Sábado 12 de Agosto de 2017
Con la idea de atender a los niños, niñas y hasta adolescentes del barrio de los "studs", como se conocía a la zona de la ciudad que rodeaba al Hipódromo, se crea en 1916 la "Escuela al aire libre". La iniciativa la tienen maestras de la Asociación de ex alumnas de la Normal Nº 2 Francisco Podestá (más tarde, Ana María Benito). Esta escuela que nació bajos los árboles cambia después de lugar de trabajo y en 1927 se convierte en oficial. Hoy se la conoce como Nº 94 República del Libano y está en Jorge Cura al 2300.
"Este local ofrecía un panorama grandioso y contradictorio. Por un lado jardines, avenidas y paseos; por otro, un abigarrado conjunto de ranchos y más ranchos habitados por la gente del turf. Se trabajaba en un rincón del hipódromo y se la llamó escuela aunque no tenía ninguno de los caracteres que las reglamentaciones oficiales establecen. Se ambientó bajo un conjunto de paraísos y sin otro mobiliario que los bancos destinados al público en días de reunión, ni más material escolar que los pizarrones de las cotizaciones, algunas pizarritas individuales, un montón de diarios viejos y de papel de estraza, media docena de toallas, cuatro lavatorios, algunas barras de jabón, una maquinita de cortar pelo y agua corriente en cantidad no tasada", describen de los primeros días de la "Escuela al aire libre" las profesoras Elsie Laurino e Inés González, en un artículo publicado en La Capital ("Cuando el hipódromo fue una escuela al aire libre", 7 de agosto de 2002).
En ese texto repasan la colaboración que ofrecía esta asociación con materiales para enseñar, elementos de higiene y hasta alimentos. La Municipalidad le había concedido Una escuela al aire libre una subvención de cien pesos que se cobraba con mucha irregularidad. "Frente al pizarrón de las cotizaciones una maestra enseñaba a leer, otra, iniciaba a un grupo en aritmética haciendo contar cosas que abundaban en el paraje y hacía numeración escrita diseñando cifras que los alumnos imitaban en las arenas del parque. Alguien se ocupaba del alimento. El café con leche era bebida de todos los días. Otro preparaba una modesta sopa o, cuando se podía, un sabrosísimo guiso. No se rechazaba a nadie. Asistía el niño de catorce años y el de cinco, y hasta el hermanito de un año que no tenía con quién quedarse en la casa", escriben en aquel artículo, donde también se la destaca como "una experiencia inédita para Rosario" que "surgió como una manera de paliar el insuficiente alcance social de la escuela para aquellos niños de las rancherías que no cumplían con la escolaridad en establecimientos formales".