Educación

Universidad y territorio: saberes y tensiones

Encuentros y desencuentros entre los actores de la academia y los vecinos de los barrios en instancias de extensión.

Sábado 10 de Agosto de 2019

En el mes de mayo de este año participé de una charla organizada por la Cátedra Libre Estudios Sociales del Sur (Cess) de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. En esta charla se intentaba poner en cuestión el estar de la universidad "en" el territorio (*). Entendiendo que los actores de este mundo —el universitario— están en permanente vinculación con los actores territoriales, o al menos una parte importante.

Estas vinculaciones varían y pueden ser desde un grupo de estudiantes que hacen trabajo barrial, docentes que dictan cursos de capacitación en instituciones varias, miembros de proyectos de extensión universitaria en tal o cual barrio de la ciudad o cuando estudiantes/investigadores entrevistan ciertos actores (individuales o colectivos) como parte de una investigación determinada, por nombrar algunos ejemplos.

Ahora, cuando se llevan adelante estas experiencias, que bien podrían ser en sentido contrario cuando organizaciones demandan al mundo académico soluciones a problemáticas concretas o la construcción de datos, surgen algunos de los siguientes interrogantes ¿cómo nos relacionamos los universitarios con esos otros mundos, con esas otras lógicas? ¿Se generan tensiones? ¿Vemos lo mismo que los actores territoriales con los que nos vinculamos? Preguntas que aparecen a la hora de pensar éstas, nuestras prácticas.

Para pensar algunas de estos interrogantes es que voy a retomar una anécdota que escuché hace algunos años ya, en una capacitación de extensión universitaria de la UNR a la que asistí siendo alumna. Allí un docente extensionista, contó una situación que había sido parte aguas en su práctica como extensionista.

Este docente, cuyo nombre no recuerdo, nos contó cómo habían desarrollado un programa de cuidado equino en un barrio muy humilde de la ciudad de Rosario, donde vivía una comunidad importante del pueblo Qom, post crisis del año 2001. Este programa lo habían implementado desde la Facultad de Veterinarias (docentes, estudiantes y miembros de la comunidad).

Luego de un tiempo, siendo el programa muy exitoso, los que participaban de éste comenzaron a ver otras necesidades que tenía la población en cuestión. Así fue que, en una reunión con los referentes de la comunidad, le proponen armar una huerta comunitaria entre otras ideas para mejorar las condiciones de vida. Palabras más o palabras menos la respuesta sincera de uno de los referentes fue: "Mire don, yo le agradezco y sé que sus intenciones son nobles, pero si nosotros quisiéramos seguir viviendo como nuestros antepasados de la caza y la pesca nos hubiésemos quedado a vivir en el monte, si nos vinimos a la ciudad es para vivir como se vive acá".

La extensión

En primer lugar, queda claro que los intereses de los vecinos no coincidían con la mirada de los sujetos universitarios. Esto sucede a menudo en las prácticas extensionistas. Uno viene cargado de expectativas, con las intenciones de resolverle todos los problemas a aquellos con los cuales va a trabajar y sin darse cuenta da por sentado cuáles son esos problemas o cuáles son los temas prioritarios a resolver y el "cómo hacerlo". Como bien señalaba este colega en dicha oportunidad, nunca se les ocurrió empezar por escuchar y preguntar cuáles eran sus percepciones, preocupaciones o deseos.

Ahora bien, si miramos al territorio, en este caso un barrio de la ciudad, como el espacio donde conviven —no sin conflictos y tensiones— diversidad de actores con diversas lógicas, formas de entender el mundo y diversas formas de relacionarse entre sí, claramente no existen únicas respuestas para los interrogantes que nos hacíamos al comienzo. Pero lo que sí podemos decir es que el mundo universitario, como un submundo o un actor más de un territorio determinado para el caso Rosario, con sus matices y particularidades al interior, maneja ciertas lógicas y pautas para relacionarse. Y según la formación, cuenta con diferentes enfoques para entender la o las realidades que interpretan y que seguramente en algún punto estas formas entran en tensión con las de los demás actores. En resumidas cuentas, la racionalidad de los sujetos del territorio en la mayoría de los casos difiere de la racionalidad de los universitarios, así también como sus intereses y formas de relacionarse.

En segundo lugar, está la cuestión de las formas. Podemos ponernos de acuerdo en cuáles son los temas prioritarios. Ahora bien, el cómo se resuelven —o no siendo tan pretenciosos tal vez mejorar determinada situación— es todo otro mundo de tensiones. Es muy común también que el que tiene un saber técnico crea que éste, al ser científico, es por ende incuestionable. Otra forma de colonialidad del saber. Es decir, ni por un momento se duda de que su saber —el que trae de la universidad— puede no ser útil. Al menos en las ciencias sociales, que es mi campo, es común que se pretenda hacer encajar la realidad en la teoría. Esto implica que cuando la teoría no aplica a esa realidad, en vez de concluir que la teoría no me sirve para este caso se sentencia que lo que está errado es la realidad y no al revés.

Incluso puede suceder que los propios actores con los que nos vinculamos reproducen este precepto. Quién no ha escuchado alguna vez: "Si lo dice el doctor...", "usted que es el universitario tiene que saber" o "pero pasó por la universidad como", entre tantas otras. Y de aquí se desprende otra cuestión no menor que es la validez del conocimiento, ya que existe un reconocimiento social al conocimiento científico, por encima de cualquiera otra forma de saber. Muchas veces incluso negando la existencia de otros saberes.

Por último, cabe señalar el trabajo golondrina de muchos sujetos universitarios. Con esto nos referimos a que, en determinados contextos de vulnerabilidad social, ya se sabe o se da por sentado que estos actores aparecen para hacer su cometido y luego se van. Esto puede ser recabar datos para una tesis o trabajo de investigación, participar de un proyecto concreto, lo termino y me voy o me sale algo mejor y dejo. Por ello muchas veces se genera una especie de desconfianza, no sólo por la falta de conocimiento de las personas, que sucedería en cualquier ámbito, sino también a que los precedentes en muchos casos no son favorables, por lo tanto construir un vínculo de confianza lleva más trabajo aún.

No quiero con todo lo dicho desmerecer el trabajo que muchos venimos haciendo siendo conscientes de nuestras propias limitaciones (como también que nuestra forma de ver y entender el mundo es particular, ni la única, ni la mejor, solo una más de tantas otras posibilidades). A su vez, existen cuantiosos ejemplos de prácticas que parten de un respeto incondicional para con esos "otros" con los que nos vinculamos. Solo pretendo en estas pocas líneas poner sobre la mesa algunas de las tensiones que surgen en ese encuentro o desencuentro con un "otro" sujeto que no es el universitario, cuando nos encontramos y podemos ver/reconocer la diversidad de formas de ser y estar, parafraseando a Rodolfo Kusch.

(*) Entendemos al territorio como categoría política, en términos de Oscar Madoery (2008). Allí conviven distintos grupos sociales (actores individuales o colectivos), que se relacionan entre sí de diferentes maneras, con diferentes lógicas, diferentes saberes, donde existen ciertas relaciones de poder que le atribuyen a su lugar un significado particular, donde aparecen lo conflictos. El territorio es una estructura compuesta por complejidades, construidas a través del aprendizaje colectivo, en que el cambio cultural y la construcción política se generan a partir de las capacidades de los actores que lo componen.

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