor pianista de jazz del mundo con vida, le permitió al trío acompañante de Marsalis potenciar sus individualidades. Arrollador. Comenzó bajo el sonido hoy clásico del trío de Jarrett y terminó su set como si el tema formara parte de los tracks de “Tonic”, el disco acústico de Medeski Martin & Wood. Luego, la segunda incursión del tenor de Branford en la composición llevó al show a una intensidad pocas veces vistas en un grupo acústico.

El concierto tuvo ocho largos y arremolinados temas, desplegados en casi hora y media de duración. Branford, siempre, se reservó: tocó unos minutos en la introducción melódica de cada tema, luego abrió el juego al trío, y se erigió en protagonista de una tercera etapa de la composición haciendo aullar su saxofón para el delirio del público, generalmente a partir de imponentes y agresivos fraseos. Hubo más standars como “Cheek to cheek”, más Calderazzo; el potente “In the Crease”, del álbum “Contemporary Jazz” , con un final donde Justin Faulkner pasó por su propio “Whiplash”, y bajo la sonrisa cómplice de sus compañeros salió plenamente airoso del juego. Y cerró, en los bises, con el viejo sonido de Nueva Orleans — allí donde nacieron los Marsalis—, temas remozados al clasicismo marsaliano, la balada sureña “Treat it Gentle” y el blues “St. James Infirmary”, que solía cantar y tocar Louis Armstrong.

En síntesis, jazz en estado puro, con predominio de la melodía y con Branford instalado al frente del cuarteto pero no al estilo de líderes de la vieja escuela como Dexter Gordon o el mismo Rollins, sino bajo un concepto renovado de ser jefe sin que se note tanto sobre el escenario.

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