Escenario

Axel: "Nunca busqué el camino fácil"

El cantante habló de su nuevo disco, "Ser", y de cómo logró permanecer en el cambiante mundo del pop.

Sábado 11 de Noviembre de 2017

"Soy un hippie con Osde", dice Axel entre risas, en el amplio lobby de un hotel en el centro de Rosario. Lejos de las tranquilas montañas cordobesas de Traslasierra, donde se instaló a vivir hace dos años, el cantante regresó al vértigo de la ciudad para hacer prensa y firmar discos para sus fans. Aunque hace más de una década parecía sólo un baladista carilindo con un par de hits, Axel logró consolidar una carrera impresionante: vendió miles de discos, batió récords de convocatoria, ganó premios y también triunfó afuera del país. Con su nuevo y octavo disco, "Ser", el músico que nació en Rafael Calzada repitió el ritual del éxito: el álbum alcanzó el primer puesto de los ránkings y sus dos primeros cortes, "Que nos animemos" y "Aire", suman más de 10 millones de reproducciones.

   "Ser" es un trabajo muy personal, que Axel compuso después de la muerte de su madre y del nacimiento de su tercer hijo. También coincidió con su mudanza a Córdoba, donde profundizó su búsqueda de la vida sana y el cuidado del medio ambiente. Ahora el cantante está en plena gira por la Argentina para mostrar su nueva criatura, y en ese plan se presentará hoy, a las 21, en el estadio cubierto de NOB. En charla con Escenario, Axel recordó la figura de su madre, habló de su vida en medio de las sierras y explicó por qué logró permanecer en el cambiante mundo del pop.

   —En "Ser" está muy presente tu familia. El tema "Eternidad" está dedicado a tu mamá, hay una canción para tu hijo Fermín y otra con título en francés que está inspirada en Francis, tu abuelo belga. ¿En qué contexto nació este disco?

   —El contexto fue muy especial: estaba muy sensibilizado, con las emociones a flor de piel por todo lo que me había ocurrido. Primero por la pérdida de mi mamá, y después por el nacimiento de Fermín, que fue inmediatamente después, a los 16 días. No podía terminar de procesar lo de mi mamá —y no puedo hoy después de dos años— que ya nacía Fermín, que fue una inyección de alegría muy grande. Fermín es un fenómeno, tiene dos años y es un atorrante. Fue un momento de muchos altibajos, en el que estaba reencontrándome a mí mismo, mirando mucho hacia adentro. Sentía muchas emociones pero buscaba cómo decirlas. Me presionaba porque sentía que no podía escribir otra cosa que no fuera sobre mi mamá. Me sentía bloqueado porque pensaba: "No puedo hacer algo que no sea para ella".

   —¿Cómo influyó tu mamá en tu vocación?

   —Fue fundamental. Ella fue la persona que me llevó al conservatorio. Y antes del conservatorio me llevó a estudiar piano con una monja filipina. Me llevaba a mis hermanos y a mí, y se quedaba esperando las dos horas que duraba la clase. Cuando pasamos al conservatorio, además de piano, mi hermano mayor estudiaba fagot, yo estudiaba trompeta y mi hermana menor clarinete. En casa a veces hacíamos alguna tocada los tres, aunque era un ensamble medio raro. Mi mamá nos llevaba siempre a estudiar música, y salía con nosotros en un barrio que tenía calles de tierra y que no estaba bien iluminado. Desde que nos bajábamos del colectivo había ocho o nueve cuadras oscuras hasta casa. La constancia de ella fue un ejemplo para nosotros. Cuando yo era adolescente y empecé a tocar en bares, recuerdo que llegaba tarde a la noche y ella, que ya estaba durmiendo, me dejaba la comida en la mesa con carteles que decían "qué tal mi John Lennon, cómo te fue hoy". Ella era docente, con una gran vocación. Fue docente hasta los 60, cuando se jubiló, y a los tres años de jubilarse murió.

   —"Ser" nació en tu casa de Traslasierra. ¿Ese entorno se coló en las canciones del disco?

   —Totalmente. Después de la muerte de mi mamá decidimos instalarnos en la montaña. Ahí te levantás a la mañana y escuchás un concierto de pajaritos. Y salís de la casa y te encontrás con animales silvestres. Son cosas que parecen simples pero que te cambian la cabeza. Ahí ves el sol desde que sale hasta que se pone. Estamos a mil metros de altura sobre el nivel del mar, entonces en invierno hay nieve y los cambios de estación se viven intensamente. Ese contexto acompañó mucho esa conexión espiritual, hacia adentro, para sacar las emociones. Además tenía muy poca distracción del afuera. En mi casa no tenemos televisión, tenemos un proyector para películas, pero nada más. No hay tentaciones que te inviten a desenfocarte de estar en contacto con la naturaleza. A veces pasan cinco días sin que salgamos de la montaña, porque tenemos provisiones y no da ni bajar. La meditación en ese lugar no es un momento pasivo de estar sentado y cerrar los ojos, es un estado continuo del ser las 24 horas. Te sentís en equilibrio con la naturaleza todo el tiempo.

   —Desde los primeros temas del álbum se nota más la presencia de la guitarra, algunos aires folclóricos y también máquinas. ¿Cómo llegaste a ese sonido?

