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Lula deja un Brasil renovado, con logros económicos y justicia social

Luego de poner sus inflamados tobillos sobre un desvencijado sofá, Dilma de Lima, de 72 años, reflexiona sobre una vida de pobreza en las favelas y el humilde departamento construido por el gobierno al que ahora llama hogar.

Jueves 30 de Diciembre de 2010

San Pablo._  Luego de poner sus inflamados tobillos sobre un desvencijado sofá, Dilma de Lima, de 72 años, reflexiona sobre una vida de pobreza en las favelas y el humilde departamento construido por el gobierno al que ahora llama hogar. "La vida nunca ha sido mejor -dice-. Todo mi agradecimiento es para Lula, el salvador de los pobres".

Lula, por supuesto, es Luiz Inacio Lula da Silva, el popular mandatario brasileño y primer presidente surgido de la clase trabajadora que termina su segundo período de gobierno este sábado, cuando traspasará el poder a la sucesora que él mismo eligió, Dilma Rousseff, una tecnócrata de carrera que ganó las elecciones gracias a las tasas de aprobación récord de su mentor, que llegan al 87 por ciento.

Lula, de 65 años, deja un Brasil que abandonó un destino de nación malograda para convertirse en una figura con nueva influencia política y económica, programas sociales modelo y que se vanagloria de ser la sede de la Copa Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016.

Acreedor del FMI. Desde que Lula fue elegido presidente por primera vez en 2002, la clase media creció en 29 millones de personas, lo que creó un nuevo y poderoso mercado interno de consumo. Otros 20 millones salieron de la pobreza. El país que recibió un rescate récord de 30.000 millones de dólares del FMI cuando estaba al borde del colapso económico en 2002 es ahora acreedor del Fondo, con un aporte de 5.000 millones de dólares disponibles para préstamos a otras naciones.

Otros sólo pueden soñar con tener los logros de Lula: la moneda brasileña se ha apreciado en un 107 por ciento en su paridad con el dólar estadounidense. También la desigualdad se redujo, ya que el ingreso del 10 por ciento más pobre ha crecido seis veces más rápido que el del 10 por ciento más rico. La inflación está bajo control, el desempleo está en un nivel mínimo y el analfabetismo ha disminuido. Para cuando Brasil reciba los Juegos Olímpicos, se prevé que sea la quinta economía más grande del mundo, por encima de Italia, Gran Bretaña y Francia.

Los temores iniciales de que el líder izquierdista y ex dirigente sindical llevaría al país hacia el socialismo resultaron infundados. Lula repelió a las facciones más radicales del Partido de los Trabajadores y usó políticas económicas ortodoxas que llevaron al país a un crecimiento sin precedentes. Bajo su mandato la economía de Brasil se expandió, en promedio, dos veces más rápido de lo que lo hizo en las dos décadas previas, a un ritmo del 4 por ciento anual.

Más allá de las cifras. Pero el legado de Lula va más allá de las cifras. Está en el brillo de los ojos de una habitante de las favelas como Dilma de Lima, quien se identifica con las raíces de Lula y siente orgullo de que fuera un hombre de las masas pobres quien finalmente haya logrado sacar adelante a Brasil.

"Por décadas viví en una casucha donde el drenaje se desbordaba cada vez que llovía", dice Lima, mientras cuatro chicos saltan en su nuevo departamento de dos dormitorios en la favela de Paraisópolis. "No tenía ventanas, lo que empeoró mi bronquitis. Ahora mira este. Tengo piso de cemento. Ventanas que permiten que el aire fluya. Estoy mejor de salud. Es gracias a Lula", afirma.

"Tiene más milagros". Sin embargo, no todo fue un camino fácil para Lula. Su primer año en el poder fue turbulento, dado que la economía de Brasil fue sacudida por el temor de los mercados. En 2005 fue golpeado por un escándalo de compra de votos en el Congreso, que obligó a sus principales allegados a renunciar. Aunque nunca fue conectado directamente con el presidente, manchó la reputación del Partido de los Trabajadores.

Un documento oficial divulgado este mes en el que se describen los logros de su gobierno -en 2.200 páginas- fue recibido con aplausos, pero también con una dosis de sarcasmo. Una caricatura editorial en el prestigioso diario Folha de Sao Paulo mostraba a Lula en la cima de una montaña, bañado en luces y sosteniendo su libro sagrado. "Es como la Biblia -decía-. Pero tiene más milagros".

Lo que falta. Lula no cumplió todas sus metas, en particular respecto a las muy necesarias reformas fiscal y de seguridad social. El sistema educativo del país aún está rezagado, al igual que su infraestructura, algo que podría entorpecer la realización de la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos. Un mayor avance económico podría verse amenazado por los embotellamientos en rutas y vías férreas que transportan materias primas a la costa para su exportación.

"Su legado tendrá algunos huecos, algunos espacios vacíos donde deja trabajo por hacer", dijo David Fleischer, politólogo de la Universidad de Brasilia.

Aun así, el más acérrimo de los críticos no se atrevería a negar los avances que Lula ha conseguido para que millones de brasileños elevaran sus aspiraciones.

Quizá fue Lula mismo quien describió mejor el fenómeno en 2003, tras ganar la presidencia en su cuarto intento: "Finalmente la esperanza venció al miedo, y la sociedad decidió que ya era tiempo de seguir nuevos caminos... No soy el resultado de una elección. Soy el resultado de la historia. Estoy materializando los sueños de generaciones y generaciones que, antes de mí, lo habían intentado y fracasaron".

Lágrimas

Lula estalló en llanto en su último discurso como presidente, durante una visita oficial a Pernambuco, donde nació hace 65 años. Al hablar ante una multitud, Lula lloró en por lo menos tres ocasiones, tanto al recordar su infancia pobre en la localidad rural de Caetés como al escuchar el homenaje de un poeta local.

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