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Almagro contra los dinosaurios stalinistas

El choque frontal entre Luis Almagro, secretario general de la OEA, y el Frente Amplio uruguayo, al que perteneció toda su vida hasta que fue expulsado el sábado 15 de diciembre, es una síntesis de un conflicto que atraviesa desde hace décadas a la izquierda latinoamericana, la democrática al menos, o que pretende serlo, el llamado progresismo.

Martes 18 de Diciembre de 2018

El choque frontal entre Luis Almagro, secretario general de la OEA, y el Frente Amplio uruguayo, al que perteneció toda su vida hasta que fue expulsado el sábado 15 de diciembre, es una síntesis de un conflicto que atraviesa desde hace décadas a la izquierda latinoamericana, la democrática al menos, o que pretende serlo, el llamado progresismo. En los años 80 y 90, los socialdemócratas europeos se enfrentaban con sus pares argentinos y del resto de América latina cuando llegaban a un item fijo del temario de las reuniones de la Internacional Socialista: Cuba.

Ahí, los progresistas locales chocaban de frente con sus amigos europeos. Cuando la socialdemocracia europea se vino abajo a partir de la crisis de 2008 casi al mismo tiempo en que en América latina las propuestas socialdemócratas eran sustituidas por las del caudillismo militarista, emblemáticamente representadas por Hugo Chávez, ese clásico choque quedó reducido a un asunto menor. Las reuniones de la IS dejaron de tener el relieve que tuvieron en los tiempos de la Tercera Vía.

Ahora, la expulsión de Almagro del FA y la sistemática denuncia del secretario general de la OEA de las violaciones de los derechos humanos y de la supresión de las libertades más elementales por el régimen chavista, han traído de vuelta aquel contraste de valores y de modelos. En la respuesta a sus ex compañeros, con una carta pública de 11 páginas (publicada en su Twitter, @Almagro—OEA2015), Almagro objeta el procedimiento punitivo en su contra, que violó algo tan básico como dar vista al acusado para que se defienda. Pero el asunto de fondo es el de los modelos políticos que se postulan. Almagro fue durante cinco años canciller de José Mujica y es diplomático de carrera. Con este bagaje, se planta en los valores de todo demócrata: la defensa de los derechos políticos y civiles, de los derechos humanos, y de las libertades cuyo ejercicio son parte inescindible de ellos. De las libertades de reunión, de manifestación pacífica, de crítica pública de las autoridades, de constituir partidos políticos, etc.

Todo esto ha sido barrido hace años en Venezuela, pero el régimen, inspirado directamente por los cuadros de la dictadura cubana, han ido más allá con la construcción de un Estado policial ultrarrepresivo. Hacer oposición es imposible en Venezuela, competir en elecciones limpias, también. Ir preso y morir bajo tortura es un riesgo siempre presente. Nadie puede considerar seriamente que en Venezuela existe aún una democracia, ni tampoco en Nicaragua. De Cuba ni se habla, porque hay que ser un dinosaurio para considerar esa posibilidad. Pero los dinosaurios del FA, en especial los del MPP y el Partido Comunista, se amparan en el antiguo argumento de las dictaduras: el principio de no intervención en asuntos internos. Almagro les explicó con santa paciencia que el derecho internacional ha evolucionado mucho desde los tiempos de Pinochet y Brezhnev, y que la Carta Democrática Interamericana de la OEA, la cláusula democrática del Mercosur y el propio programa del FA establecen la intervención cuando una democracia ha sido anulada. Es cierto que Almagro cometió un error al afirmar que no debía descartarse ninguna opción en Venezuela durante una visita a Cúcuta, en la frontera de Colombia con ese país. Pero no lo echan por esto, sino por sus denuncia sistemática y fundamentada de las dictaduras de izquierda, las únicas que existen en la región. Esto lo admiten hasta los burócratas stalinistas que lo han echado de su partido. Porque no hay nada más peligroso que un stalinista que se siente acorralado con argumentos sólidos.

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