   —En todos los discos yo busco sorprender, y no solamente a la gente, sino también a mí mismo. Yo tengo que sentir que no me reitero, que no hago más de lo mismo. Siempre me gustó correr riesgos, salir de la zona de confort, aunque sin traicionar mi esencia y con ideas genuinas. La esencia del cantautor es siempre la misma, pero después visto las canciones de manera distinta. Cuando empecé a pergeñar "Ser" yo tenía ganas de hacer un disco medio acústico. Primero compuse "Eternidad", que es una canción acústica, y después salió "Aguaribay", que tenía tintes folclóricos desde la guitarra. Pero de repente me empezaron a salir canciones que se prestaban más a un sonido electrónico, y entonces también fui por ese lado. El resultado de esa fusión me gustaba, el cruce de lo electrónico con lo folclórico y el pop. Y creo que sorprendió. Cuando salió "Que nos animemos" la gente dijo "¿qué onda?". Y por suerte gustó mucho.

   —El ambiente de la música pop es muy volátil. Hay muchos músicos que tienen un par de buenos hits y después pasan al olvido. ¿Por qué pensás que vos pudiste llegar a un octavo disco?

   —No hay fórmulas y no lo sabría responder con exactitud. Creo que la gente se dio cuenta que yo no buscaba reiterarme, que nunca busqué el camino fácil. Un músico pop tiene que estar a la vanguardia, tener un sonido actual. Yo siempre busqué estar un paso adelante, siempre encontré ritmos nuevos y algo para decir en las canciones. El público también ha sido muy gentil, muy amable, porque yo he cometido errores, obviamente. A veces miro videos míos y me digo: "Mirá la ropa que me puse, qué desastre". O las pavadas que he dicho en las entrevistas (risas). Y la gente me seguía igual. Tal vez había algo en mi persona que les gustaba, entonces la afinidad venía por otro lado. Yo me encuentro con gente por la calle que me dice: "Yo no escucho tu música pero me caés rebien, loco, y te iría a ver porque me caés rebien". También me dicen: "Se nota que venís de abajo, que sos un laburante". Hay gente que conecta con mi historia, que se ve reflejada porque me ve como un pibe de barrio. Y eso a veces es más importante que un hit.

   —¿Por qué decidiste instalarte en Córdoba con tu familia?

   —Lo que nos hizo tomar la decisión fue que mi hija más grande, que ahora tiene siete años, cumplía seis y tenía que arrancar la primaria. Y yo no quería cambiarla de escuela a mitad de camino. Nosotros ya estábamos con ganas de irnos a la casa que tenemos en la montaña desde hace siete años. Queríamos buscar una calidad de vida que creíamos mejor, rodeados de naturaleza. Además encontramos una escuela hermosa en Villa de Las Rosas, a 15 minutos de casa. Es una escuela de pedagogía Waldorf, que tiene mucho contacto con el arte, la espiritualidad y el desarrollo personal. El año pasado tuvimos tiempo de aclimatarnos al lugar. Al principio tuvimos algún cortocircuito, lo cual es lógico, porque estás lejos de tu familia y tus amigos. Pero este segundo año fue espectacular. A mi hija le encanta la escuela, le encanta el lugar.

   —En tu casa no hay televisores ni radios. ¿Tus hijos se adaptaron a esa vida?

   —El ser humano se adapta a todo. Yo hace años que no tengo televisión, porque los aparatos electrónicos en las habitaciones hacen mucho daño. Te oxidan mucho, generan muchos iones positivos que hacen a la oxidación del cuerpo. Entonces los empecé a eliminar. Lo mismo con el teléfono inalámbrico. Igual tenemos una pantalla para proyectar Netflix o algunos partidos de fútbol. Pero no estamos tentados de prender la tele para ver cualquier pavada.

   —En Córdoba también tenés un campo biodinámico. ¿De qué se trata eso?

   —El campo se llama "El arca". No sólo rescatamos animales sino que hacemos una devoción de la madre tierra, buscamos vivificarla nuevamente. Llegamos a un campo que había sido desmontado de sus especies nativas de árboles, y ahora las estamos replantando. No me interesa que no den dinero. El beneficio es mucho más grande que el dinero, es darle salud a nuestra madre tierra. También tenemos 50 hectáreas de olivos y hacemos nuestro propio aceite de oliva, que es orgánico y biodinámico. Y hacemos preparados con elementos naturales para que crezcan los árboles. No usamos nada químico. La biodinámica es respetar todos los ciclos de la naturaleza. En Europa esto es muy valorado. En la Argentina hay una movida importante, y a mí me gusta ser un poco pionero y transmitirlo.

   —Sos vegetariano y promovés el cuidado del medio ambiente. ¿Te considerás un hippie moderno?

   —Un hippie con Osde (risas). Yo no soy activista de nada ni quiero convencer a nadie de nada. Lo único que transmito es felicidad, satisfacción y plenitud. Yo puedo decir: elegí este camino y es muy bueno. Pero no quiere decir que no haya otros caminos que te lleven a la plenitud. Cuidar el medio ambiente es sentido común, no tiene nada que ver con una moda o una tendencia. Es necesidad, es el instinto natural.

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