Estrictamente social

El Camino de Santiago

Viernes 04 de Diciembre de 2020

Luis Nazer cuenta la experiencia que vivió con sus hijos en una travesía de 150 km por el País Vasco y Galicia. Un viaje de aventura, con una energía muy particular que se siente durante todo el recorrido.

En enero del 2016, yo cumplía 60 años y quería invitar a mis amigos a un viaje de aventura. Elegí a Nadiu y Elias, mis hijos, acompañantes de otras aventuras y, además, amigos memorables.

El destino fue el Camino de Santiago, por el paisaje tan natural y desafiante, por la ilusión de transitar un camino tan lleno de mística, por la cantidad de personas del planeta de distintos credos y religiones que lo recorren, y porque debe ser, de los lugares posibles de realizar, el más cercano a una gran carga de energía.

Decidimos hacer el viaje en agosto, que es la mejor época. El camino elegido fue el francés, cuyo recorrido es al norte de España, por el País Vasco y Galicia que son sus regiones más importantes. En esa época no hace frío, llueve poco y, además, ese año era el mes de mi cumpleaños 60.

Me había enterado que para que el camino sea válido tenés que caminar más de 120 km, así que elegimos partir desde Sarriá, un pueblo que está a esa distancia de Santiago de Compostela. También pensamos que al esfuerzo físico lo debíamos compensar con placer así que lo primero fue establecer que lo haríamos en 5 días, o sea 4 noches, salir un lunes para llegar a la catedral de Santiago el viernes por la mañana. Reservamos hosterías pensando en caminar unos 30 km por día hasta completar los 120 que hacen falta para lograr el objetivo.

Los tres en un camarote, viajamos desde las 23 hs del domingo hasta las 6 de la mañana del lunes. Bajamos a esa hora en Sarriá y a las 6,15 comenzamos el acto principal, con sensaciones que iban desde la emoción hasta la alegría infinita.

Buscamos el pasaporte que te habilita con cada sello por los pueblos que pasás, a medida que vas a avanzando en esta aventura de llegar.

Como la idea era hacer el camino en cinco etapas y caminar sólo de mañana para descansar el resto del día, caminamos toda esa primera mañana y llegamos al mediodía a la hostería La Posada del Ángel de Puertomarín.

En esas cenas degustamos paella, pulpo a la gallega, una buena mariscada y para no extrañar tanto, un buen churrasco. Todo muy bien regadito con los riquísimos vinos de las viñas de Rioja.

Recorrimos cuatro pueblos: Sarriá, Puertomarín, Palis de Rei, Pedrouzo; 120 km de llanos, montañas, partes de alguna ruta que te muestra alguna civilización, arroyos que llevan agua helada, cuatro cenas, cuatro siestas, cinco desayunos, alguna lluvia que te enseña a caminar bien mojado y que te secás andando.

Una de las sensaciones más lindas del CAMINO DE SANTIAGO es la energía que se trasmite durante todo ese recorrido; los miles de caminantes que a cada cruce te dicen, BUEN CAMINO y te obligan a cambiar el chau, el adiós, el hola, por ese mismo ¡BUEN CAMINO! Son personas que caminan o van en bici, algún extremista que pasa corriendo, familias de padres jóvenes, amigos en viaje de aventuras, grupos de adolecentes festejando el fin de curso, parejas buscando un placer distinto, y algún lobo solitario que camina con su alma, y entre todos ellos, nosotros tres: Nadia, Elías y yo realizando quizás la última aventura algo extrema.

Casi al terminar el recorrido, con los músculos cansados (los míos), nos hicimos un tiempo más y nos alineamos para abrazar a Santiago, ese apóstol que salió un día a evangelizar el cristianismo en occidente partiendo de Jerusalén y que, según dicen, llegó muerto a Padrón muy cerca de la actual Compostela.

Y el final, un abrazo interminable para intercambiar energías y agradecer lo vivido.

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