El Mundo

Alan García, dramaturgo de su propia muerte

Sin traicionar su estilo volcánico y dramático, planeó al detalle el efecto político y mediático que tendría su muerte.

Domingo 21 de Abril de 2019

Alan García se ha ido sin traicionar su estilo volcánico y dramático. Tomó un Colt 38 que le había regalado la Armada en los violentos años 80 y se pegó un tiro mientras la policía tocaba la puerta. La carta que leyeron sus hijos en el funeral, los comentarios de sus alumnos y de los periodistas que lo entrevistaron últimamente, todo fue pensado sin dudas por el activo cerebro de García. Planeó al detalle el efecto político y mediático que tendría su muerte. El agonizante Apra podría recibir un tonificante beneficio de tanto duelo. Solo falta que alguno de los dotados novelistas que tiene el Perú escriba una biografía de "Caballo loco", como se lo apodó de joven.

El final de Alan García es parte de la anomalía peruana: su política es voraz, simplemente caníbal. Todos sus ex presidentes, desde Fujimori a Pedro Pablo Kuczynski, internado en terapia intensiva, donde el viernes recibió la noticia de que le habían dado tres años de prisión preventiva, han sido pulverizados por un sistema político y sobre todo por una sociedad que no perdona. El que llega al sillón presidencial sabe que en pocos meses las encuestas dirán que es enormemente impopular, pese a que la economía peruana es de las más sanas y dinámicas del continente. Y si bien es encomiable que Perú haya hecho con el caso Odebrecht lo que los demás no hicieron —salta a la vista el contraste con la Argentina— también queda la sospecha de que el escándalo de la constructora brasileña sirvió a ese canibalismo para dotarse de una excelente y noble excusa.

Enumeremos un poco: Fujimori está preso desde 2007, luego de un frustrado intento de residir en Chile al regresar del exilio en Japón; su sucesor y héroe de las jornadas de lucha que expulsaron al fujimorismo, Alejandro Toledo, está prófugo desde hace dos años en Estados Unidos; Ollanta Humala y su esposa purgaron una larga prisión preventiva en una cárcel de Lima y están a la espera de sentencia; Kuczynski fue empujado a renunciar antes de ser destituido y con 80 años le dictaron tres de prisión preventiva; y la jefa del mayor bloque opositor en el Congreso, Keiko Fujimori, por dos veces candidata presidencial en segunda vuelta, también está presa desde hace meses. Casi todos por el caso Odebrecht.

Después de intentar en vano el asilo político en la residencia del embajador de Uruguay en diciembre pasado, Alan García debe haber tenido la certeza absoluta de que su destino era la cárcel. Y fue trabajando en detalle su salida de escena, lo más impactante y vengativa posible, pensando en la posteridad. La carta leída por sus hijos ante su féretro es una pieza central en esta construcción de la tragedia. "He visto a otros desfilar esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene porqué sufrir esas injusticias y circos. Por eso le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones, a mis compañeros una señal de orgullo y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios, porque ya cumplí la misión que me impuse", escribió con evidente afán de bronce.

Hombre de una inteligencia superior y una seguridad en sí mismo casi patológica, García claramente pensó en todos los efectos y las narrativas post mortem que surgirían a causa de su suicidio: desde la detallada crónica de sus últimas horas con sus alumnos la noche del martes, al calculado comentario a su secretario privado, sobre que ese Colt lo había usado en la mítica fuga de 1992, cuando eludió a los esbirros de Fujimori a los tiros y alcanzó el refugio en la embajada de Colombia ("Esta arma me salvó la vida cuando me quisieron detener...Si es el caso, volverá a salvar mi honor"). Todo indica que no solo había tomado la decisión fatal, sino que también acomodó las piezas con la frialdad de un dramaturgo que busca el mayor efecto de su obra maestra.

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