El Mundo

Dilma Rousseff desiste y Lula va por todo o nada para salvarla y salvarse

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) será el jefe de Gabinete de Brasil, una polémica jugada que le garantiza inmunidad ante las denuncias de corrupción. 

Jueves 17 de Marzo de 2016

En lo que se dio en llamar la "última carta" del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil para no tener que dejar el gobierno en forma anticipada, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva fue anunciado ayer como jefe de gabinete de Dilma Rousseff. Se trata de una maniobra en la que Rousseff figura como una mandataria que "tira la toalla" al verse agobiada por una profunda crisis política y una no menos crítica situación económica, y Lula aparece como un salvador que llega al rescate de un gobierno del que es mentor y padrino, y, como quien no quiere la cosa, salvar también su propia piel. Es un golpe de timón arriesgado que puede ser observado desde dos ángulos, y que puede dar como resultado sendos fracaso y éxito en ambos aspectos.

Por un lado, y como afirma el oficialismo, Lula viene al Ejecutivo para salvar el mandato de Rousseff. Por otro, según detractores, es una maniobra para que el ex presidente, denunciado penalmente y con una petición de arresto preventivo en curso, por sus presuntos nexos con la trama de corrupción en Petrobras, obtenga el privilegio de los fueros gracias a su investidura como ministro, y solo pueda ser juzgado por el Supremo Tribunal Federal, la máxima instancia judicial del país.

Para salvar al gobierno de su antecesora, Lula tendrá varias misiones titánicas. Una, reconquistar a la coalición oficialista, debilitada y bajo amenaza de abandono del principal socio, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), al cual pertenece el vicepresidente, Michel Temer. Esto es vital para que no avance en el Congreso el proceso para destituir a Rousseff. Otra, recuperar el apoyo de grupos de izquierda, alejados de la presidenta por considerar que su política económica, que de todos modos no pudo aplicar por sucesivos boicots de sus aliados en el Congreso, es un retroceso de las conquistas logradas en los últimos años.

Una tercera, inyectar una dosis de optimismo respecto a la economía del país, inmersa en la mayor recesión en 25 años y con tasas de inflación y desempleo que aumentan en proporción directa a la indignación popular, que el domingo expresó la dimensión de su enojo: arrastró a las calles a entre 3,6 y seis millones de personas, según estimativas de la policía y los organizadores, respectivamente, en las mayores manifestaciones de la historia del país.

Ancla. El capital político de Lula sigue siendo el ancla en Brasilia para el PT, y, por extensión, para el gobierno de Rousseff. No obstante, las denuncias de corrupción que lo vienen cercando, y que lo vinculan con los desmanes en Petrobras, han corroído el halo de intocable que lo sobrevolaba. Tanto que en episodios imposibles de imaginar hace un par de años atrás, fue llevado a declarar, denunciado penalmente y objeto de un pedido de arresto.

Esta peligrosa aproximación de la Justicia y la policía a la puerta de su casa, y la investidura de ministro que conlleva la protección de los fueros, despertaron obvias suspicacias entre sus críticos. El oficialismo repite como un mantra que Lula fue llamado para salvar al gobierno de Rousseff, y, no sin razón, recuerdan que las investigaciones proseguirán más allá del cargo los fueros. De hecho, Lula seguirá siendo investigado, sólo que únicamente por la Fiscalía General, y procesado y condenado, eventualmente, solo por la Corte Suprema.

El tema es que los fueros lo libran de la mano hasta ahora implacable del juez federal Sérgio Moro, quien encabeza los procesos vinculados al caso Petrobras, quien envió a la cárcel, por primera vez en la historia del país, a la élite empresarial que defraudó en complicidad con políticos y altos funcionarios al ente estatal, y fue, además, quien autorizó que Lula fuera llevado en forma coercitiva a ser interrogado por la policía. Por todo esto, la oposición, al unísono, acusa a Lula y a Rousseff de pergeñar una maniobra para blindar al ex mandatario de Moro, mucho más que para salvar un gobierno que consideran insalvable. Para Rousseff, restó el mote de "reina de Inglaterra", poseedora de un título decorativo pero sin poder. La imagen de que la primera mujer en presidir el país capituló después de que el pueblo le propinara un sonoro revés en las multitudinarias marchas del domingo y el partido de su vice la amenazara con abandonarla a su suerte. "Autogolpe", "Presidenta emérita", "Ex presidenta en ejercicio", "Rousseff tira la toalla", "Fin del gobierno de Rousseff", fueron algunas de las expresiones usadas por analistas para retratar el giro radical dado en Brasilia.

Exito o fracaso. Si Lula logra reactivar la economía, seducir nuevamente a aliados con propensión a la infidelidad y movimientos de izquierda insatisfechos; frenar el proceso de "impeachment" que amenaza a Rousseff, y además demostrar la inocencia que asegura tener, no solo volverá a ser un héroe nacional, sino que además pavimentará el camino hacia un nuevo mandato a partir de 2018. De lo contrario, si Dilma acaba destituida, sea por la vía del proceso que tramita en el Congreso, o por el que está en curso en la Suprema Corte Electoral, que sospecha que su campaña política recibió dinero desviado de Petrobras; y si además la Corte Suprema entiende que ambos fueron connviventes y, en el caso de Lula, que se benefició con las prácticas ilícitas en Petrobras, será el rotundo fracaso del proyecto de izquierda del PT, al que Lula llevó al poder en 2003 con la bandera de la honestidad como principal bastión.

 

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