El Mundo

Venezuela: el dilema entre el intervencionismo y el inmovilismo declarativo

Domingo 05 de Mayo de 2019

Los episodios de esta semana y los que vendrán en Venezuela replantean viejas dudas y debates sobre las reglas que deben gobernar a la comunidad internacional. Ante todo, la "no intervención en asuntos internos", no es un dogma desde hace décadas. El no intervencionismo en asuntos internos era el argumento favorito de las dictaduras militares sudamericanas en los 70 ante los informes de los organismos multilaterales, como la CIDH, o las sanciones que aplicaban Estados Unidos con James Carter. Los tiempos de la Doctrina Drago habían dejado paso a un mundo muy diferente al de la Belle Epoque. Hoy ese anacrónico planteo "soberanista" lo utilizan dictaduras como China, Rusia y, claro, Venezuela, que bajo el chavismo jamás dejó ingresar a las misiones de la CIDH y otros organismos de DDHH a investigar sus cárceles.

En los 90, ante las atrocidades ocurridas en Africa y los Balcanes, se evidenció la necesidad de crear mecanismos de intervención internacional. Hace poco se conmemoró el 20 aniversario del genocidio de Ruanda. Una comunidad internacional desatenta y con pocos instrumentos fue fundamental para que fuera posible esa tragedia enorme, que se llevó un millón de vidas y dejó varios millones de mutilados. Las guerras de la ex Yugoslavia fueron otro disparador. Queda claro que el derecho a la intervención existe ante una catástrofe humanitaria causada o agravada por un gobierno dictatorial. Pero ¿quién aplica en concreto ese derecho y cómo? El Capítulo VII de la Carta de la ONU habilita ese tipo de acciones. Pero basta un veto ruso o chino en el Consejo de Seguridad de la ONU para frenar cualquier iniciativa. El dictador Maduro puede estar tranquilo: las autocracias de Putin y Xi Xinping lo respaldan con firmeza. Además, hay consenso incluso en la administración Trump, de que no es viable políticamente una intervención militar en Venezuela. Los países del Grupo de Lima la han descartado reiteradamente, así como la UE, pese a que ambos restan firmes en el rechazo a Maduro, el reconocimiento de Juan Guaidó y el reclamo de una transición a la democracia. Pero a la vez quedarse en el plano meramente declarativo no hará retroceder a una dictadura feroz como la chavista. Al contrario, la reiteración de frases de compromiso solo golpea a los opositores, que ven cada vez más lejos la luz al fondo del túnel.

El principio de intervención en asuntos internos por razones humanitarias, en defensa de la población civil contra una dictadura está ligado asimismo a otro muy antiguo: el derecho de rebelión contra la opresión. Conceptualizado en tiempos modernos por Locke, fue incorporado como doctrina por las revoluciones Americana y Francesa. Entre estos dos principios, el derecho de intervención internacional en asuntos internos por razones humanitarias y el derecho de rebelión contra la opresión, se puede confeccionar un manual de instrucciones.

Pero no existe una comunidad internacional de democracias, sino que predominan las potencias dictatoriales, que además son claramente las que están en ascenso mientras muchas democracias languidecen, como ocurre en media Europa. Por eso dar un marco legal en la ONUa una intervención no es posible. Un bloqueo similar al que se observa en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, donde predominan dictaduras de toda clase y linaje.

Por otro lado, el intervencionismo tiene fuertes límites materiales y éticos. Salvo Estados Unidos, ningún país del Grupo de Lima respalda una acción militar externa, como la que se debatió en el Pentágono. Sí hubo respaldos al levantamiento cívico-militar del martes, cuando un puñado de militares liberó a Leopoldo López.

Es claro que falta mucho para que la comunidad internacional se dé reglas de intervención serias contra dictaduras que como la chavista pauperizan y literalmente hambrean a sus pueblos. Pero posiblemente ese tiempo no llegue nunca: cuando de un lado hay dos potencias mundiales y varias regionales, todas dictaduras, que favorecen a una dictadura amiga, es casi imposible llegar a sumar presión internacional suficiente para iniciar un proceso de transición a la democracia. Mientras Maduro cuente con China, Rusia, Irán y Turquía, además de Cuba, entre otras, es casi una apuesta a la suerte creer que Maduro y su régimen pueden cambiarse. En el mejor de los casos tal vez se llegue a negociar un cambio de figuras y algún alivio a las condiciones en que debe desempeñarse la oposición, reducida cada vez más a ser una "disidencia" al estilo de la cubana. La ruptura de filas del general a cargo del Sebin _nada menos_ y el silencio de tantos comandantes de unidad y división son sin dudas un dato político de magnitud.

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