El Mundo

Exasesor de Trump se declara culpable de mentir sobre la trama rusa

Michael Flynn aceptó que ocultó información al FBI sobre sus contactos con el Kremlin antes y durante la campaña electoral de 2016

Sábado 02 de Diciembre de 2017

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está viendo cumplirse su peor pesadilla. El antiguo consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn empezó a colaborar con el fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller. En un paso histórico y de enorme capacidad destructiva para la Casa Blanca, Flynn no solo aceptó ante un tribunal los cargos de falso testimonio por haber mentido al FBI sobre sus conversaciones con el anterior embajador ruso, sino que admitió que el entorno del republicano le ordenó "entablar contacto directo" con Rusia. Con este testimonio, la mecha empezó a arder.

Mueller es una leyenda dentro del FBI. Dirigió a los agentes federales durante 13 años y se forjó, tanto con los presidentes George Bush hijo como con Barack Obama, una reputación de investigador duro e insobornable. Ya jubilado, cuando su estrella parecía destinada al olvido, asumió el caso de su vida. Su designación por el Departamento de Justicia fue presentada como un revulsivo a la abrupta destitución el pasado 9 de mayo del director del FBI, James Comey. Un despido que Trump adoptó precisamente tras negarse Comey a cerrar las pesquisas sobre la trama rusa.

Desde el inicio, el fiscal especial situó en la diana al mismo presidente Trump. Todo su esfuerzo va dirigido a determinar si el magnate cometió un delito de obstrucción a la Justicia. Para ello, Mueller puso el cerco al equipo electoral del republicano en busca de indicios de coordinación con el Kremlin en la campaña contra la candidata demócrata Hillary Clinton, pero también analizó intensamente los manejos financieros del mandatario y sus consejeros. Hasta ayer, las pesquisas le permitieron imputar a un asesor electoral que dio falso testimonio sobre sus conexiones con Rusia, así como al antiguo jefe de campaña Paul Manafort y a su socio Rick Gates, por fraude y delitos fiscales. Eran piezas mayores, pero pequeñas en comparación con Flynn. El ex consejero de Seguridad Nacional abrió las puertas mismas de la Casa Blanca. Mucho más que un asesor de campaña, Flynn fue uno de los máximos cargos de seguridad de Estados Unidos y un íntimo de Trump. Con su testimonio, Mueller tiene por primera vez en sus manos a un ex alto cargo del gobierno federal.

Para lograr su colaboración, el fiscal especial basó la imputación en el falso testimonio que dio el teniente general al FBI y que puede acarrearle hasta cinco años de cárcel, pero dejó fuera sus turbios negocios como agente de gobiernos extranjeros, susceptibles de penas mayores. Flynn, en su descargo, dijo que prestaba testimonio en interés de la nación y para negar las acusaciones de traición que pesan sobre él por su cercanía a Moscú. La Casa Blanca se limitó a señalar que nada de lo dicho por Flynn la afecta más que a él.

La acusación

Los cargos se basan en dos conversaciones mantenidas el año pasado por Flynn con el embajador ruso, Sergey Kislyak. Una se remonta al 22 de diciembre y tenía como objetivo conseguir de Moscú un retraso en una votación contra Israel en la ONU. Es en este caso, donde Flynn reconoce que recibió el encargo directamente del entorno de Trump. La otra llamada se registró el 29 de diciembre pasado, el mismo día en que el entonces presidente Barack Obama anunció la expulsión de 35 diplomáticos rusos por la injerencia del Kremlin durante la campaña electoral. Su objetivo era atemperar la respuesta del mandatario ruso, Vladimir Putin, a estas sanciones. Flynn, aun sin cargo oficial, dio a entender al embajador que si Moscú se moderaba, les sería más fácil reequilibrar las relaciones cuando Trump fuese investido el 20 de enero. Tras esta conversación, el Kremlin decidió no tomar ninguna represalia contra Washington. Cuatro días después de la toma de posesión de Trump, Flynn, ya nombrado consejero de Seguridad Nacional, fue interrogado por el FBI y negó formalmente haber discutido con el embajador ruso las sanciones al Kremlin. Esta versión se derrumbó cuando llegaron a manos de los agentes federales las grabaciones obtenidas por los servicios de contraespionaje estadounidenses. Las escuchas, en poder de la fiscalía abrieron una profunda crisis.

Flynn no sólo había negado las conversaciones con Kislyak al FBI, sino también al vice de Obama, Mike Pence, y a la opinión pública. Esta mentira lo hacía susceptible, según el Departamento de Justicia, de chantaje por parte del Kremlin. Yates pidió por ello su cese inmediato. El peligro, a su juicio, era extremo: uno de los máximos responsables de la seguridad de Estados Unidos faltaba a la verdad y bailaba en la cuerda floja del Kremlin. Trump no respondió. Dejó pasar el tiempo y solo después de que The Washington Post revelase dos semanas más tarde las conversaciones con Kislyak, se deshizo de Flynn. El militar apenas duró 24 días en el cargo. Acababa así la carrera de uno de los militares que más brilló en la última década. Bajo el mandato de Obama, Flynn fue una de las estrellas ascendentes del ejército. Brillante y disruptivo en el campo de batalla, estuvo al cargo de los operativos de inteligencia de unidades de élite como los SEAL y Delta Force, y en 2012 pasó a dirigir la Agencia de Inteligencia Militar. En ese puesto, su carrera se torció por primera vez. Su incapacidad para el diálogo, sus continuas agresiones verbales a subordinados y jefes, y su acendrada islamofobia quebraron su liderazgo. En 2014 fue destituido por insubordinación. Tras dejar el empleo militar, el teniente general abrió una consultoría, Flynn Intel Group. Un negocio de influencia que no tardó en caer en la órbita de Rusia y de Turquía. Como asesor recibió pagos de la compañía de ciberseguridad Kaspersky y de la aerolínea Volga-Dnepr. También trabajó para el grupo mediático estatal ruso RT, al que la CIA considera uno de los eslabones de la campaña de intoxicación contra Clinton. Mimado por Rusia, en 2015 llegó a asistir a una cena en la que se sentó en la misma mesa que Putin. Desde ese universo, fue de los primeros militares de alto rango que saltó en apoyo de la candidatura de Trump. Apoyó sus ataques a la comunidad islámica y llegó a postular que "el miedo a los musulmanes es racional". Radicalizado, pidió cárcel para Hillary Clinton por el caso de los correos privados y no tuvo empacho en seguir al republicano en sus coqueteos con Moscú. Todo eso lo situó en la esfera más cercana a Trump. Y también, pasados los meses, en el centro de la investigación por la trama rusa.

En caída. El ex asesor de Seguridad Nacional tendría información que afectaría al círculo íntimo del presidente.

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