El Mundo

Italia termina una campaña opaca y va a las urnas sin esperanzas

Las tradicionales carteleras callejeras, vacías y oxidadas, son un reflejo del desánimo colectivo, pese a la importancia del voto

Sábado 03 de Marzo de 2018

Vacíos. Viejos. Oxidados. Un vistazo a los tradicionales tablones callejeros de las pancartas electorales revela mucho del carácter de la campaña electoral en Italia: los afiches están raídos, rotos y son aburridos. Eso, si es que los partidos han colgado alguno. Todo un símbolo de cómo ha transcurrido la triste campaña por el poder en Roma. De norte a sur del país, predomina una ambiente de desánimo.

"Si la campaña electoral parece horrible, deberían saber que sólo es un aperitivo. El resto vendrá después de los comicios", escribía el diario La Stampa.

Unos 51 millones de italianos están llamados mañana a votar un nuevo Parlamento en Italia, un país que busca a su propio Emmanuel Macron, alguien que devuelva a la gente la confianza en la política. Pero en lugar de un renovador, son rostros de la vieja política como Silvio Berlusconi los que se presentan como salvadores de la nación y prometen poner fin a la paralización de la tercera economía de la eurozona.

Y es que sólo su coalición de centroderecha tiene opciones realistas de hacerse con una mayoría de gobierno para suceder a los socialdemócratas ahora en el poder. Los escándalos sexuales o problemas con la Justicia de Berlusconi, de 81 años, ya parecen olvidados.

El "cuento" hecho eslogan

El cuento que el varias veces jefe de gobierno de Italia les cuenta a los electores empieza ya desde el eslogan: "Forza Italia. Berlusconi presidente". Porque para empezar, el magnate mediático no puede ser candidato a primer ministro, en base a una inhabilitación vinculada a una condena por evasión fiscal. El ex "Cavaliere" _también perdió ese título honorífico con la condena penal_ ha propuesto que sea el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, quien ocupe ese puesto si gana los comicios.

Esa opción podría tranquilizar a la Unión Europea (UE), y también el hecho de que Forza Itlaia se considere europeísta. Si no fuera porque entre sus aliados se encuentra Matteo Salvini, el líder de la xenófoba Liga. Para él, Europa es un "Titanic que se hunde" y la culpa la tienen las normas europeas que han "masacrado" a Italia. "El euro no es un dogma, no es la Biblia", dijo una vez.

Por ello es poco probable que Salvini aceptara a proeuropeístas como Tajani o Mario Draghi al frente del gobierno. Y la Liga sólo va en las encuestas un par de puntos por detrás de Forza Italia. Sin embargo, si los cálculos fallaran y se convirtiera en el partido más votado de la alianza de centroderecha, Salvini ha dejado claro que no permitirá que sea otro, sino él, quien se convierta en primer ministro.

Los electores ven con escepticismo esa alianza: seguidores de la Liga consideran la postura de Berlusconi frente a la inmigración demasiado blanda, aunque éste ha prometido expulsar a todos los "clandestinos". Para los votantes de Forza Italia, al contrario, Salvini está demasiado a la derecha. Ha convertido al antiguo partido separatista que pretendía escindir el rico norte del resto del país en un grupo xenófobo que ha recabado apoyos a nivel nacional.

Los últimos cinco años bajo el gobierno del Partido Democrático (PD), socialdemócrata, fueron especialmente dramáticos: cientos de miles de refugiados llegaron a Italia. Imágenes de embarcaciones sobrecargadas en el Mediterráneo llenaron las pantallas. Muchos se sintieron abandonados por Europa.

Incluso cuando los socialdemócratas del PD lograron reducir en 2017 los desembarcos en un tercio, nadie lo valora como un verdadero logro.

Cuando un radical de derecha disparó desde un vehículo en marcha contra varios africanos, hiriéndolos, en la pequeña ciudad de Macerata, en el centro del país, el hecho fue paradójicamente instrumentalizado por la extrema derecha. En lugar de distanciarse del hecho, la Liga culpó al gobierno del PD.

Pocos escucharon entonces las palabras del primer ministro, Paolo Gentiloni, que alertó del peligro de una espiral de violencia, y de su predecesor Matteo Renzi, que dijo que no se podía basar la campaña electoral en el miedo.

Muchos italianos están también frustrados: ciudadanos muy formados abandonan en masa el país, con un desempleo que se sitúa en el 11 por ciento. La economía ha vuelto a la senda de crecimiento, pero muy moderado y en relación con Europa, Roma sigue a la cola. Sin tener en cuenta que pocos países están tan endeudados como Italia, lo que deja poco margen para cumplir promesas de campaña de Berlusconi y la Liga como un impuesto único o una renta mínima.

De ahí que no sorprenda que un partido de protesta como el Movimiento Cinco Estrellas (M5E) lidere las encuestas como partido en solitario con el 28 por ciento de intención de voto, pero lejos de la mayoría necesaria para gobernar.

Su principal candidato, Luigi Di Maio, es para muchos un pez resbaladizo que nadie puede agarrar y considerado por muchos una marioneta del fundador y ex líder Beppe Grillo. Di Maio tiene 31 años y no ha terminado sus estudios universitarios y además es objeto de burla por sus errores de escritura y meteduras de pata. En política europea se ha moderado, abandonando la propuesta inicial de convocar un referéndum para consultar a los italianos sobre permanecer en la eurozona.

Y queda Matteo Renzi: el que fuera alumno aventajado de los socialdemócratas debe prepararse para registrar el peor resultado de la historia de su partido. En campaña presentó un programa de 100 pequeños pasos. El único al que las encuestas valoran positivamente es al actual jefe de gobierno Gentiloni, que heredó el cargo de Renzi en diciembre de 2016. Y no es tan improbable que pueda seguir gobernando. Porque las últimas encuestas publicadas antes de los sondeos no ven ni un partido ni una coalición con mayoría clara para gobernar, lo que ha hecho ya despertar el fantasma de la repetición de los comicios. Una perspectiva angustiante.

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