educación

Vidas mediáticas: entre plataformas, redes y el diálogo entre generaciones

El investigador José Luis Fernández reflexiona sobre las mediatizaciones de la vida afectiva, social, laboral y educativa

Sábado 17 de Abril de 2021

Videoconferencias, clases por Zoom o Meet y mediatizaciones que atraviesan la vida laboral, educativa y afectiva son parte de un escenario que, si bien ya existía, se potenció durante la pandemia. Vidas mediáticas. Entre lo masivo y lo individual (Editorial La Crujía) es un libro del docente e investigador José Luis Fernández que indaga sobre esta realidad. Pero como dice Carlos Scolari en el prólogo, también es un llamado de atención “a los enfoques simplistas o monodimensionales que pretenden explicar lo que está pasando en la esfera mediática”.

Fernández es doctor en ciencias sociales y profesor de semiótica de las mediatizaciones en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Además es investigador externo del Centro de Investigación en Mediatizaciones (CIM) de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). El prólogo del libro ofrece una conversación entre Scolari y Sandra Valdettaro, docente de la UNR y directora del CIM.

Para estudiantes e investigadores de las ciencias sociales, la obra aporta una serie de capítulos metodológicos. Pero además hay tres tópicos que el texto contribuye a profundizar: la materialidad, la circulación y la movilidad. “Un tema también es el de las plataformas mediáticas, que son como nuevos contextos o interfaces que estamos discutiendo todo el tiempo y cómo los tenemos en cuenta en la vida cotidiana e institucional”, dice Fernández.

—Con la pandemia ha habido una fuerte irrupción del mundo digital en la vida de las personas. Hay quienes postulan que es un fenómeno que llegó para quedarse y otros que hablan de que es un tiempo de aprendizajes ¿Cuál es su mirada?

—Me parece que se mezcla en la consideración de estos temas una especie de optimismo tecnológico que todo se va a resolver con alguna tecnología, o un pesimismo relacional, donde se piensa que las mediatizaciones y plataformas van a destruir nuestra vida. Todo como si la vida previa fuera un desastre o una maravilla. En realidad venimos desde fines del siglo XIX incorporando mediatizaciones a nuestra vida de manera acelerada. No terminamos de acostumbrarnos a la radio que ya nos tenemos que acostumbrar a la televisión. Y después a las primeras digitalizaciones, segmentaciones y redes. Así venimos. Es un proceso de reconstrucción social y al final va a haber una sociedad muy diferente, por lo menos en algunos aspectos. Pero no me parece que sea un camino de ida ni irreversible, ni que los resultados sean unilineales.

—¿Por ejemplo?

—Estamos descubriendo que los viejos que estaban afuera de las redes ahora están disfrutando su ingreso y lo hacen apoyados no por sus hijos sino por sus nietos, esos nietos que las ciencias sociales venían diciendo que ya no le prestaban atención a nada y que estaban solo conectados y pegados a sus teléfonos o computadoras. Descubrimos que apoyan en las redes a sus abuelos y que son los que más extrañan el contacto corporal. Por eso están transgrediendo lo que sea para poder encontrarse con sus amigos, divertirse, tocarse y tener una vida premediática.

Un estudio de la UBA coordinado por Carina Kaplan reveló que la abrumadora mayoría de los estudiantes secundarios querían volver a la escuela presencial para encontrarse con sus pares.

—Bueno, pero eso no necesariamente va a ser lo mismo en la vida universitaria. He tenido clases sincrónicas en la UBA y en una charla antes de empezar les pregunté si extrañaban el aula y, al menos los que intervinieron, dijeron que no, porque viven a dos horas de la UBA y ahora pueden cursar desde sus casas y se ahorran tres o cuatro horas de viaje. Entonces eso no sé si va a ser igual y me parece que el proceso es irreversible, o por lo menos va a ser conflictivo para un alumno que está a 40 o 50 kilómetros de la sede universitaria.

—En “Vidas mediáticas” habla también de un reduccionismo sobre el uso de los dispositivos móviles al vincularlo solo a las distracciones. Un debate que en su momento se dio en las escuelas.

—Y sigue eso todavía, no está resuelto. Una propuesta del libro es pensar en los sistemas de intercambio discursivo en los que se participa. De dónde vienen, hacia dónde van y cómo se responde. La situación didáctica clásica es de poder, donde uno se dirige a muchos. Es un fenómeno descripto como de broadcasting, como la radio o la televisión. Pocos emisores para muchos receptores. Es una posición de jerarquía donde el egocentrismo y el control se ejercen con fuerza, porque vos miras a 100 o a 400 alumnos que te miran a vos. Ahora pasa que si decís algo miran el teléfono. Por eso yo estimulo a mis alumnos que si van a mirar el teléfono que chequeen lo que digo, si hay otro autor que lo dijo mejor o de dónde viene. Ese es un camino de construir clases que cuestiona la posición cómoda de poder del docente. Todos lo vamos enfrentando de acuerdo a nuestras fuerzas y debilidades. A los que estamos muy plataformizados nos parece obvio que todo lo que digamos se chequee. Ese es uno de los temas que se están poniendo en juego hoy y que tiene derivaciones centrales e intersticiales. Mucha de la conflictividad de los docentes de los distintos niveles que tienen que volver a clases o no, con presencialidad o no, aunque no estén explicitadas están dichas desde este juego de intercambio discursivo novedoso, donde las posiciones serenas e instituidas parece que se ponen en cuestión. En la medida que el alumno amplía su fuentes de conocimiento e información, y chequea lo que decís con otras posiciones aunque sean opuestas, valoran más la posición de conocimiento del docente. Me parece que se levanta la figura del docente y no se cuestiona. Pero uno tiene que estar seguro de que le pasa eso. Estamos entre muchos campos conflictivos y se pone en juego quién tiene el poder en una escena de intercambio pedagógico o didáctico.

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