Martes 05 de Enero de 2021
Cuando llego tarde del diario, en la noche, mi hija más chica me está esperando. Apenas escucha el ruido de la llave en la cerradura, viene corriendo a darme un beso. Ese es el punto de partida de una serie de ritos que nos unen antes del momento en que la dejo en su cama para dormir, con una luz encendida en el pasillo como antídoto contra los malos sueños. Entre las cosas que compartimos están los juegos de cartas (con la escoba de quince como indiscutida reina, pese a los esfuerzos de la casita robada), el ajedrez y, desde hace poco tiempo, el cine. Algunas noches atrás tuve la idea de repetir con ella un programa doble que vi hace más de cincuenta años.
Fue un sábado a la tarde de 1971 o 72 cuando mamá nos puso a mi hermano y a mí la ropa “de salir” y nos metió en un taxi para traernos desde Arroyito, donde vivíamos, hasta el centro. Nuestro destino era el querido microcine Arteón, que en aquella época tenía funciones especiales para los chicos en horario vespertino. Lo que vimos los tres aquella vez, comiendo masticables Sugus que cada uno sacaba de su propia cajita, fueron dos películas breves del gran director francés Albert Lamorisse: El globo rojo y Crin blanca.
(Tengo muy presente, aún, el momento en que dejamos la sala: yo tenía los ojos arrasados por las lágrimas. El final de Crin blanca era el motivo de mi tristeza, que solo pude superar naranja Crush y sanguchitos del Junior de por medio. El caballo y el chico se internaban en el mar para huir de sus perseguidores, con la voz en off del narrador diciendo: “...y Crin Blanca, que estaba dotado de una gran fuerza, llevó a su amigo, que había tenido confianza en él, a un lugar maravilloso, donde los caballos y los hombres son siempre amigos”).
Albert Lamorisse, quien murió en un accidente de helicóptero en 1970, a los 48 años, en Irán, mientras filmaba un documental por encargo del sha, fue simplemente un genio. Con una obra escueta, ha quedado en la memoria como un auténtico poeta de la cámara. En sus breves treinta y dos minutos de duración, “El globo rojo” —ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1956— incluye momentos de belleza visual irrepetible. Tal vez nunca la luz de París haya sido captada de manera tan intensa y vívida.
Mi pequeña hija miraba la pantalla con reconcentrada atención, sumida en un estado de auténtico embeleso. Cuando el chico corre a través de las intrincadas callejuelas del barrio de Ménilmontant para escapar de sus perseguidores, que quieren quedarse con su preciado globo, lo alentaba a gritos. Lo mismo hizo más tarde cuando el pescador adolescente Folco trata de escapar de sus implacables enemigos, montando al blanco corcel a través de las marismas de la Camargue. Pero ni el chico podrá salvar su maravilloso globo —destrozado a gomerazos—, ni Crin Blanca logrará huir de la encerrona final. El consuelo, en ambos casos, estará más allá de este mundo: ante el dolor del chico por la pérdida de su globo, todos los globos de París vendrán a buscarlo, desprendiéndose de las manos de sus dueños en una escena inolvidable, y lo llevarán lejos, volando por encima de los techos, hacia un horizonte luminoso. El potro y el joven pescador, en tanto, se perderán para siempre entre las olas de un mar salvaje, ya definitivamente a salvo de la maldad de los hombres.
Mi hija, conmovida, quedó llena de preguntas que yo contesté como pude, con las escasas certezas que adquirí a lo largo de los años. Lo que sé, y de lo que no tengo dudas, es que la belleza nos salva. Que cuando el mundo se planta frente a nosotros como un sitio oscuro, y el laberinto no muestra ningún indicio de la salida, cada gota de arte verdadero que hayamos absorbido nos abre puertas hacia un lugar mejor. A diferencia de Lamorisse, creo que ese lugar mejor no está más allá, sino aquí. Y que somos nosotros, hombres y mujeres, quienes tenemos que construirlo.