Educación

"Una educación que no enseña a pensar, domestica"

El educador chileno Domingo Bazán Campos analizó las protestas desatadas en su país y el rol de la juventud.

Sábado 02 de Noviembre de 2019

Mientras estaba en Rosario, el pedagogo Domingo Bazán Campos vio por televisión la marea de chilenos que el viernes 25 de octubre inundaron las calles de Santiago, para protestar contra la represión y por cambios en el modelo social y económico de Sebastián Piñera. Los cálculos y las imágenes aéreas hablaban de más de un millón de personas. Y allí, entre los manifestantes, estaban sus cuatro hijos, tres de ellos profesores. “Espero volver a reunirme con ellos para que las cosas sigan avanzando en términos de transformación”, dijo el educador frente a un teatro El Círculo repleto de docentes y estudiantes, que aplaudieron la disertación que brindó el sábado pasado en el marco del congreso “Educar para transformar, un desafío constante”, organizado por Homo Sapiens Ediciones.

Tras la conferencia, y con un ojo puesto en lo que acontecía en su país, Bazán Campos habló con La Capital para ayudar a entender el fenómeno chileno, que excedió a la protesta inicial de los estudiantes por el aumento en el boleto del subte. La rebelión de los cabros, como se llama en Chile a los jóvenes. “Para los cabros que este país sea injusto es producto de la dictadura militar, pero también de la Concertación y los gobiernos de izquierda que gobernaron hasta que apareció Piñera”, apunta el docente universitario, autor entre otros libros de Escuela inclusiva, Calidad de la educación y emancipación y El oficio del pedagogo.

—¿Cómo viviste desde Rosario lo que pasaba en Santiago?

—Esto arrancó con esa cosa estudiantil de las evasiones en el metro (saltar los molinetes del subte). Durante los dos primeros días los viejos lo encontramos interesante y riesgoso, pero probablemente sin futuro. Entre otras cosas porque el alza era de 30 pesos, que son centavos de dólar. Encima no era para los jóvenes, sino para el pasaje adulto. Ha habido estos cinco años mucho de esas acciones de grupos feministas, animalistas o ecologistas. Y fue cundiendo. Al día siguiente hubo una marcha. Pero Chile es un país súper ordenado, donde tú puedes marchar de lunes a viernes, pero sábado y domingo descansas. Pero esto siguió y escaló con la quema de metros y bancos. Los chilenos estábamos orgullosos de los metros, porque supuestamente era la imagen de lo moderno y de lo bien que nos estaba yendo. No se cuán pensado y estratégicamente fue diseñado esto, pero le apuntó a la columna vertebral de la modernidad chilena. El gobierno se lo tomó a la chacota y la reacción fue decir: son vándalos, lúmpenes, delincuentes. El gobierno tuvo cero visión y esto comenzó a escalar en sus narices. Declaró Estado de Sitio y Estado de Emergencia, cosa que no pasaba desde 1987. La gente más grande que yo les tiene miedo a los militares, porque nos recuerda la dictadura. Pero para los cabros, que nacieron del 90 en adelante, que este país sea injusto es producto de la dictadura militar, pero también de la Concertación y los gobiernos de izquierda que estuvieron hasta que apareció Piñera.

—¿Está de acuerdo con la frase “no son por treinta pesos sino por 30 años”?

—Es una excelente frase porque muestra que esto no es un problema superficial, es un hartazgo acumulado, una olla a presión. Y si uno piensa qué cosas fueron metiéndole presión a esto son varias. Una, el sistema de pensiones llamado AFP (Administradora de Fondos de Pensiones), que va significar para personas como yo, que no gano mal hoy, que me voy a empobrecer cuando me jubile. Otra cosa fue la forma irónica de los ministros de abordar los problemas sociales. El ministro de Hacienda (Felipe Larraín) diciendo que la inflación está controlada macroeconómicamente, que subieron algunas cosas pero bajaron otras como las flores, entonces recomendando a los maridos que les compren flores a su señora. Eso es reírse de la gente. O el subsecretario de Salud (Luis Castillo), que a propósito de las filas que hacen las mujeres y mayores a las 5 de la mañana a los consultorios para conseguir turno, dijo que la gente ahí hace vida social. Cero sensibilidad social.

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La vista aérea de la multitud explica por qué la concentración quedará marcada en la historia del vecino país.
La vista aérea de la multitud explica por qué la concentración quedará marcada en la historia del vecino país.

—Estos años un sector de la clase dirigente argentina presentaba a Chile como el modelo a seguir, a la par de las manifestaciones estudiantiles por más derechos ¿Cómo lo analiza?

