Ticiana y un mural en la escuela a la memoria del colibrí
A un año de su muerte, estudiantes y docentes de la Escuela La Rocca homenajearon a Ticiana Espósito, una adolescente víctima de una balacera

Sábado 16 de Octubre de 2021

La leyenda del pueblo maya cuenta que cuando los dioses crearon todas las cosas en la Tierra notaron que no había nadie encargado de llevar los deseos y pensamientos de un lugar a otro. Entonces tomaron una piedra de jade y tallaron una flecha muy pequeña. La soplaron y la flecha salió volando. Tenía vida: era un colibrí. Desde entonces, el mito dice que ver a este pequeño pájaro es señal de que alguien le envía buenos deseos. Una visita que acaricia.

Por eso cuando Wanda vio por primera vez a este pequeño animalito revoloteando por su patio no pudo dejar de asociarlo a Ticiana, su hija de 14 años cuya vida se apagó una noche de septiembre de 2020. Ticiana estaba lavando los platos cuando balearon su casa de Magallanes al 2700. La noticia llenó de dolor a familiares y amigos. La escuela a la que iba la adolescente recogió esa angustia y buscó la forma de transformarla en esperanza, en afecto. A Ticiana le gustaban las plantas, jugar al handball y soñaba con ser maestra. A un año de su partida, sus compañeros y docentes pintaron un mural con el dibujo de un colibrí. Para recordarla con dulzura. Aunque duela.

“Ticiana Luz Espósito, quien nos dejó antes de tiempo, y aunque no es fácil aceptar su ausencia su recuerdo es grato para nuestra memoria. Hoy la recordamos con su sonrisa brillante, siempre dibujada en su carita llena de luz”, leyó Valentina, presidenta del centro de estudiantes, en el patio de la Escuela Nuestra Señora de La Rocca el pasado 14 de septiembre. Ese día se cumplió un año de la muerte de la joven y una suelta de globos blancos fue una de las actividades organizadas para tenerla presente.

Suelta de globos por Ticiana
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Pero ese día se inauguró también un mural, que los compañeros y las compañeras de Ticiana pintaron toda una mañana sobre la pared exterior de la preceptoría, en el primer piso de la escuela de Camilo Aldao y Cerrito.

Al curso de Ticiana van unos 26 adolescentes. Ulises, Milagros, Tomás y Celeste se acercan al mural y lo contemplan. El cielo encapotado por la amenaza de lluvia hace más evidente el contraste entre el día gris y el dibujo multicolor, pintado por los chicos con la ayuda del artista Jorge Molina.

Mural escuela La Rocca
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La idea surgió del propio curso. Faltaba poco para el aniversario. Plantar un árbol era una opción pero luego se decidieron por el mural. “Para recordar que ella siempre está con nosotros”, dice Ulises. Junto al picaflor pintaron decenas de pares de manos como mariposas. Y debajo una frase que es la promesa de un reencuentro: “Hasta que nos volvamos a ver”.

Sentados en ronda, los chicos hablan de Ticiana y en sus relatos hay tristeza, es cierto. Pero ese sentimiento primario y a flor de piel muta de inmediato en risas cuando recuerdan anécdotas de Titi, como ellos le decían. Sus locuras en el salón, las palabras, los juegos, los últimos mensajes, los sueños truncos. “Era una persona de luz, hasta cuando te puteaba parecía que te quería”, dice uno de los chicos. Y a todos al instante se les dibuja una sonrisa.

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En septiembre de 2020, cuando murió Ticiana, la tragedia sorprendió a todos en plena pandemia. Hacía meses que no se veían de forma presencial, por eso al día siguiente se reencontraron en la puerta de la escuela a rezar el Rosario. Aquel día La Capital mostró ese abrazo partido entre esos chicos y chicas con sus maestras. Como Silvana Trigo, la seño que tuvo Ticiana de quinto a séptimo grado. “ Era una chica muy dulce, llena de proyectos y que soñaba siempre con el futuro ”, la describió entonces la docente.

Cuando estaba en séptimo grado, para el acto por el Día del Maestro, el curso tuvo que hacer una dramatización. Entonces Ticiana se le acercó a Silvana y le dijo: “Seño, yo quisiera ser la maestra, ¿me prestás tu guardapolvo?”. Silvana atesora una foto que se sacó ese día con su alumna, ambas con el delantal azul. El mismo que se volvió a poner para ir a la escuela cuando se cumplió el primer aniversario sin Ticiana. Dice que el homenaje se coronó cuando Wanda, la mamá de Tici, la abrazó y le dijo: “Seño, gracias por ser inspiradora de mi hija, porque ella quería ser maestra”.

Hablar de Ticiana para Silvana es hablar de una nena decidida ya a sus 12 años, escuchando música en el patio de atrás o proponiendo cosas para hacer con sus amigos. Una chica activa, una líder natural. Se ríe al recordar que en clases cuando no entendía algo la adolescente se ponía la lapicera en la boca y miraba para arriba. O cuando, por su apacible tonada sanjuanina, le decía: “Vos señorita nos retás pero no parece un reto”.

