El Mundo

Finaliza la era de los partidos tradicionales y comienza otra época

Cuando mañana Bolsonaro suba la rampa del palacio presidencial y la baje Temer, arrancará un nuevo ciclo en la historia de Brasil.

Lunes 31 de Diciembre de 2018

El de mañana en Brasilia será un verdadero cambio de época. No será sólo un cambio de turno de presidentes lo que ocurrirá, señala la analista Vera Magalhaes en el diario O Estado de Sao Paulo. Brasil iniciará un nuevo ciclo en su historia. Se cierra el período iniciado en la elección de 1994, en el que partidos de centroizquierda y otros con una designación socialdemócrata (PSDB) se alternaron en el poder. El PSDB de Fernando Henrique Cardoso y el MDB (ex PMDB) siempre como socio del partido del presidente y péndulo entre los dos polos, más el PT del encarcelado Lula da Silva: todos ellos descienden mañana por la rampa del palacio presidencial del Planalto de Brasilia junto con Michel Temer.

El que sube esa rampa es un presidente electo por ser antisistema, antipolítico, antipartidos, pero que, a partir de mañana, tendrá que encontrar la forma de gobernar de acuerdo con las reglas del sistema, según las "balizas" que le pondrá la política y dentro de alguna concertación o coalición con otros partidos. La forma como se dará la transmutación del Jair Bolsonaro "El mito", como lo llaman sus seguidores, a un presidente más o menos dispuesto a la composición y a la conciliación para gobernar será una de las claves para entender el período que se inicia mañana.

Los desafíos que se presentan para este nuevo ciclo histórico son gigantescos. El Brasil de 2019 tiene una economía que se recupera lenta y débilmente desde hace dos años del desastre que dejó Dilma Rousseff, instituciones que han sido probadas al límite y están desgastadas, y una política que se ha convertido en un bolsa de gatos ante la reacción indignada del electorado a la corrupción revelada por el Lava Jato. Bolsonaro es el producto de esa reacción, lo que hace que la fe que despierta sea del mismo tamaño que la incredulidad en el llamado establishment, que incluye a la prensa, señala Vera Magalhaes.

La tentación de gobernar estirando la cuerda de la indignación existe en el entorno del futuro presidente, y esta puede ser justamente su perdición. En el corazón del bolsonarismo, esa fuerza heterogénea y aún en formación, parece creer en la idea pueril de que el esquema de comunicación directa, anclado en las redes sociales, será suficiente para prolongar la expectativa positiva de esa población escéptica en nodo indefinido. No será así. Desde siempre, y también en ese 2019 de ruptura, es la economía la clave del éxito o del fracaso de cualquier gobernante en un país con tantas desigualdades y tantas urgencias como Brasil.

O Bolsonaro entiende que tendrá que usar su gobierno para administrar los remedios amargos y aprobar, de una vez por todas, la tan hablada reforma de la previsión social, o no habrá forma de mantener su aura mítica. Esto es así porque, sin esa señal, la economía seguirá bloqueada, las inversiones seguirán siendo tímidas, las cuentas públicas continuarán deteriorándose, los Estados y municipios vivirán viajando a Brasilia con la mano extendida. Y así el voto de confianza en sus promesas liberales se desvanecerá rápido.

El alcance de una política calcada sólo en la demonización del PT y en la contraposición pobre y falsa entre izquierda y derecha puede apelar a una masa de fanatizados de Twitter que repiten términos como "marxismo cultural" o "globalismo" sin nunca haber leído una obra marxista o estudiado realmente a la globalización, pero no sirve para el elector medio, el brasileño real, que es diverso, complejo y no se ha convertido a sectas como el petismo y el bolsonarismo.

Se engañarían Bolsonaro y sus asesores si imaginan que las mayorías que lo eligieron beberán de esa agua. Hay en esos electores mucha gente que antes de votar por Bolsonaro se tapó la nariz y optó por quien le parecía "menos peor" ante el riesgo de volver al PT. Este público, así como la gran masa de electores que no votó por Bolsonaro, quiere empleos, no va a aceptar recortes de derechos, no comprará alineamientos ideológicos que choquen con los intereses del país y no apoyará ninguna aventura antidemocrática, señala Magalhaes. Tener noción de lo que lo espera en lo alto de la rampa del Planalto es un buen comienzo para que Bolsonaro se convierta, finalmente, en presidente. Eso será después de mañana.

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