El Mundo

Venezuela pone a prueba la oscilante política del gobierno argentino

Resulta imposible sostener una línea intermedia en un conflicto tan polarizado.

Domingo 12 de Enero de 2020

La ocupación policial y militar del Congreso venezolano el pasado 5 de enero es un ejemplo claro, neto e inocultable del carácter de dictadura militar del régimen chavista. La reacción del gobierno argentino fue en ese momento de rechazo con un comunicado de Cancillería de claro lenguaje de repudio. “El Gobierno argentino lamenta profundamente los episodios registrados...resultan inadmisibles para la convivencia democrática los actos de hostigamiento padecidos por diputados, periodistas y miembros del cuerpo diplomático al momento de procurar ingresar al recinto de la Asamblea Nacional, para elegir a las nuevas autoridades”, afirmó la Cancillería encabezada por Felipe Solá.

   Pero a la vez, como se anticipaba, Argentina no participó del comunicado conjunto del Grupo de Lima y este viernes se abstuvo en la votación de la OEA sobre el golpe parlamentario de Maduro y sus militares. La línea oscilante elegida por el gobierno argentino parece difícil de sostener en un conflicto tan agudo y polarizado como es el de Venezuela. De un lado, una dictadura indefendible; del otro, los demócratas. La ocupación militar violenta del Congreso es la enésima prueba de este carácter dictatorial, como se dijo; los cientos de presos políticos y la represión capilar, no ya de la información independiente, sino incluso de la opinión de los vecinos, son otras tantas evidencias de que se está ante una dictadura y un régime policial. Aún los que miran para otro lado deben admitir, muchas a veces sotto voce, que sostener a semejante régimen es una tara para cualquier gobierno progresista, como el nuevo gobierno argentino. A la vez, en el poblado Ejecutivo argentino hay líneas internas muy poderosas que presionan por acercarse al chavismo, en lugar de alejarse a distancia moderada como hace la Cancillería de Felipe Solá, quien insiste en una equidistancia de equilibrista. El régimen reaccionó al comunicado argentino con un “reto” de Diosdado Cabello. El tono despectivo que le dio a la Argentina y no solo al gobierno merecen reseñarse: “Nosotros no necesitamos de Argentina ni de su canciller. Ellos verán de qué lado se acomodan, si de los pueblos o de los arrastrados”. El insulto fue respondido por la nueva administración con un acto que puede ser percibido como de sumisión. Apenas horas más tarde dejó de reconocer a la embajadora de Guaidó, Elisa Trotta Gamus. Y no dijo una palabra sobre las insultantes palabras del número dos de la dictadura chavista.

   La misma línea ambivalente se había dado con la recepción de Evo Morales en diciembre pasado. Antes de su llegada, Felipe Solá le había advertido públicamente que, como es norma internacional, no debería hacer actividad proselitista ni declaraciones políticas, como sí había hecho durante su breve exilio mexicano. Pero apenas llegó Evo hizo precisamente eso y, aún peor, Solá fue desautorizado en un tono casi humillante por el jefe de gabinete, Santiago Cafiero. Desde entonces Morales dirige su campaña electoral desde Buenos Aires y trata de recuperar el dominio de su partido desde Argentina, donde no ahorra entrevistas ni mitines. Argentina se “compró” así un conflicto con varios países de la región y con el vital EEUU, quien define la política del FMI. Argentina recibe una mirada de reojo de los países latinoamericanos que lideran el Grupo de Lima.

Cuál es el rédito de esta decisión de cobijar al expansivo Evo Morales, es todo un misterio. Por ahora es pura pérdida. Al parecer, es un gesto para esas bases radicalizadas del kirchnerismo, que ven poco para festejar hasta ahora con las políticas del gobierno, inevitablemente austeras y de severo ajuste por más que se las llame con eufemismos y se las celebre con una desmesura grotesca desde la desgastada red de medios adictos al viejo kirchnerismo.

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