Venezuela

Un papelón sin retorno

El embajador ante la OEA, Carlos Raimundi, relativizó el Informe Bachelet de la ONU y avaló al régimen de Maduro

Jueves 01 de Octubre de 2020

El embajador ante la OEA Carlos Raimundi se hizo tristemente conocido esta semana con una inolvidable e imperdonable defensa del régimen dictatorial de Venezuela y la simultánea descalificación del documentado y sólido informe sobre las masivas violaciones a los Derechos Humanos que se cometen en ese país realizado por Naciones Unidas. Raimundi fue luego, muy tardíamente, desmentido por sus superiores de la Cancillería. Y ahora, se afirma sin una declaración oficial audible y visible, por el presidente Alberto Fernández.

Ayer, en un acto verdaderamente insólito, Raimundi trató de aclarar, pero oscureció. Dijo que había hablado con el presidente Alberto Fernández y unificado posiciones y agregó: "Dijeron que yo rechacé el informe de Bachelet. No se trató ese informe, sino el de otro organismo independiente de Naciones Unidas". Al parecer, se refería al de la Misión Internacional Independiente de Naciones Unidas sobre Venezuela, del pasado 16 de septiembre. Como sea, la Cancillería salió horas antes a decir que la posición de Raimundi no representaba al Gobierno nacional.

El punto es que hasta hoy el embajador sigue en su cargo y la Cancillería admite que es un "freelance" de la diplomacia. Su reivindicación y defensa de la dictadura chavista, ¿fue idea suya solamente, como se afirma en varios medios porteños, o no acata a la Cancillería de Felipe Solá ni al presidente Fernández sino a otros "superiores"? Una duda legítima ante el desconcertante y repetido caso de embajadores que desautorizan a su canciller. El anterior fue el de la embajadora designada Alicia Castro, que también salió en defensa de Maduro y sus asesinos cuando Solá hizo una tibia crítica de la única dictadura de Sudamérica.

Asunto, este último, sobre si se está ante una dictadura o no, que merece analizarse con algún detenimiento. Primero, hay que dejar de lado la distinción entre legitimidad de origen (el voto) y legitimidad de ejercicio, ya que Maduro no tiene ninguna de las dos (las elecciones de 2018 que le dieron otro mandato de seis años fueron fraudulentas y no son reconocidas por unas 60 naciones, la OEA y la UE) y la legitimidad de ejercicio está invalidada por la brutal y sistemática represión que precisamente documentó el Informe Bachelet de la ONU, así como anteriormente lo han hecho la CIDH de la OEA y reconocidos organismos independientes de Derechos Humanos, como Amnistía Internacional y HRW, entre otros.

Según las tipologías políticas en uso, el chavismo aún podría ser definido como un populismo autoritario pero de base democrática. Pero esto sería así si tuviera votos, como ocurría en vida de Hugo Chávez. Hoy y desde hace años ya no tiene votos. En segundo lugar, vale el criterio de "irreversibilidad", cualidad que alcanzan estos regímenes inicialmente basados en el voto cuando bloquean toda posibilidad de alternancia democrática. Inicialmente esta cualidad se alcanza mediante maniobras institucionales: reelección presidencial indefinida, sometimiento total del Poder Judicial y Asambleas Constituyentes todopoderosas. Pero cuando se ha perdido la popularidad ni con estas maniobras alcanza. Y se pasa entonces a manipular las elecciones groseramente. A partir de este falseamiento del voto estos regímenes dejan de ser una democracia de rasgos autoritarios y represivos, una "democradura", como se estila llamarlas, y pasan lisa y llanamente dictaduras investidas de falsa legitimidad democrática. Esto es justamente lo que hizo el chavismo luego de perder por paliza las últimas elecciones legítimas del país, las legislativas de diciembre de 2015. A partir de ahí no hubo más elecciones dignas de este nombre en Venezuela. El chavismo falsó groseramente las elecciones de constituyentes en 2017 y las presidenciales de 2018. Ahora se va a otras legislativas totalmente viciadas en diciembre próximo, que ya nadie toma en serio.

Con el infeliz discurso del embajador Raimundi, Argentina se aisló aún más en la región (países vecinos, Mercosur y OEA) y complicó gratuitamente su relación con EEUU en un momento clave, dado el peso de este país en el FMI. Y si algún desinformado apuesta a que esto cambiaría con un hipotético gobierno de Joe Biden, que se moleste en estudiar la nula relación entre la presidente Cristina Kirchner y el presidente Barack Obama pese a los esfuerzos de la mandataria argentina. La distancia que puso el estadounidense fue explícita y frontal y duró sus ocho años en la Casa Blanca (2009-2017). Biden fue su vicepresidente todos esos años.

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