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Brasil : incertidumbre electoral y un PT cada vez más radicalizado

El último sondeo Datafolha indica varias cosas: una, que Lula tiene un núcleo duro, pero que no supera el 30 por ciento y que el votante "péndulo", como se llama a los indecisos, se está alejando de la opción PT.

Martes 17 de Abril de 2018

El último sondeo Datafolha indica varias cosas: una, que Lula tiene un núcleo duro, pero que no supera el 30 por ciento y que el votante "péndulo", como se llama a los indecisos, se está alejando de la opción PT. Segunda, que el 54 por ciento considera "justa" la prisión del caudillo. La ventaja que tiene Lula es obvia: no tiene a nadie enfrente. Ni el ultraderechista Bolsonaro ni la ecologista Marina Silva parecen estar en condiciones de pelearle la presidencia. El problema es igual de obvio: la Justicia le impedirá ser candidato por sobrados motivos penales. Pero hasta un 39 por ciento de electores dice que no irá a votar sin Lula en la grilla. Este cuadro de situación podría dejar al futuro presidente como "pato rengo" desde el primer día. El PT, a su vez, no tiene muletto: los cuatro que se han medido, Fernando Haddad, Jaques Wagner, Manuela D'Avila (PC) y Guillerme Boulos (PSOL) no llegan al 3 por ciento. Brasil se ha armado solo un dilema de hierro: o reelige a Lula luego de condenarlo por corrupto y con seis procesos penales abiertos, o elige a un presidente débil que será continuamente atacado por el PT y su constelación de aliados.

Entre 2003 y 2016 el conservador y muy votado PDMDB (primera bancada en Diputados) fue el socio principal de la coalición de gobierno del PT. El vice de Lula, José Alencar, era del PMDB —además de empresario—, y también el de Dilma en sus dos presidencias: Michel Temer. Pero, el PMDB, tal vez cansado de su rol subalterno e impulsado por la impopularidad de Dilma, las clases medias urbanas que habían salido a las calles, el empresariado y gran parte de los medios de comunicación, cometió el error estratégico de destituir a la presidenta Rousseff para quedarse con el gobierno... y con la papa caliente de una economía en crisis. Hasta ese momento, Dilma se veía obligada a hacer un ajuste inevitable y pagar el costo político, luego de los excesos expansionistas de su primera presidencia que habían llevado, no al crecimiento sino al estancamiento. Su destitución desató la ruidosa victimización del PT y Lula, la que creció exponencialmente hasta llegar al paroxismo con el proceso judicial que llevó a la detención del caudillo petista.

Puede ser cierto que Lula no se haya enriquecido escandalosamente, como otros ex presidentes —y ex presidentas— de la región. Pero Lula, desde el inicio de su primer gobierno en 2003, tejió una red de corruptelas que llevó a la condena de su círculo de confianza hace ya muchos años, en 2012. El caso se ha olvidado fuera de Brasil, eclipsado por el Lava Jato. Se llamó "Mensalao", mensualidades, y proveía de sobornos regulares a los legisladores de la coalición oficialista para que votaran las leyes que necesitaba el gobierno. José Dirceu, mano derecha de Lula y su primer jefe de gabinete, fue condenado por este caso por el Supremo Tribunal Federal (STF). Cumplía prisión domiciliaria cuando el juez Sergio Moro lo mandó a prisión "de verdad" por el Lava Jato. Además de Dirceu, Antonio Palocci, José Netto, y un largo etcétera de hombres de confianza de Lula han ido a prisión.

La narrativa victimista que se opone a esta evidencia abrumadora busca polarizar a como dé lugar. Con esa maniobra, por ahora fallida, destruye la verdad histórica y las instituciones. Desde la caracterización del gobierno de Temer como "el golpe", como si el juicio político de Rousseff no hubiese cumplido con todas las exigencias constitucionales, al llamado a la "resistencia por la democracia" que tuiteaba horas antes del arresto de Lula la senadora Gleisi Hoffmann, presidenta del PT. Si se hubiese concretado realmente ese llamado a la "resistencia", las instituciones de la democracia brasileña hubiesen desaparecido ipso facto y solo hubiera quedado en pie un caudillismo del siglo XIX. Este coro se extiende a toda la izquierda regional. Lo que pone en evidencia que para ella solo hay un Poder Judicial bueno: el que no condena a sus líderes venales. Si lo hace, es parte del complot de la derecha y las "oligarquías". Pero la Justicia brasileña, y el juez Moro en especial, tienen el récord mundial de encarcelamientos de grandes empresarios, además de dirigentes políticos de todo el arco político. El Supremo Tribunal Federal ha enviado a prisión a dirigentes como Eduardo Cunha (PMDB, presidente de Diputados), o aniquiló su futuro político, como el senador Aecio Neves, única figura competitiva que logró el PSDB en todos estos años. Y no hay demasiadas dudas de que Temer irá a prisión. Ante tantos insultos vien bien destacar el ejercicio de transparencia y pedagogía jurídica que dieron los 11 miembros del Supremo Tribunal Federal con sus debates transmitidos en vivo durante la discusión sobre el hábeas corpus de Lula. El 6 a 5 de esa noche también dice mucho del equilibrio en la composición de ese tribunal constitucional, pese a los 13 años de gobiernos del PT. En suma: la narrativa de la derecha impune que persigue y encarcela a los líderes populares no se sostiene ante la evidencia de los hechos.

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