Una cartografía sobre la ideología en los contextos educativos
Para algunos investigadores, los ataques a la escuela pública pueden implicar un ataque de género.

Sábado 19 de Diciembre de 2020

“La dignidad no es lo valioso ni el valor, es el fundamento de todos los valores”. (Enrique Dussel).

Según el Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), más del 88 por ciento de lxs docentes de escuelas primarias en la Argentina son mujeres, siendo este dato superior si lo confrontamos o miramos con las estadísticas que tuvieron lugar escasos años atrás. En cuanto a los colegas de primer y segundo año del secundario, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) señala que la cifra para esa población es del 70 por ciento, pero alcanza el 90 si se tiene en cuenta al resto de los países que participaron para la elaboración de dicha encuesta.

Siguiendo con esta línea de análisis, para algunxs investigadorxs en educación como Michael Apple, los ataques a la escuela pública provenientes de los sectores fuertemente arraigados en ideologías conservadoras y neoliberales pueden implicar —implícita y explícitamente— un ataque de género. Es decir, que violentar a las escuelas, aparte de negar la dimensión de institucionalidad en su carácter de representante legítimo del Estado, puede ser comprendido como una manera de violentar también a las mujeres y de maltratar, a su vez, a las infancias.

Sin embargo, para que dicho ataque pase desapercibido suele utilizarse la designación del masculino, no solo para que no sea demasiado evidente, sino para lograr a su vez que la eficacia en la dominación ideológica pueda ser finalmente legitimada. Esto lleva a que seamos testigos de un doble mecanismo de silenciamiento y de negación: subjetiva y semántica. Y si bien sobran ejemplos de aquello en nuestra historia reciente y presente, quisiéramos introducir y convocar solamente a dos por la potencia que tienen para graficar un hilo conductor que sigue bien activo a lo largo de nuestras historias: el primero, cuando el ex ministro de Economía Domingo Cavallo mandó a lavar los platos a “los investigadores”, siendo aquella frase en realidad dirigida especialmente a las mujeres a través de la socióloga y demógrafa Susana Torrado, investigadora superior del Conicet, quien allá por 1994 reclamaba más fondos para la investigación científica en un contexto de pauperización neoliberal y de menosprecio al ejercicio de la docencia.

Consideramos que la docencia es un ejercicio, porque pone en acto nuestros derechos más elementales. No solo habla de conquistas, sino que expresa una cierta dinámica en constante movimiento que implica estar siempre alerta ante cualquier circunstancia política capaz de poner en riesgos aquella vulneración de eso mismo que, con luchas, anteriormente fue conquistado.

El segundo ejemplo caliente, proveniente de las olas del presente, es el de Soledad Acuña y su tríptico del mal: “Fracasados, viejos y militantes”. Aquí también ambos relatos disputan la potestad para poner en duda al accionar docente visibilizando las propias concepciones subyacentes de género que se alejan de la buena condición del ser maestra y mujer. Por eso, a estas mujeres, maestras, no se las reconoce en igualdad de condición: pasan a tener los malos atributos masculinos para ser incluidas en un universo ideológico de representación negativa. Sencillamente porque no puede decir fracasadas, viejas y zurdas.

En cierta medida, son mecanismos de normalización con efectos reinstauradores de prácticas conservadoras y disciplinarias tendientes a rechazar y negar a eso —y a ese otro— que el positivismo en sus ropajes euroracistas del siglo XIX mayormente nos enseñó a evaluar identitariamente a partir de envases ajenos asumidos como propios. Partiendo de todo este conjunto de articulaciones históricas, la sanción de la “machona”, la “marimacho que juega con los muchachos”, el “a mí estas mujeres no me representan”, hay todo un pasaje colonial, un mosaico ideológico y de prácticas en común que sigue siendo necesario desnaturalizar. Al igual que revisar el origen de las matrices que operan como falsas balizas de autopercepción.

Si deseamos intentar cambiar nuestros horizontes reguladores institucionales, epistemológicos, jurídicos, cognitivos y pedagógicos, demandará una ardua tarea que exige estar atentos a identificar cómo el lobo neoliberal buscará cambiar siempre de forma. Lo anterior, reclutando o reconvirtiendo hasta a sus propios huéspedes como eternos protagonistas capaces, llegado el caso, de compadecerse o de presentar empatía ante el mismo victimario resignificado ahora como víctima.

Por eso, a diferencia de los clásicos infantiles en donde uno podría ser devorado, aquí se optaría por preservar a las personas con vida. ¿Con qué fin? para que puedan perpetuarse así en su esencia negadora, prolongando mucho más sus propios intereses que meramente conformarse con el plato del día. Ya que mucho mejor que una Caperucita como cena o un mejor postre como abuela, es multiplicar la red de actores, que asuman estas historias de engaños acríticamente, como destinos fijos propios e inamovibles.

De allí que para nosotros sería tarea imperiosa trabajar para comprender qué se entiende por lo ideológico en los contextos educativos. Siendo muy escuetos, podríamos sintetizar que dichos objetos de análisis remiten a las ideas, creencias, juicios de valor, actitudes, opciones, que sustentan las opiniones, decisiones y actuaciones de lxs maestrxs a través de las cuales ellxs dan sentido a sus propias experiencias en el seno de una institución social, la escuela. Por lo tanto, coincidimos con quienes destacan la implacable pertinencia de la noción de ideología, revigorizada después de la renuncia posmoderna en el contexto de la globalización o mundialización neoliberal.

En este sentido, las ideologías educativas pueden ser entendidas como un conjunto articulado de ideas, conocimientos, acciones, conceptos, procedimientos y argumentaciones que lxs docentes tienen sobre diversos tópicos y experiencias. Las mismas se presentan ante la comunidad educativa con pretensión de verdad —la verdad de la ciencia, la verdad del conocimiento— pero su carácter específico se define no en el orden de lo epistemológico sino del poder. Lo que significa que su contenido ya sea verdadero o falso —si fuera verdadero mucho mejor para el efecto ideológico— puede ser funcional con respecto de alguna relación de dominación social de un modo no transparente.

Por eso creemos necesario profundizar estos aspectos en las instancias articuladoras de la formación docente, también comprendidas, a su vez, como instancias de formación política. Lo anterior, para dejar de brindar con el lobo, cuando en realidad creamos que lo estamos haciendo con Caperucita. Ya que tal como afirma el filósofo Terry Eagleton, si la ideología fuera una ilusión, en todo caso, es una ilusión que estructura nuestras prácticas sociales, y por eso en esta medida la falsedad estará siempre del lado de lo que hacemos, y no necesariamente de aquello de lo que decimos. Por eso quizás sea más fácil, ciertamente, que maestrxs viejxs, fracasadxs y militantes, entren por el ojo de una aguja, que el neoliberalismo ceda su agresión hacia la educación pública.