El Mundo

El tabú del progresismo que ya nadie compra

El bolsonarismo, ¿qué representa?; el trumpismo ¿qué es, qué representa? Si las respuestas se quedan en el habitual repertorio de adjetivos despectivos y condenatorios, como practican muchos medios, no vale la pena plantearse estas preguntas.

Martes 20 de Noviembre de 2018

El bolsonarismo, ¿qué representa?; el trumpismo ¿qué es, qué representa? Si las respuestas se quedan en el habitual repertorio de adjetivos despectivos y condenatorios, como practican muchos medios, no vale la pena plantearse estas preguntas. Trump y Bolsonaro han roto el molde de la política tradicional, más allá de sus características repelentes. Y de hecho han logrado esa ruptura justamente por tener estas cualidades negativas. Pero no se entiende con una carga de adjetivos el fenómeno del voto de ruptura y protesta, así se descalifica no solo a estos presidentes, sin dudas populares, sino también a sus votantes. Para algunos, el adjetivo "popular" sólo se aplica a un tipo de presidentes y de gobiernos.


El truco o tabú del progresismo _que ya no funciona, habría que avisarles_ consiste en correr los límites de lo válido moral y políticamente "de prepo". Ellos establecen estos límites y estas escalas de valores, y nadie más. Los que cruzan la línea son amorales, fascistas, energúmenos, retrógrados, y, sobre todo son agentes del "neoliberalismo" como se escuchó en la feria de folklore político organizada ayer en Buenos Aires. A la democracia únicamente la representan ellos, los progresistas. Hay que repetirlo: ese truco inhibidor ya no funciona. La furia mediática contra Trump proviene en gran medida de comprobar que ese tabú no sirve más. Las sociedades no toman más en cuenta este nuevo despotismo ilustrado, que se toleró mientras las cosas (o sea, las economías nacionales) iban más o menos bien. En los 90 la "corrección política" nacida en los campus estadounidenses era una broma pintoresca; hoy es una línea roja a la que las figuras públicas temen siquiera acercarse. Todos recitan el credo destilado por los sumos sacerdotes de la corrección politica, sea en materia de género, de inmigración, de seguridad pública, de ecología y de lo que sea. Pero de pronto las sociedades se hartaron de este continuo acto extorsivo y de algunas de sus consecuencias realmente destructivas, como el llamado "garantismo" judicial ante la cada vez más violenta delincuencia, evidentemente estimulada por ese trato penal benigno.

Además, resulta que ese progresismo dueño de la verdad y la moral venía adosado a una corrupción monumental, nunca vista (Lava Jato, kirchnerismo). Y encima la economía dejó de "rendir" como antes, tanto por razones internacionales como domésticas. No por nada ante iguales condiciones externas para todos, Argentina y Brasil son las economías sudamericanas de peor performance desde 2011 a la actualidad.

Con programas parecidos en lo económico, Trump y Bolsonaro, son un condensado de lo que el sobrerrepresentado progresismo no permite ni admite en un hombre público. Esto no niega que, en el caso de Bolsonaro, no haya un peligro potencial para la democracia. Su mezcla de integrismo cristiano y militarismo no es nada deseable en un presidente. Pero ese peligro potencial está contenido por las fuertes instituciones brasileñas, el Poder Judicial y su brazo operativo, la Policía Federal, y el Poder Legislativo, y por la tradicional fragmentación de la política brasileña. Además Bolsonaro está lejos de ser un ideólogo coherente de la ultraderecha. En sus casi 30 años como diputado no elaboró un cuerpo de doctrina serio y programático. Su salto de popularidad responde a las frustraciones no resueltas y acentuadas por la larga crisis económica causada por la caída de los precios internacionales y los enormes abusos del PT. El nombramiento de Sergio Moro como superministro de Justicia es un muy buen paso, mal que le pese al bienpensante indignado. Indica el camino que seguirá Bolsonaro en este terreno: trasladar el sistema de trabajo del Lava Jato al Estado nacional desde la cabeza del Ejecutivo. Nada mal como primera promesa de campaña que va camino de ser cumplida. Luego se conocieron anticipos de la reforma del sistema proteccionista brasileño y la consecuente reforma unilateral del Mercosur. Es hora de revisar el Mercosur de raíz, luego de 25 años de vida. La unión aduanera ha derivado en una estéril fortaleza proteccionista.

Ayer, Bolsonaro sumó la privatización parcial de Petrobras, esa gallina de los huevos de oro de la corrupción de los gobiernos del PT. Es todo esto y no su autoritarismo, real o presunto, el que la izquierda cómplice de Maduro y Daniel Ortega condena con furia y tonos de cruzada. La parodia, enunciada con gesto de tragedia griega, no cuaja, no la "compra" nadie. Ya no. La democracia sigue viva y adelante, pero con otros protagonistas. Las sociedades jubilaron a los que gobernaron los últimos 15 años. Nada más.

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