El Mundo

Chile y Brasil, dos vecinos que dan lección de economía

Mientras Argentina se hunde en otra crisis, Chile crece al 6 por ciento con 2,7 por ciento de inflación. Brasil, pese al caos político, muestra estabilidad "macro"

Lunes 03 de Septiembre de 2018

El éxito de la política y de un gobierno lo dicta la economía. Este dogma no escrito de las sociedades contemporáneas está más vigente que nunca. Y para que la economía sea buena, se debe crear o atraer capital. La formación de capital se logra con mucho ahorro interno e inversión y la atracción se consigue con estabilidad y reglas que se cumplen. Los países emergentes tienen un déficit crónico de capital y deben atraer capitales, tanto para la economía real (IED: inversión extranjera directa), como la financiera.

Si esto no se logra, habrá problemas, y graves. Las penosas condiciones de la economía argentina por estos días son un ejemplo doloroso de este déficit para crear y atraer capital en forma sostenida. Argentina es un país que destruye capital en lugar de formarlo. Estas malas condiciones constrastan agudamente con Chile, pero incluso con el desprolijo y caótico Brasil.

Chile crece en estos momentos a un ritmo de 6 por ciento interanual, mientras Argentina se hunde en una recesión con inflación altísima ("estanflacion"). En julio pasado, el estimador EMAE dio una caída de -6,7 por ciento interanual de la actividad, o sea, la inversa especular de Chile, mientras la inflación de ese mes fue de 3,1 por ciento. Chile tiene en cambio una inflación de 2,7 por ciento. Anual, claro, que es como se informa la inflación en las economías normales.

En esta rápida revisión comparativa se debe sumar a Brasil, una economía insoslayable.También sufre el shock externo, y el real sobrepasó la barrera de 4 por dólar. Pero es asimismo un índice de la incertidumbre ante las elecciones de octubre, las más anómalas de la historia reciente. Pese a todo esto, Brasil dista años luz de la situación argentina. En lugar de 12 años de kirchnerismo tuvo 12 años de "lulismo", un mundo de distancia en materia de responsabilidad, fiscal y de todo tipo. La inflación brasileña está a la baja, pero aún en su pico máximo en 2015 superó apenas el 10 por ciento anual. Hoy no pasa del 3 por ciento (de nuevo: anual). Sin embargo, el problema desde hace décadas es que el gasto público ronda el 40 por ciento del PBI. Michel Temer lo bajó en 2017 a 37,9 por ciento, pero este parece ser el piso políticamente factible. Este nivel de gasto, junto con una burocracia desesperante, ata a Brasil. En la serie histórica reciente no ha tenido nunca años de crecimiento a "tasas chinas". Tampoco recesiones profundas con inflación galopante, al menos desde que Fernando Henrique Cardoso aplicó el Plan Real en 1993/4 y terminó con cuatro años de hiperinflación. Su sucesor Lula tuvo en 2003 y años siguientes la prudencia de no desbaratar ese equilibrio, como sí se hizo en Argentina. Las diferencias cualitativas están a la vista. Pero la opción del populismo siempre está a mano: el fascista Jair Bolsonaro es el estandarte de esta deriva. Y esta vez el PT y su único jefe Lula, en prisión, parecen haber elegido también este camino. Los tiempos de Henrique Meirelles al frente del Banco Central han quedado muy lejos.

A la Argentina nadie salvo Venezuela le quita el primado de la peor economía sudamericana. Y nada casualmente gasta 46,6 por ciento del PBI entre los tres niveles del Estado. Casi la mitad de su riqueza. Es el mismo nivel de gasto público de Francia o Italia, y mucho más que Japón, EEUU o Corea del Sur. Argentina gastaba 25,6 por ciento del PBI en 2004, es decir un 21 por ciento menos. Este rango del gasto, en torno al 25 por ciento, se registra en todos los países emergentes exitosos, desde Chile a China. Chile en 2016, bajo Bachelet, tuvo un gasto de 25,25 por ciento del PBI. Su sucesor Sebastián Piñera lucha para bajarlo.

Argentina y Brasil son la excepción a esta regla de los emergentes, y se nota en su mal desempeño económico. Argentina decidió que el boom de los bienes primarios la habilitaba a subir el gasto a niveles europeos. Pero como "el gasto es inelástico a la baja" como dicen los técnicos, el gobierno que llegó en diciembre de 2015 se encontró con un hecho consumado. Macri decidió no "hacer cirugía" y apostó a que el crecimiento licuaría el gasto. El fracaso del "gradualismo" llevó a la situación actual. Mientras esperaba ese crecimiento, el gobierno recurrió a la deuda, externa e interna, para cubrir el bache fiscal sin pura emisión de moneda (en 2018 el déficit fiscal se sitúa en 5 por ciento del PBI: los ingresos suman 41,7 por ciento contra el citado 46,6 por ciento de gasto total). Esta cuenta no registra el déficit "cuasifiscal" del BCRA. Los datos proceden del Observatorio Fiscal Federal.

Cuando llegó el shock externo, Argentina sufrió mucho más que los demás emergentes, precisamente por tener pésimos números "macro", como gasto público, déficit fiscal y una inflación que espanta: 27 por ciento en 2015, 27 por ciento, 40 por ciento en 2016, y 25 por ciento en 2017. Resalta además el déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos. Los problemas de balanza de pagos son la razón de ser estatutaria del FMI. El organismo llegó en abril a sustituir a los fondos de inversión que se habían retirado. Para muchos, el problema argentino "no es de déficit fiscal, sino de cuenta corriente", cuando con toda evidencia el drama abarca a los dos. En 2017 el déficit de cuenta corriente pasó de 2,7 por ciento a 4,8 por ciento del PBI; vino en buena medida por reactivación de la inversión privada. La falta de ahorro interno y de un mercado de capitales local se hace sentir. Además, la IED, esas inversiones extranjeras directas en la economía real, nunca llegaron, no al menos como "lluvia de inversiones". Brasil recibió 80 mil millones de dólares de IED en 2016. Argentina recibió ese año apenas 3.250 millones, aunque triplicó esa cifra en 2017, a 11.517 millones (datos de la Cepal). Como se observa, los problemas económicos son complejos y están muy lejos de solucionarse con demagogia y maniqueísmo tribunero. Por ahí se va directo al abismo venezolano.

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