El Mundo

El nacionalismo europeo, una reacción defensiva y sin futuro ante la globalización

Domingo 02 de Junio de 2019

El avance de la extrema derecha en las elecciones europeas de la semana pasada era descontado y dentro de todo fue contenido por el voto ecologista y liberal. Pero el partido de Marine Le Pen salió primero en Francia, el de Nigel Farage, en Reino Unido y la Liga de Salvini, en Italia; solo con estos tres datos alcanza para afirmar que se sigue profundizando la reacción nacionalista y negadora de la globalización y de sus efectos negativos en los países centrales. El voto derechista y xenófobo es una reacción visceral a años de bajo crecimiento por pérdida de competitividad, alto desempleo crónico, flujos migratorios no deseados, retroceso relativo y pérdida de peso en la escena internacional, entre otros factores. Todo esto es sabido, pero la persistencia y profundización del cuadro obliga a repetirlo.

Del otro lado del Atlántico, Trump agudizó su cruzada antiinmigrantes con aranceles a México, un disparate de planteo: tomar una medida de comercio exterior por un asunto de migraciones. Nunca visto. A la vez, Trump mantiene su guerra comercial con China, que ha provocado efectos recesivos en medio planeta, le hace bullyng a Alemania y a su mayor socio asiático, Japón. Todo en nombre de los puestos de trabajo perdidos en EEUU por ser una de las pocas economías grandes realmente abiertas, una aberración para su primitiva visión de las relaciones económicas internacionales.

La globalización cuestiona un modelo que todos dan por descontado en la vida diaria. Se supone que el sistema de naciones vigente, surgido hace siglos en distintas etapas, el llamado "mundo westafliano" (por la Paz de Westfalia de 1648, lejano asunto histórico puesto de moda por Henry Kissinger en un libro reciente) debe simplemente convivir con la globalización. Superponerse como un mapa a otro.

Pero, como evidencia la rebelión de las derechas antisistema en Europa y Donald Trump en Estados Unidos, es claro que la nación soberana moderna no es asimilable sin más a un proceso por definición transnacional como la globalización. Hay un choque frontal entre la identidad nacional consolidada en estos siglos y la globalización, que desdibuja fronteras e identidades nacionales. Europa expresa como nadie la mala asimilación de los estados nacionales a la globalización. El brote de nacionalismo identitario de los "chalecos amarillos" y sus amigos lepenistas y trotskistas es emblemático. Los "chalecos" son los perdedores de este cambio de statu quo, son agricultores amenazados por el recorte eventual de la protección que les da la UE y la suba del gasoil; en Italia, la Liga de Salvini se impone ya sin resistencias porque, en medio de años de estancamiento y desindustrialización, los italianos ven llegar oleadas de inmigrantes sin anclaje en la cultura local y al parecer con una carga de peligro (casi siempre imaginario, pero a veces real: los musulmanes fanáticos no son compatibles con la democracia. Y muchos inmigrantes de países islámicos no lo son con la igualdad de la mujer: los episodios de abuso sexual masivo de la noche de fin de año de 2015 en Alemania, delatan patrones arcaicos muy extendidos en esa inmigración).

Pero es el modelo de nación moderna es el que está en cuestión. La sacralización del territorio nacional, ante todo, tan necesario para consolidar el modelo de nación-Estado durante los siglos XVIII, XIX y XX, ahora está dejando de tener ese valor intocable. El mapa del manual escolar, así como los ritos sacralizantes de la nación (bandera, himno, juramentos de entregar la vida, etc) son relativizados por este proceso que se corporiza en grandes multinacionales, y no en estados nacionales.

Mientras en Occidente se produce esta reacción, del otro lado del mundo llega el silencio confiado de China y de Asia en general, que saben que con el esquema de la globalización tienen todo para ganar. En el caso de China y también de India, el nacionalismo no es una reacción defensiva, al contrario, es una afirmación de confianza, resultado del enorme paso adelante que han dado gracias a la globalización capitalista. Claro que si el proceso globalizador continua al tremendo ritmo actual, también estas naciones verán desdibujarse sus identidades, por más milenarias que sean. En menos de un siglo, un ciudadano de Shanghai o Delhi será casi indistinguible de un americano de Seattle o Filadelfia. Las diferencias serán meramente somáticas, faciales, y tal vez ni eso.

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