El Mundo

Las razones por las que Maduro es un presidente usurpador

Crisis bolivariana. En Venezuela no hay unos comicios medianamente libres y competitivos desde diciembre de 2015.

Lunes 28 de Enero de 2019

La ilegitimidad de Nicolás Maduro y su régimen es plena, no solo por las falaces elecciones presidenciales de 2018. Viene al menos de todo lo hecho a partir de la derrota que sufrió el chavismo el 6 de diciembre de 2015 en las elecciones parlamentarias. Pero vale detenerse en el proceso electoral de 2018 para evidenciar la falsificación de la democracia operada en Venezuela por el régimen chavista. Para que el lector tome fácil dimensión del fraude, se puede hacer una comparación meramente imaginaria: supóngase que el gobierno argentino, apretado por la crisis económica, decide adelantar las elecciones de octubre a abril, a la vez que anula las primarias, y prohíbe la inscripción de todos los candidatos competitivos, desde Cristina a Massa. No contento con esto, veta la inscripción de los partidos políticos mismos, así como de las coaliciones. Sí permite sin embargo la inscripción de un par de candidatos que jamás pueden competirle, como el salteño Olmedo y alguno similar. Bueno, eso es lo que se hizo, o perpetró, en Venezuela en 2018. Así que, efectivamente, Maduro es "ilegítimo" y "usurpador" como denuncian Juan Guaidó y toda la oposición. El que dude de este paralelismo puede consultar la información de ese año, fecha por fecha, y el informe muy documentado que hizo el Observatorio Electoral Venezolano,entre tantos documentos disponibles.


Además de adelantar las fechas brutalmente, de diciembre, cuando se vota habitualmente en Venezuela, a abril y a mayo poco después, el régimen, a través de las instituciones que domina como el Tribunal Supremo, el Consejo Nacional Electoral e insólitamente, la Asamblea Constituyente (que se arrogó poderes absolutos), prohibió a los candidatos que podrían haberle ganado con facilidad al impopular Maduro. Muchos ya estaban inhabilitados,como Henrique Capriles, o presos, como Leopoldo López, o exiliados, como el ex alcalde de Caracas Antonio Ledezma. Pero no era suficiente: se prohibió la inscripción de los partidos y aún más, se vetó a la evidentemente temida coalición opositora MUD. La tarjeta electoral de la MUD es la más votada en la historia electoral venezolana, recuerda el Observatorio Electoral Venezolano. Era claro que cualquiera que fuera con esa "chapa" le ganaría a Maduro. Así que este compitió contra dos candidatos menores, a los que, al contrario de los verdaderos opositores, se les facilitó el trámite de inscripción. El ex chavista Henri Falcón y un poco conocido predicador, Javier Bertucci, decoraron la oprobiosa victoria de Maduro. Por todo esto, las elecciones del 20 de mayo de 2018 son falsas e inválidas. Pero la ilegitimidad y la violencia institucional vienen de mucho antes. En Venezuela no hay elecciones limpias y competitivas al menos desde aquellas del 6 diciembre de 2015, que perdió el chavismo en forma categórica, pese a su control total de los medios de comunicación, de los aparatos electorales y del Poder Judicial. Desde ese día el chavismo supo que no ganaría nunca más una elección medianamente limpia y competitiva. Así que partió al galope, porque en su imprevisión de la derrota había olvidado que en pocos días cambiaría la composición del Parlamento unicameral. Con la composición aún chavista del Legislativo, falseó, contra todas las normas vigentes, la formación del Tribunal Supremo. No le alcanzó, y entonces se inventó una rareza absoluta: una Constituyente "plenipotenciaria", es decir un gobierno paralelo con poderes dictatoriales. Se daría a sus integrantes una composición doblemente deformada. Por un lado, de los 545 constituyentes, una mayoría se eligió por distritos, pero estos se remoldearon a gusto del chavismo. Una ciudad grande y de tradición opositora, con cientos de miles de habitantes, recibía solo un escaño y otra muy pequeña pero chavista fiel recibía también un escaño. Por si eso fuera poco, 173 constituyentes se eligieron por "ámbito sectorial": estudiantes, campesinos y pescadores; empresarios, pensionistas, consejos comunales, sindicatos y aborígenes. En otras palabras: de un plumazo se eliminó el voto directo y universal instaurado en la Constitución de 1999 y se impuso el voto de segundo grado, corporativo, al estilo del régimen franquista o del castrista. En esas elecciones, cometidas el 30 de julio de 2017, votó apenas el 41 por ciento del padrón, según el gobierno. La oposición estimó que lo hizo solo el 12 por ciento, y la empresa que desde 2004 estaba a cargo del voto electrónico denunció que el escrutinio oficial estaba inflado en al menos un millón de votos. Ese día las mesas de votación lucieron vacías en toda Venezuela.

Como se ve, en Venezuela no hay ni habrá bajo el chavismo elecciones libres, competitivas y transparentes, como exigen los países que no reconocen más a Maduro desde que reasumió el poder el 10 de enero. Por todo esto, pero también por mucho más, como los secuestros y asesinatos de manifestantes, el sometimiento de los detenidos a torturas y a tribunales militares, la amenaza constante de sufrir secuestro y tortura si se es opositor, Venezuela no es ni de cerca una democracia.

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