El asesinato de Burdisso, coletazo final de una historia de marginales
Vida y muerte de un hombre solo que se rodeó de lo peor. Quisieron hacerlo desaparecer

Domingo 29 de Junio de 2008

El Trébol (enviado especial).— Una casa, mucho dinero que paradójicamente no fue portador de buena suerte y una inmensa soledad terminaron con la vida de Alberto Burdisso, "Burdi" para los trebolenses. Lo mataron el primer domingo de junio. Se supone que una mujer de mala vida quiso quedarse con su propiedad y para eso convenció a otros dos hombres y a otras personas de la necesidad de que desapareciera, que nunca se lo encontrara. Pero lo encontraron y es hora de pagar las cuentas.

A metros del inmenso campo que rodea a El Trébol, un pueblo de no más de 13 mil habitantes, hay una casa blanca y nueva. Allí vivía Burdisso; un hombre diferente a otros, de 60 años y según algunos que lo conocían, célibe hasta los 57. En 2005 recibió más de 200 mil pesos de una indemnización por su hermana menor desaparecida. Esa plata lo quemó.

Según Roberto Maurino, Burdisso era un hombre hosco y retraído, pero normal. "Viajó solo y sólo al sur y tuvimos muchas charlas. Terminó la primaria y luego en el Club Trebolense. Con la plata que cobró compró una casa en Rosario, una casa acá y un auto viejo. Era inocente", sentenció.

Al tiempo de cobrar conoció a una mujer, Miriam Carizo. Compró una casa y la puso a nombre de los dos, le regaló un auto y, cuentan sus compañeros, pagó el cumpleaños de la hija de Carizo, con quien tenía una relación casi paternal.

El Burdi."Burdi era así, loco nomás. Decía que cada uno hace de su vida lo que quiere. Hablaba mucho con quienes quería hablar. No molestaba a nadie. Tenía el sueldo embargado por créditos que le hacían sacar. Lloramos mucho, lo rodeó mala gente. Y no sabemos por qué lo mataron, si hasta le manejaban la tarjeta del sueldo", dicen en el club.

Durante largo tiempo en la línea de la ruta 13 se generó una red de prostitución y marginalidad. Cerca de 40 prostíbulos funcionaban en pueblos como El trébol, San Jorge, Sastre y otras poblaciones del departamento general San Martín. "Esto es parte de aquello, los últimos coletazos de una historia de marginales", dejaron entrever los investigadores.

El caso se trató en el Juzgado de Instrucción de San Jorge y tanto el juez Eladio García como el fiscal Carlos Stegmayer trabajaron sobre las pruebas, pidiendo actuaciones que llevó a cabo el comisario Jorge Gómez y los agentes de El trébol, Rosario y Santa Fe.

Relaciones. Burdi había terminado con Carizo y conocido a Gisela Córdoba, una mujer magullada y criada en la frialdad absoluta de su vida. Córdoba tiene tres hijos y vive con su marido oficial , Marcos Brochero, pero tenía, aparentemente, una relación con dos "novios", Burdi y un hombre de 64 años, Juan Huck, que la conoció en la vida nocturna.

La duda del móvil se tornó certeza a partir de la investigación. "Se hicieron indagatorias entre los imputados, que eran ocho, de ellos quedaron detenidos bajo la sospecha de homicidio Gisela Córdoba, Juan Huck, Marcos Brochero y Gabriel Córdoba", se cuenta.

El asunto sería que Burdisso era copropietario de la casa con Miriam Carizo. Esta mujer, de unos 40 años, se casó con otro hombre, pero Burdi seguía en la casa. Gisela Córdoba sabía de esta propiedad y logró que Burdisso pusiera su mitad a nombre de ella, con usufructo hacia él. Debía morir o desparecer para que Córdoba ocupara la casa; o la vendiera.

Lo llevaron a un descampado, querían obligarlo a firmar un documento que liberaba la propiedad. Días antes, Córdoba había consultado a abogados sobre cómo manejarse con este usufructo en caso de que Burdisso desapareciera. Es más, se comenta que ya ofrecía la casa en alquiler. "Es una mujer muy fría y calculadora" sostienen fuentes consultadas.

Un hombre "bueno" que no supo enfocar su suerte y cayó en el último coletazo de una red de mala vida. Engaños, soledad y sangre fría se combinaron para llevarse la vida del viejo "Burdi".

No entienden

Después de muerto, el Burdi logró que lo despidieran en las puertas del club donde trabajaba. En la secretaría hay una carta: "Quería contarte que el Ñafa te guardó la bici, que te extrañan y que la Ana no tiene consuelo. Que tu perro te busca y llora". La firma Laura Maurino.