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"La guerra en Colombia ha hecho metástasis pese al acuerdo de paz"

Rubén Chababo fue el primer director del Museo de la Memoria. Como integrante del Consejo Internacional de la Memoria Histórica de Colombia vivió de cerca el proceso negociador con las Farc.

Lunes 26 de Noviembre de 2018

Rubén Chababo ha sido hasta el mes pasado, junto a representantes de Chile, Suiza, Francia y España, miembro del Consejo Asesor Internacional del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, una institución gubernamental dedicada a elaborar informes y diseñar políticas públicas orientadas a dar respuesta a los dilemas de uno de los conflictos armados de más larga duración en Occidente. En Rosario es conocido por haber sido el primer director del Museo de la Memoria. En esta entrevista da su visión de cómo está hoy el proceso de paz colombiano, que copó titulares y noticieros en todo el mundo durante 2016, cuando se firmó el acuerdo entre el Estado colombiano y las Farc. Este logro le valió el Nobel de la Paz al presidente Juan Manuel Santos.


—A casi dos años de la firma del acuerdo de paz, ¿cómo se ve hoy el panorama de posguerra?

—Es difícil hablar así, literalmente, de posguerra, porque si bien muchos pensamos que luego de la firma del Acuerdo en Cartagena sobrevendría el fin del conflicto, este perdura, no con los niveles de violencia que tuvo en el pasado, pero la guerra sigue impactando en las regiones donde sobreviven desprendimientos de las guerrillas o donde sectores vinculados al paramilitarismo ajustician sin piedad a miembros de la sociedad civil como es el caso de los más de 350 líderes sociales asesinados en estos dos últimos años. Por otra parte, la reinserción de la guerrilla y la restitución de tierras son temas que complejizan el ya complejo proceso transicional.

—¿De quién es responsabilidad este estado de situación?

—Es una responsabilidad compartida, tanto del gobierno del ex presidente Juan Manual Santos, que debió esforzarse en asegurar los recursos para la reinserción de la guerrilla en la sociedad civil, como del actual gobierno de Iván Duque, que no ha querido entender que la prioridad era y es fortalecer los acuerdos y no dejarlos librados a su suerte para que en su agonía muten en algo que puede llegar a ser tan temible como en el pasado.

—¿A qué atribuye esta posición?

—A que Duque tiene una actitud mezquina respecto al legado recibido. Santos hizo un gran esfuerzo por lograr las mesas de diálogo en La Habana que implicaron el diseño de una singular arquitectura política. Colombia es una sociedad compleja que, salvo los afectados directos por la guerra, ha vivido dándole la espalda al conflicto, una sociedad que no ha sabido reconocer el esfuerzo que supuso sentar a los combatientes y a las víctimas a pensar los modos de superar una guerra despiadada. Hablamos de 80.000 desaparecidos, más de 350.000 asesinados, 4 millones de desplazados. Las cifras son monstruosas cuando se las enuncia. Así y todo, medio país le dio la espalda a los acuerdos cuando fue el plebiscito, con todas las consecuencias que esa decisión ha tenido y tiene en este presente. La falta de compromiso de buena parte de la sociedad no es ajena a lo que hoy sucede.

—En las últimas elecciones las Farc se presentaron como partido político.

—Sí, pero los resultados fueron desastrosos para ellos. Y eso puso en evidencia su desprestigio social y político. En Colombia todos saben el daño que cometieron: los asesinatos, los secuestros y la soberbia con la que decían representar al pueblo con estrategias guerreras indefendibles. Lo lamentable es que esa misma sociedad que con razón los repudia no puede ver que ese derrumbe que significó la guerra tuvo también otros actores, incluso más sanguinarios, entre ellos los paramilitares, estimulados en los últimos años por Alvaro Uribe (ex presidente, senador y jefe del partido del presidente Duque), por las multinacionales, por parte importante del empresariado, guerreros que no se privaron de desplegar ninguna saña en la comisión de los crímenes brutales que perpetraron.

—En ese contexto ¿qué lugar le corresponde al ELN, el otro grupo armado?

—El ELN no entró en las negociaciones y continúa actuando en las regiones con menor intensidad que en el pasado. Su fuerza se reduce a 1500 combatientes, no más. Hubo posibilidad de sumarlos, pero esa fue una posibilidad durante la administración Santos que tenía canales abiertos de negociación. Ahora, con un gobierno conservador con fuertes intereses vinculados a los dueños de la tierra, esa posibilidad se vuelve cada vez más lejana. No hay que olvidar que la guerra es un gran negocio que algunos no están dispuestos a resignar. En la guerra también se lucra y se trafica. Es una gran maquinaria que así como mata a miles, enriquece a otros tantos. Y eso está a la vista. Y las guerrillas no han estado afuera de ese negocio perverso.

—La guerra ha dejado marcas en la sociedad.

—Sí, es una sociedad en la que la guerra hizo metástasis. Los combatientes quedaron dañados y la sociedad carga con miles de muertos, con miles de desaparecidos, con un alto nivel de desconfianza y lo que es peor, acostumbrada a convivir con la evidencia del dolor y la injusticia de los crímenes cometidos al punto en muchos casos de haberlos naturalizado.

—Para esos crímenes se creó la Jurisdicción Especial para la Paz, cuestionada porque parece dar impunidad a los criminales.

—Es un espacio sumamente original creado con mucha imaginación para tratar de sancionar a los responsables de crímenes atroces. Muchos criticaron esa instancia porque la asociaron a la impunidad, y es un error. Los acuerdos trataron de construir una estructura jurídica posible, no la mejor, sino la posible. Enjuiciar a todos los responsables, directos o indirectos de los crímenes es un imposible. La guerra se prolongó durante 60 años, no hay tribunal que pueda juzgar a los miles de responsables de cada uno de los asesinatos, secuestros o masacres.

—Pero ¿qué dicen las víctimas?

—Las víctimas, en su gran mayoría, acompañaron el proceso de paz. Han buscado, más que castigo, verdad y reconocimiento por el daño infligido a sus comunidades. En esa perspectiva hay que leer la aceptación de perdón enunciado por las Farc en Granada y Bojayá o la asunción de responsabilidades por parte de otros actores armados. Las víctimas han hecho un gran esfuerzo, han sido pacientes, han hecho importantes concesiones en pos de ser reconocidas en su dolor. Y esto es algo que hay que valorar.

—¿Qué le espera a Colombia?

—Es un albur, nadie lo sabe. El contexto regional no acompaña. Los discursos belicistas perduran. La reaparición de grupos armados conformados por ex guerrilleros empoderados por el atractivo lucro del tráfico de drogas ilícitas o minerales preciosos, como es el caso de los disidentes de FARC que secuestraron y asesinaron a cinco periodistas ecuatorianos, o la continuidad de los asesinatos de líderes sociales en las regiones más alejadas de la capital son hechos que no auguran un buen panorama en lo inmediato.

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