Educación

Un misil teledirigido al flequillo de la directora

El toque de campana era el preludio del maracanazo que se avecinaba en el recreo del amplio patio a cielo abierto de la Escuela Leandro N. Alem.

Sábado 14 de Octubre de 2017

El toque de campana era el preludio del maracanazo que se avecinaba en el recreo del amplio patio a cielo abierto de la Escuela Leandro N. Alem. La ansiedad por jugar era tal que los pibes del primer piso transformaban la escalera de mármol en un tobogán mientras desoían la advertencia de las seño y de la portera Elba, que estaba encargada de confiscar la pelota, ya que estaba prohibido jugar al fútbol.

Como los equipos ya habían sido armados previamente en clase, sólo era cuestión de ocupar la cancha y darle rienda suelta a la pasión de multitudes. Había jugadores que hacían culto de la gambeta, wines que parecían salidos de la serie japonesa Supercampeones por su forma de correr, y arqueros que ensayaban voladas espectaculares al mejor estilo del Mono Navarro Montoya.

Con el correr del año escolar los equipos ya estaban bien armados y había entendimiento entre los integrantes de sendos equipos por lo que los partidos se hacían cada vez más interesantes. Al mismo tiempo, el balón se iba perfeccionando cada vez más. Así, de pasar a una latita aplastada, los players comenzaron a confeccionar pelotas de media a la que rellenaban con algunas piedras para lograr el peso y balance adecuados para esa clase de encuentros.

El que sobresalía por su descomunal pegada era Juan Esteban Carroza, "La Vaca", que era la envidia de Petaco Carbonari y el terror de los arqueros. Todos los que estaban en el patio sabían que cuando la agarraba de lleno no había nada más que hacer. Y si no, pregúntenle a Norma, la directora de turno, cuando un misil teledirigido ingresó por la ventana y le peinó el flequillo mientras hablaba con una supervisora. Fue un remate impresionante, un golazo que quedó decorado con la espectacular volada del guardavalla.

Después vino lo peor: el sermón de la directora y los esfuerzos espasmódicos de los carasucias por contener la risa cuando les graficó la trayectoria que había alcanzado el cañonazo al invadir el espacio aéreo de la dirección. "Esto no es una cancha de fútbol, —refunfuñó—. ¿Se dan cuenta de lo que hicieron? ¡Me pasó por acá —señalaba el flequillo—, casi me mata! ¡Se quedan sin recreo!". Ese día, los chicos aprendieron que la parábola siempre estará determinada por el grado de volumen y la velocidad del objeto; y que es imposible evitar que tu cara no parezca la de un sapo cuando se contiene la explosión de reírse a carcajadas.

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