El protocolo del Chindamo
El mítico estadio de fútbol solicitó autorización para volver a jugar al fútbol. Originales medidas sanitarias de los players chindamistas.

Martes 16 de Junio de 2020

Los aprontes para el regreso comenzaron el primer día que se decretó la cuarentena, aunque nadie se percató de las acciones tendientes a lograrlo. Fue tal el sigilo de la comisión designada a tales efectos que casi todos se sorprendieron gratamente al conocer el protocolo sanitario elaborado para la vuelta del Chindamo, ese mítico estadio que soportó con heroico estoicismo largas jornadas de nula actividad y silencio sepulcral.

   La nueva normalidad se metía en todos los intersticios de la sociedad y reconocerse en tales menesteres suponía un ejercicio de incredulidad acelerada en épocas de asombro continuo.

   El tema en el que todos estaban al tanto, porque hubo consultas previas, fue el festejo de los goles, aunque la presentación venía precedida de una larga perorata con razones más hilarantes que otra cosa sobre estar preparado para el futuro, que aunque se veía lejano alguna vez llegaría.

   Se hicieron innumerables pruebas sobre los festejos, cada uno en su casa frente a la cámara de la computadora o el teléfono. Hubo muchas sugerencias con coreografías que rozaban el absurdo y el ridículo, pero el tema era consensuar un estilo característico, una manera propia que quedara en la memoria para las generaciones venideras como una marca indeleble del Chindamo.

   El cuestionario sobre la manera de festejar los goles en tiempos de pospandemia sirvió para medir el entusiasmo de los jugadores chindamistas, una especie de calibración del humor futbolero de toda la grey mientras en secreto se preparaba rigurosamente el protocolo sanitario para refrendar la vuelta del fútbol, la tan ansiada vuelta del fútbol.

   Sobre el frustrado proyecto de fletar un chárter para diez y viajar a Salta, cuando la provincia norteña permitió el alquiler de canchas de fútbol 5 (un par de semana antes), no habrá demasiados detalles y ni siquiera se hará público el nombre de quien aseguró conseguir el transporte y apareció con un camión jaula para viajar camuflados entre las reses. Para salvar el honor de los players, la principal razón será no haber podido alquilar ninguna cancha ya que los espacios salteños estaban atiborrados de reservas hasta fin de mes.

   El planteo principal del escrito presentado a las autoridades para que la actividad futbolística fuera autorizada fue: “El Chindamo es una actividad semiesencial”, a propuesta del Gordo, quien pedía a gritos la vuelta de la actividad mientras mostraba la prominente panza y juntaba morlaco tras morlaco para pagarle a la esposa la balanza hogareña que había destrozado.

   Una vez aclarado el punto fundamental, un sinnúmero de razones contextualizaban el deber moral de acceder a tal petición. Las medidas presentadas no distaban mucho de lo conocido en países que ya habían empezado a desandar el camino de regreso, aunque tenían ciertos detalles diferentes que le daban un matiz digamos vernáculo.

   Habría prohibición de ducharse en los confortables y coquetos vestuarios del complejo deportivo, pero se permitía la apertura de esas instalaciones solamente para la prolija exhibición de las flamantes toallas que los más presumidos jugadores habían comprado durante el largo receso de la cuarentena y ahora pretendían mostrar.

   Estaba claro que no se permitiría la presencia de público, pero para que la soledad no fuera tan acuciante, se propuso la colocación de muñecas inflables debidamente distribuidas en los alrededores del campo de juego. Los objetos de látex fueron donados en su totalidad por los futbolistas del Chindamo, quienes revisaron en el arcón de sus recuerdos y los galponcitos de sus casas y, aunque a regañadientes en algunos casos, gentilmente las entregaron, porque el fin mayor justificaba el despojo.

   El porrón pospartido fue prohibido de manera tajante por la tradicional costumbre de tomar todos del pico, aunque se dejó en la nebulosa del profuso articulado del protocolo la petaca de whisky previa, sobre todo en época invernal, cuando el humito del aliento matinal denotaba a las claras que los jugadores chindamistas se daban un toque antes de empezar la contienda.

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   Respecto del juego en sí, no establecía ningún cambio en las reglas pero sí el nuevo reglamento preveía círculos de no más de dos metros de diámetro en diferentes sectores de la cancha, según el dibujo táctico escogido por cada equipo. Cada circunferencia le correspondía a un jugador, que tenía vedado trasponer ese límite, caso contrario se castigaba con un tiro libre directo y sin barrera. La disposición del círculo de juego pretendía evitar todo tipo de contacto entre los futbolistas, mientras que el castigo con el tiro directo intentaba aumentar la cantidad de goles, uno de los pedidos de la empresa interesada en televisar los futuros encuentros del mítico estadio.

   El barbijo no estaba previsto como obligatorio aunque sí era menester portar una especie de careta (tipo máscara de soldador) transparente para no dificultar la visión, con recipientes a los costados en la parte inferior del adminículo destinados a recoger las secreciones bucales y nasales que el propio devenir del cotejo provoca en los jugadores.

   También quedó reglamentado el obligatorio uso de guantes, de lana, por las bajas temperaturas y también para poder mantener el ritual del choque de manos tan característico a una justa deportiva con tanta caballerosidad como acostumbran los encuentros en el Chindamo.

   Respecto de los festejos de gol, ya fue dicho, no hubo unanimidad. Ni siquiera criterios parecidos. Entonces la comisión ad hoc, designada a los efectos de la redacción del protocolo sanitario para la vuelta del Chindamo, debió resolver por su cuenta.

   Quedaron terminantemente prohibidos los gritos desaforados y estentóreos tras una conquista, sólo se permitiría un tímido “golazo, dijo Toto” con el puño apretado mirando al cielo y la autorización para el goleador por única vez para salir del círculo demarcatorio de su juego y correr a fundirse en un abrazo y demás manifestaciones cariñosas con las muñecas inflables debidamente distribuidas en los alrededores del campo de juego.