El Mundo

A dos años de la tragedia de Lampedusa, otro ejemplo de falta de memoria social

En 2013, 368 personas que habían huido de Eritrea se ahogaron frente a la isla italiana. La sociedad se conmueve ante estos hechos terribles, pero se olvida rápidamente.

Domingo 01 de Noviembre de 2015

Dos semanas atrás se cumplió el segundo aniversario de la tragedia de Lampedusa, la isla italiana en la que perdieron la vida 368 personas que habían huido de Eritrea e intentaban llegar a Europa a través de Libia. Según la Organización Internacional para las Migraciones, en los 730 días siguientes fallecieron 5600 personas más intentando llegar de un lado al otro, huyendo del horror, de la miseria, de la catástrofe. El 2 de septiembre la imagen de Aylan Kurdi copó los medios de todo el globo y el mundo lloró por él, por su hermano, por su madre, por todos los que no llegan. El 23 de agosto se votó en Tucumán, y fue un atropello a la voluntad del pueblo. El 30 de septiembre allanaron un taller clandestino en Rosario y rescataron a 11 personas que estaban encerradas trabajando para el sector de la indumentaria. Y se hizo el debate entre los candidatos a presidente de la Nación, con el faltazo de Daniel Scioli. Pasaron las elecciones, viene una segunda vuelta, una instancia histórica en la que se elegirá el próximo presidente de la Nación. Si midiéramos, ¿cuál sería la noticia que más tinta, más píxeles, más segundos de radio y televisión consumió en la última semana?

   Hagamos un cálculo interno, no hace falta correr a buscar los diarios de la semana, una honesta estimación basta. ¿En qué pensamos más? Nunca más cierto que lo urgente se come a lo importante. ¿Es posible que sea tan frágil la vida? ¿Es posible que sea tan frágil la memoria? En la carrera cotidiana todos perseguimos algo: algunos más dinero, otros más status, más reconocimiento, más conocimiento, más ocio, más tiempo, más cosas, más nada; y la mirada está cada vez más centrada en uno mismo, y menos en el otro.

   Pero a pesar de nuestra carrera, el mundo sigue girando, los días siguen pasando, la crisis ambiental se profundiza, las personas siguen abandonando sus casas, sus vidas y sus países en busca de algo mejor, y muchos nunca llegan, todo sigue su curso. ¿Y nosotros?

   Los especialistas en manejo de crisis más avezados sostienen que no hay mejor solución para un revés mediático que el diario de mañana, que traerá una nueva ola de catástrofes para diluir el daño. Y esto es lo que pasa cada día: nos enterramos en cantidad de noticias y detrás van quedando las cosas que nos hicieron vibrar las cuerdas más íntimas la semana pasada. ¿Es el espacio que las noticias ocupan en los medios sintomático del que ocupan en nosotros? ¿Es el correlato, la medida de cuánto nos importan? Quiero o elijo pensar que no, pero lo cierto es que la situación de los refugiados debería movernos a la acción, que lo que ocurrió con los comicios en Tucumán debería haber movilizado al país entero, no sólo a los tucumanos, que cada vida perdida a la inseguridad que asola nuestras calles debería ponernos de pie. ¿Por qué esto no ocurre?

   “Sólo la crisis —real o percibida— produce un cambio real”, decía el economista Milton Friedman. La pregunta del millón pareciera ser: ¿Por qué si estamos rodeados de profundas crisis, el cambio no se produce? Hay especialistas que aseguran que esta falta de reacción se debe a un síndrome de indefensión aprendida que básicamente se resume así: hemos aprendido a comportarnos pasivamente. No hay nada que yo pueda hacer para cambiar la situación, y por ende, no hago nada, pues no tiene sentido. ¿Será posible que ese sea el corazón de esta inacción, su combustible? ¿Es posible que la apatía reinante se alimente de la sensación de que nada que hagamos cambiará la situación?

   En esta época, previa a las elecciones, que estamos atravesando los argentinos, ¿cuántas personas hay que deciden no ir a votar porque sienten que no vale la pena, que su voto no cambiará nada? Gente que no hace un reclamo con la certeza de que hacerlo no solucionará su problema, o que no tiende una mano porque sabe que detrás de esa necesidad hay millones de situaciones iguales y que un pequeño acto no cambiará nada, es una gota en el mar. La inacción es el combustible de la indiferencia. Y la indiferencia es el principio del fin. Porque cuando deja de importarnos el otro, ya todo está perdido.

   Pero yo estoy convencido de que no es tarde. Nos acercamos a ese lugar, pero no estamos allí aún. No mientras haya gente que se interesa, que se activa, que se mueve, que se levanta, que pregunta, llama, cuestiona, interpela, denuncia, extiende una mano, comunica, coopera, alimenta, cura, conforta? El mundo se cambia en la suma de pequeños actos, pequeñas voluntades. Y es el mundo el que está en problemas hoy. Hace falta gente que se mueva en todos los niveles, en cada rincón. Y habrá que remar, porque nos hemos alejado tanto de la costa que ya casi no se ve. Y quizás —seguramente— nosotros no veamos el cambio, pero con suerte lo vean nuestros hijos. La pregunta es: ¿Qué queremos dejarles? ¿Podremos legarles algo más que una impagable hipoteca ambiental y la preponderancia de los límites políticos por sobre la calidad humana? El que se embarque en el desafío, que empiece a remar, porque arrancamos tarde.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS