Sábado 26 de Noviembre de 2011
Tres rosas, dos lágrimas de sangre y perfume de flores plasmaron una de las tantas devociones a la Virgen: la de María Rosa Mística. La figura se consagró en Montechiari, Italia, el 13 de julio de 1947, cuando una enfermera de nombre Pierina aseguró verla. En el pueblo santafesino de Centeno, María José Reynoso afirmó lo mismo el 6 de abril de 2010. Pero no se quedó en el relato, impulsó la construcción de un oratorio con una fuente de agua como vehículo de bendiciones. Entre las tranquilas comunidades vecinas la noticia se agigantó y ahora la sencilla esquina de calles de tierra de Islas Malvinas y Catamarca, cada fin de semana, se llena de peregrinos que se vuelven miles los días 13 de cada mes.
"Vienen de todos lados, acá muchos creen, otros dudan", dice Jorge Giménez, mientras tira café con leche en el bar El Amanecer en la zona centro de Centeno. Y asegura que el 13 de noviembre no hubo menos de cinco mil personas. ¿Buscando qué? "Vienen a pedir, a rezar, traen niños enfermos", dice María José en su casa frente al oratorio. Es una mujer joven, con pelo recogido y remera, de charla tranquila y que sólo se emociona al relatar los casos más complicados de los pequeños que le traen para curar. "No. Yo no soy", aclara, y dice que sólo es un nexo para canalizar el contacto con María Rosa Mística, verdadera causa de las sanaciones.
La historia que la mujer de 33 años relata para fundamentar los hechos que la ubican como vidente de Centeno arranca cuando ella tenía seis.
Sobre la mesa hay álbumes con fotografías de testimonios y un libro que recopila los mensajes que —dice— le dio María. En la computadora, la Virgen aparece como fondo de pantalla pero el resto es una casa ordenada y común, como la de cualquier pareja joven. Gato siamés y perro de raza incluidos.
Angelitos. María José asegura que a los seis años decidió que Dios y María serían sus padres y empezó a conversar con ellos. Por esa época también podía ver ángeles pero cuando contó ambos sucesos a su mamá y compañeritas nadie le creyó y decidió seguir sola con aquellos diálogos internos. La religión no era algo presente en su casa de padres separados donde la mamá trabajaba todo el día para mantener a cuatro hijos. "Años muy difíciles", evoca quien a la Virgen le dice "la Madre".
Los sucesos sobrenaturales reaparecieron cuando tenía 21 años. Una noche, mientras rezaba el rosario, la mujer vio a la Virgen en su casa. "Me asusté y llamé a mi marido, pero la imagen había desaparecido", contó. El privilegio volvió a repetirse 12 años después, un 6 de abril del 2010 a la hora de la siesta. Allí la mujer, que ya era catequista, superó el susto y recibió el mensaje de su ilustre visita: darla a conocer con la advocación de María Rosa Mística, que hasta el momento ella ignoraba. Más aún, hasta le indicó que en la Parroquia del pueblo había una imagen que la representaba.
"Ojos color miel, piel blanca, cabellos claros, de tamaño medio y vestida con túnica y rosas, con los brazos extendidos". Así describió María José a la visión que le cambió la vida. A partir de ese momento los mensajes de la Virgen se suceden y hasta hubo una indicación precisa: levantar una capilla en el terreno de enfrente y una fuente para los enfermos. En ese lugar el primer día de julio del año pasado y con sonido de "manantial" encontraron agua que análisis recientes califican de muy buena calidad, con apenas 0.05 de microgramos de arsénico por litro cuando la concentración de este mineral jaquea a las napas de la zona.
A esa altura de los acontecimientos la esquina señalada ya había dejado de ser un terreno baldío, la gente llegaba imparable por agua para rezar el rosario y hasta pedía que María José la tocara con sus manos como una acción transitiva del poder de María, o de la Madre , como ella le dice.
Cuando esto sucede, a veces las personas caen al suelo como en "descanso espiritual". El relato es fuerte, María José lo sabe e insiste: "Ojalá pudiera tocar a las personas y curarlas eso sería mi mayor deseo, pero es la Madre la que cura".
A callar. Mientras la respuesta popular crecía y la mujer ya tenía un grupo de colaboradores para la acción espiritual y material, las autoridades eclesiásticas investigaron el tema. Una comisión designada por el Arzobispado de Santa Fe la entrevistó ("casi no pude hablar, ellos lo hacían y yo lloraba"). Le bajaron el pulgar, le pidieron que hiciera como Gladys Mota (la vidente de San Nicolás): que no hablara ni rezara con la gente. Ella no accedió y no pudo seguir como catequista ni como ministro de la comunión. Pero la religiosidad popular ya se había encendido y nada pudo volver atrás. La gente ya daba testimonios de milagros.
Como Verónica, de Rosario, que llegó a Centeno con un mal pronóstico de tiroides. "Ella pidió con mucha fe y el mal desapareció, el médico le dijo andá y agradecé a quien sea porque yo no entiendo esto y le extendió un certificado", relató María José y dijo que hay otros ejemplos. "Humildad, bondad, oración y volver la mirada hacia Cristo, que es el verdadero camino", sintetizó la vidente sobre los requerimientos que recibe de la Madre.
Delirio místico, oportunismo y problemas psíquicos. ¿Qué fue lo más duro que le dijeron por decir que la Virgen le habla? "Dijeron de todo y que estaba loca", dice María José y admite que llegó a pensar que todo era producto de su gran devoción. Hasta su esposo le habló del qué dirán y no faltaron cargadas en el trabajo de él y en la escuela de los hijos. Pero nada la hizo retroceder.
El barrio. María José vive desde hace doce años en un barrio de casas sociales con pequeño jardín al frente. Está casada con Daniel Mandelli y tiene tres hijos, Mariel, Milagros y Emilio de 15, 14 y 4 años.
Ella es ama de casa y su esposo trabaja en Sancor, única industria de la población, que tiene neto perfil agrícola. "Vivimos del trabajo, las cosas que tenemos las compramos en cuotas, como hacen tantas personas ahora", dice el matrimonio para desmentir los rumores sobre cambios recientes en la economía familiar.
Frente al oratorio hay un kiosco, único en la manzana. ¿Qué representa para su comercio que lleguen miles de personas?, pregunta La Capital a su dueña. "¡No creo ni le creo!", remarca a través de la ventanilla Claudia, una evangélica para quien la única fuente de milagros es Cristo. Claro que no puede evitar reconocer que los días 13 el pequeño comercio sube sus ventas.
Otra vecina cuenta que los creyentes llegan de otros lugares y "no tanto del pueblo"y deja en claro la dificultad de asumir los ribetes espirituales en alguien con quien compartió vicisitudes barriales. Contradicción que prefigura la dualidad de la historia. Como dijo una vecina, la montaña no se mueve por pesada sino por falta de fe.