—En Chile hay gratuidad a un cierto nivel en las universidades del Estado gracias a los estudiantes, porque sino no habríamos hecho nada los adultos, porque teníamos la idea instalada en la cabeza que para educarse había que pagar. Esto es aire fresco, es la juventud. En el libro Calidad de la educación y emancipación recuerdo en una columna cuando el senador Carlos Larraín dijo, sobre los primeros movimientos de los jóvenes, que eran inútiles subversivos. Entonces yo tomé eso, lo di vuelta diciendo que es preferible ser un inútil pero subversivo, que un tonto útil al sistema. Porque se sataniza a un sector de la juventud. Mis hijos están marchando, mis estudiantes están marchando. Trabajé en una universidad donde había estudiantes anarquistas y como al borde de salirse del sistema para cambiar el sistema. Pero no son más de cien. Pero son tan eficientes estos cien cabros que le ponen una nota negra al final de las marchas y están coludidos con los periodistas. Piñera es dueño de un canal y familias ricas son dueñas de los dos principales diarios de Chile. La prensa muestra una imagen que es engañosa. Por eso que algunos argentinos hayan pensado que nosotros podemos ser un ejemplo eso una parte de los chilenos no lo creíamos, porque lo vivíamos. Porque además la desigualdad es muy grande. No tuve gratuidad para mis hijos, porque ese beneficio es para las personas que ganan muy poco y está bien ¿Pero qué pasa con la clase media? Los que están marchando son esencialmente de clase media. Uno podría preguntarse por que ganó Piñera: porque Michelle Bachelet no fue capaz de implementar bien estas reformas. Ella recogió el clamor de la calle, como la gratuidad o cambios en la ley laboral, pero técnicamente no lo hizo bien. Y paralelamente hay otro dato histórico, que es que ya no es obligación votar. Por lo tanto Piñera fue elegido por el voto del 25 por ciento de la gente. O sea, Piñera ganó porque votó poca gente y por la frustración de los otros sectores que vieron como el último gobierno socialista de Bachelet no hizo las cosas bien. Si fueran a votar todos los que estos días marcharon sería otra cosa, porque Chile es esencialmente un 55 por ciento de izquierda. Pero eso exige madurez y unidad de la izquierda y centroizquierda.

—¿Cómo pensar una pedagogía emancipadora en una sociedad desigual?

—Hace falta un nuevo pacto social. La derecha chilena hasta los 70 se sentía responsable del resto de los chilenos. Pero con Pinochet se instaló una derecha que vivió en Chicago, que desarrolló el modelo neoliberal en la versión más brutal del mundo, porque lo hizo sin oposición. El parlamento eran cuatro uniformados. Ahí se concretó una forma de devaluación muy profunda de la educación pública y del rol del Estado. Y de que la educación tenía que ver con formar mano de obra calificada. Entonces, si de verdad se constituye un nuevo pacto donde estemos todos en una misma mesa, con una nueva constitución, tenemos que preguntarnos para qué queremos educar a nuestros cabros. Y preguntar si no hay que educar para que sea feliz. Empecemos a hablar de eso. Tiene que haber un minuto en el cual estemos de acuerdo en que el chileno tiene que ser más alegre, menos reprimido, más solidario y libre. Y ahí cabe un currículum no tecnocrático, que no ambicione parecerse a Alemania.

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—¿Qué cambio, desde lo educativo, te gustaría ver como resultado de estas manifestaciones?

—Hace tres años estuve en una comisión nacional de currículum donde estaba Cristián Cox, un sociólogo que armó el currículum chileno desde el 90 hasta hace poco. En la comisión había gente del mundo gay, mapuches, del mundo laboral, de la educación especial. Era plural. Él levantó la mano y preguntó: “¿Para qué esta comisión, si este es el mejor currículum del mundo”. Y citó bibliografía gringa, británica y australiana para decirnos que esa comisión estaba perdiendo el tiempo. Pero no es el mejor, porque no fue participativo, no es pertinente, es hegemónico y centralizado. El niño de la Isla de Pascua aprende lo mismo que el de Santiago o Arica. Eso se llama currículum técnico y hay que ir hacia uno crítico, donde más que un papel que me dice qué enseñar, los profesores decidan qué enseñar en cada colegio.

—¿Qué debería tener, en ese contexto, una buena escuela?

—Nosotros hablamos de buenas prácticas educativas. Es bueno que yo sepa qué pasa en la Isla de Pascua, pero no vivo ahí. Tengo que vivir con los valores de mi ciudad. Por eso la educación tiene que ser situada, contextodependiente, dialógica y reflexiva. Una educación que no te enseña a pensar te domestica. Y debe ser también emancipadora, que el propósito último sea que la gente piense por sí sola, que sea libre.

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