El Mundo

El abanderado de la normalidad perdida

La falaz denuncia de fraude electoral de Trump es la enésima demostración de su modo violento y crispado de hacer política. El demócrata es su contracara y evoca a los EEUU anteriores a esta era polarizada y agobiante

Jueves 05 de Noviembre de 2020

Con sentido previsor, los grandes canales de TV de Estados Unidos contrataron a expertos legales para explicar a sus audiencias cómo sería una batalla judicial postelectoral, para el caso de que Donald Trump no reconociera el resultado de las urnas del martes, tal como hizo y como había sugerido infinidad de veces en su campaña.

El presidente de Estados Unidos no descartaba denunciar fraude si perdía las elecciones y fue eso lo que hizo, aún cuando el miércoles el escrutinio todavía le daba chances de ganar. Impresiona escuchar en voz bien alta y acentuada la palabra "fraude" como hizo Trump horas después de cerradas las urnas. El daño que le hace a su país, a la imagen de la democracia más antigua del mundo, es irreparable. La burla en Twitter del dictador supremo de Irán, el ayatolá Khamenei, que ejerce un cargo vitalicio no surgido del voto popular sino del sufragio de un puñado de clérigos islámicos, lo dice todo al respecto. Rusia, China, Irán y tantos enemigos que tienen los Estados Unidos se regocijan con el espectáculo y ponen sus usinas propagandísticas a trabajar. Como usufructúan de la libertad que solo existe en las democracias, pueden realizar su actividad en todo Occidente, mientras la recíproca no se aplica jamás.

"En un extraordinario alejamiento de la tradición política estadounidense, Trump lleva meses argumentando que las elecciones están amañadas en su contra, ha hecho falsas afirmaciones de que el voto por correo es corrupto y se ha negado a garantizar una transferencia pacífica del poder", advertía apenas horas antes de las elecciones la CNN. No hay ninguna prueba seria de fraude y el retraso en contar votos fue largamente anticipado por las autoridades. No había forma de procesar y contar todos los votos por correo el día de las elecciones, y al mismo tiempo contar todos los sufragios emitidos ese día, explicó la agencia AP. Más aún en un año afectado por la pandemia que lo que empujó a 100 millones de ciudadanos a votar por Correo. Había además tres estados "campos de batalla" con restricciones sobre cuándo se puede conta el voto por correo: Michigan, Pensilvania y Wisconsin, y en los tres las legislaturas locales dominadas por los republicanos se negaron a actualizar las leyes para permitir un conteo más rápido. Trump y sus lugartenientes salieron a vociferar contra el conteo de votos posterior al martes, que ellos mismos habían propiciado.

Más allá de que en las próximas horas Biden logre los votos electorales que le faltan, la batalla legal hasta la Corte Suprema está planteada por el propio Trump. El analista Fareed Zakaria recordó que si el caso llega a la Corte Suprema, allí estará sentada la jueza conservadora Amy Coney Barrett, designada en trámite exprés por Trump y el Partido Republicano a pocos días de las elecciones. Zakaria recuerda el discutible fallo supremo sobre la disputa electoral que planteó George W. Bush por el voto de Florida en noviembre del 2000, que finalmente le abrió las puertas de la Casa Blanca. Ahora la mayoría conservadora de la Corte se movería con el mismo pragmatismo si llegara a sus manos el caso Trump vs. Biden. En esta nueva Corte, en la que Trump colocó con Barrett un récord de tres jueces, la mayoría conservadora es de seis a tres. Un desbalance que tendrá efectos en una Presidencia de Biden, mucho más allá del litigio electoral.

Volviendo al daño de imagen que causa un presidente que en campaña y luego de unas elecciones que al parecer perdió diga a cada momento y casi a los gritos que hubo fraude, la conducta de Trump da cuenta del peligro que implicarían para los EEUU como sistema político-institucional otros cuatro años del hombre el jopo inverosímil en la Casa Blanca. Como todo líder populista, es un decisionista autoritario, desprecia la división de poderes como una molestia que le impide hacer realidad su plan y su visión de los EEUU.

Daño internacional en un momento clave

Por eso, la del martes fue "una elección sobre quiénes somos, sobre qué país somos", dice Zakaria, que remarca el daño a la imagen internacional de la democracia estadounidense. Tan necesaria en la lucha geopolítica que ya está planteada. La era de la hegemonía de los Estados Unidos luego del derrumbe del comunismo soviético y de la conversión del comunismo chino al capitalismo, fue también la de la hegemonía de la democracia como modelo político. Pero ahora claramente está en retroceso. Surgen en todas las latitudes gobiernos autoritarios propuestos en la escena internacional como modelos a seguir. Avalados con votos de dudosa validez, como las recientes elecciones en Bielorrusia, que claramente son dictaduras con ropajes democráticos. Putin, Erdogan, Lukashenko, Maduro, y un listado que seguramente crecerá en los próximos años. Por esto es vital que la democracia estadounidense no deje dudas sobre sus cualidades, a la par que EEUU, aliado con Europa, Japón, Corea del Sur, India y otras democracias, dan la pelea al avance autoritario en Asia-Pacífico, América latina, Europa oriental y Medio Oriente.

Acción y reacción

El inédito escenario político-judicial planteado por Trump y su equipo de campaña retrata el estado de anormalidad y agitación en que vive la sociedad estadounidense desde que este se instaló el 20 de enero de 2017 en la Casa Blanca. Nada casualmente, los movimientos de izquierda radical crecieron exponencialmente en estos cuatro años, como reacción juvenil al populismo de derecha cerril del trumpismo.

En este escenario polarizado por el populismo de derecha, al que responden agrupaciones minoritarias pero activas en la calle, como se vio durante casi todo este año, el centrista y moderado Joe Biden, poco amigo de esos nuevos movimientos radicalizados, tiene una estrategia tan clara como simple: volver a la normalidad perdida.

Si se permite la cita local, recuerda aquel eslogan de campaña de Hermes Binner en 2013, "Por un país normal", que levantó ampollas en algún sector de su partido y su frente electoral. El valor que representa Biden es ese mismo, el retorno a un país normal, y no debe haber nada más tradicionalista y hasta conservador que eso, pero a la vez es "progresista", porque la anormalidad trumpiana que enfrenta es obviamente reaccionaria, racista y autoritaria.

Los más de 62 millones de votantes de Biden votaron por ese valor que tan poco exalta a los derechistas radicales como también a los radicales de izquierda, la recuperación de la normalidad perdida, volver a un país normal. A esos Estados Unidos de siempre, que los Clinton y Biden, así como Barack Obama, pero también tantos republicanos enviados al exilio interno por Trump, tan bien representan. Mientras un sector interno minoritario de izquierda del Partido Demócrata ha resurgido con el veterano Bernie Sanders como principal referente como respuesta al populismo de derecha de Trump, lo que Biden y sus colegas de la mayoría demócrata que ganó las primarias quieren es simplemente esto, volver al país que conoció el canditado demócrata en sus 36 años como senador por Delaware. Si esto es posible, o si Trump y la respuesta juvenil de izquierda movilizada han abierto otra etapa histórica, es algo que se verá durante una muy posible presidencia de Biden.

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