El Mundo

Un experto considera que "Ucrania y Rusia deben ver ahora el vaso medio lleno"

Mario Nalpatian es presidente del Partido Socialdemócrata de Armenia, miembro del Consejo Nacional Armenio Mundial y uno de los vicepresidentes de la Internacional Socialista.

Domingo 15 de Junio de 2014

Mario Nalpatian es presidente del Partido Socialdemócrata de Armenia, miembro del Consejo Nacional Armenio Mundial y uno de los vicepresidentes de la Internacional Socialista. Es un conocedor del complejo mundo de las naciones ex soviéticas, Ucrania entre ellas. Nalpatian estuvo recientemente en Rosario, invitado por la UNR y el socialismo santafesino, para disertar sobre la crisis ucraniana. El viernes concedió a La Capital una extensa entrevista telefónica, de la que sigue una síntesis.

—Se ha visto un ablandamiento de la posición rusa. ¿Se va rumbo a un acuerdo?

—Creo que el encuentro en Francia de Putin con (el nuevo presidente ucraniano) Petro Poroshenko es una buena señal. Ambos han comprendido la seriedad y profundidad de la crisis. Ambos tienen la posibilidad el vaso medio lleno. Poroshenko es un hombre que no viene de la política, viene de la empresa, se ubica en un lugar de estadista en un momento muy particular para Ucrania. Putin también ve el vaso medio lleno, tal vez más que Poroshenko. Si su objetivo era recuperar la península de Crimea lo logró. Creo que Putin y su gente son lo suficientemente pragmáticos para saber que no podían quedarse con Ucrania. Hoy es muy dificil que en el corazón de la Europa central se produzca un desmenbramiento de esta clase, por más que estén estas dos pequeñas repúblicas autoproclamadas. A esto lo veo como transitorio. Mi olfato me dice que Crimea no vuelve a Ucrania. Para los rusos era parte de la “Madre Rusia”, un objetivo muy importante. Por esto los dos pueden hoy sentirse conformes. Pero la tarea del presidente de Ucrania no será sencilla. El país viene de una profunda crisis política, además tiene una economía prácticamente estancada. La vida política en Ucrania está muy lejos de haber comenzado una transición democrática en términos occidentales. Traspolar al centro de Europa, luego de la experiencia soviética y con la huella que ha dejado, un modelo según lo que se ve desde Washington o Buenos Aires es poco serio y poco realista. La presencia de fuerzas foráneas en el largo plazo no ayuda. En el 2004 Ucrania ya vivió la Revolución Naranja, hubo exaltación, compromisos de ayuda de la UE y EEUU, pero al poco tiempo el país no pudo salir de la crisis, Viktor Yanukovich volvió a ganar las elecciones y volvieron las viejas cuestiones. Para entender a Ucrania no sólo hay que mirar qué hace Putin, sino revisar los antecedentes que explican por qué el país está en esta situación. Ucrania tiene la herencia postsovietica, muy difícil de levantar, no sólo en Ucrania sino en todo el espacio postsoviético, como es el caso de Hungría, por ejemplo, con una deriva populista de derecha antisemita, que pone en duda su misma pertenencia a la UE. La transición es lenta, tiene idas y vueltas y es muy díficíl si nos limitamos a estudiar a Ucrania de noviembre pasado a hoy.

—En Ucrania hay un sector proocidental, joven, que ha hecho viajes a Europa, que se ve en las manifestaciones en Kiev. Y luego hay otro “planeta” en el Este, los milicianos prorrusos, los obreros de la vieja industria pesada soviética. Un país con dos mundos.

—Es muy cierta esa observación. Esos jóvenes no han vivido el período soviético, asumen que parten de la cultura occidental, le dan su forma propia ucraniana, quieren un cambio. Pero acá hay que tener cuidado. En la plaza Maidán hubo jóvenes y adultos que iban por un cambio, pero también hubo otros factores violentos, que derivaron en cientos de muertes. Y a la caída y huida del autócrata Yanukovich hubo un gobierno no legítimo, el de transición. Ahora, la elección de Poroshenko es auspiciosa, es un hombre pragmático, pero cuidado con tener una mirada sólo económica.

—¿Cómo hacen ambas partes, suponiendo que lleguen a un acuerdo, para desarmar y desactivar a las milicias prorrusas?

—Por esto insisto con la importancia que tiene que tener la política en la solución, para construir una nueva alternativa. Ucrania, bajo este gobierno de transición, derogó las leyes sobre bilingüismo, algo muy equivocado. Y se votó una ley que permite el uso de símbolos nazis. Esto debe cambiar para que estas milicias tengan elementos para pensar que cumplieron. La nueva etapa no debe ser con las armas, y para eso hay que enviar señales. Las regiones mayoritarias rusas deben recuperar el bilingüismo, y se debe ir a una forma de gobierno que contemple la fractura que hay en la sociedad. Ucrania tiene que revisar su estructura institucional. Conozco algo a Ucrania, y es un país que vivió muy inestablemente; desde la desaparición de la URSS en diciembre de 1991 hubo 23 primeros ministros y cinco o seis presidentes. Y tiene un desempleo del 19%, con una economía que no supera un crecimiento de 0,2/05% por año. Hay cuestiones que deben ser revisadas, y no todo es atribuible al precio del gas ruso. Europa tiene que tomar nota de Ucrania. Porque en las elecciones europeas del 25 de mayo no hubo referencias a Ucrania. Más allá de la retórica, hay que avanzar con propuestas y poner dinero, no para generar deudas sino para el crecimiento. La política tiene mucho por hacer, Poroshenko se tiene que rodear de un muy buen gabinete para superar esta fractura que hay en la sociedad, para que Este y Oeste se complementen. Hay que tender puentes, dialogar mucho, dialogar con Rusia, que es fundamental, tanto en la creación de la crisis como también lo es en su solución.

—Europa fue realmente miope, con un acuerdo de integración, el de noviembre, muy mezquino.

—Daba mucho menos de lo que decía, y decía poco. Son las dificultades de la UE para elaborar una política exterior común de verdad. Europa fue parte activa del conflicto, y ahora a mi juicio por esto no tendrá el lugar que debería tener en su solución.

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