“Si yo soy terrible, mi hermanito es más”, le dijo en otra ocasión. Ticiana se refería a Mateo, de 9 años y ahora alumno de Silvana. La seño dice que un día se sorprendió al descubrir en ese nene la misma mirada que su hermana: “Esos ojitos tan lindos que tenía, llenos de vida”.

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La leyenda del lapacho

Apenas sucedió lo de Ticiana, la escuela buscó transitar ese dolor. Darle espacio para que se exprese, pero también transformarlo en esperanza. Así lo sintetiza Andrea Benítez, directora del secundario de La Rocca. Por eso de inmediato organizaron un encuentro virtual con las chicas y los chicos del curso y eligieron abordar la pérdida desde la leyenda guaraní del lapacho. Una historia que habla del coraje de ese árbol, él único que eligió florecer en el invierno. “A Ticiana —dice la directora— le encantaba todo lo que tenía que ver con la naturaleza, las plantas y los árboles. Por eso decidimos trabajar esta leyenda, para pensar cómo florecer ante los inviernos de la vida”. Para las próximas semanas en la escuela tienen pensado plantar un lapacho en un patio lindero a la parroquia.

En una repisa de la dirección de la escuela hay un cuadrito con una foto de Ticiana donde saca la lengua y traza un corazón con sus manos. A un costado tiene dibujado un colibrí junto a la frase: “Tomate tiempo para hacer cosas que hagan que tu corazón sonría... hasta que nos volvamos a ver”. Fue un presente que hizo Wanda, la mamá de Ticiana, en marzo pasado cuando su hija hubiese cumplido 15 años. El 14 de septiembre, el día del aniversario, además de la suelta de globos y la inauguración del mural hubo una celebración en la capilla. Allí Wanda leyó un texto conmovedor sobre su hija y sus huellas siempre presentes: “Hay que tener los ojos preparados para ver y no solo mirar, los oídos para escuchar y las manos para palpar más allá de la piel, el olfato para sentir y cada día lo corroboro con amor infinito. Aunque a veces camine tres pasos y retroceda diez, con la valentía de seguir caminando a pesar del dolor”.

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Del dolor a la esperanza

Gabriela Soligo es profesora de inglés del secundario y acompañó al curso en el proceso de construcción de ese mural recordatorio. “La idea —dice— es retrabajar el dolor como algo que sucede en la vida. Y salir adelante recordándola con alegría, como hicieron ellos, que se estuvieron contando anécdotas en el salón”. Ticiana fue su alumna desde la primaria y la evoca siempre feliz, a veces protestando por algo, pero que no pasaba inadvertida nunca. “Siempre tenía algo para decir, ya sea desde la protesta o desde la alegría. Estaba siempre enchufada, y te dabas cuenta cómo estaba porque revoleaba los ojos. Con los ojos expresaba absolutamente todo”, cuenta la teacher.

Las muertes violentas, absurdas e injustas de alumnos y exalumnos golpean a las escuelas. Y allí el desafío de maestras y maestros por tramitar ese dolor y conversarlo en los patios y en las aulas desde el protagonismo estudiantil. Como dice Soligo, también para contarle a los más chicos que se puede, “y que los jóvenes, a quienes tanto se critica, tienen un potencial impresionante para poder reponerse a cosas y tienen mucho para enseñarnos”. Silvana Trigo dice que en su trayectoria bregó siempre por animar a sus alumnos a aceptar desafíos y seguir adelante. Por eso cuando pasó lo de Ticiana el dolor fue desgarrador. Por la impotencia: “En mis veintipico de años como maestra tengo dos posibilidades, o bajo los brazos y digo esto no se puede, o sigo construyendo con mis alumnos y creyendo que podemos transformar el lugar en donde estamos. Me quedo con lo segundo. Y transformar el dolor en esperanza, para acompañar a los que quedan”.

Wanda cuenta el mito de la creación del colibrí con ternura. El mito de origen de esa ave pequeña encargada de llevar mensajes de seres queridos. “Por eso cuando veo un colibrí es mi mamá, mi papá, mi hija. Es el único animal que puede volar hacia delante y hacia atrás. Eso nos dice que en la vida avanzamos y retrocedemos, pero el aleteo del colibrí es infinito”, dice. Está sentada junto a Hernán, su marido, en una salita de la escuela. La misma institución a la que ella asistió de chica y que eligió para sus hijos. “Estoy muy orgullosa de mis hijos, porque tanto Ticiana como Mateo siembran, siembran y siembran”, dice la mujer.

La suelta de globos, la visita de los chicos a su casa en marzo para los 15 de Ticiana y ahora mural. Se sienten agradecidos y acompañados “desde el minuto cero”, como resume Hernán. Sus palabras transmiten calma.

Las imágenes de aquella tarde-noche donde cambió todo se hacen presentes. Incluso había nenes jugando en la calle cuando se escucharon las detonaciones. Ticiana se había anotado en un curso de Parques y Paseos. Le gustaban tanto las plantas y el rosedal que hasta estaba obsesionada con saber quién cambiaba a diario la fecha que se escribe con flores en el Parque Independencia. “Nunca en mi vida había prestado atención al sonido del cielo, a los pájaros, a las plantas. Por eso —dice Wanda— fue un antes y un después, y siento esas señales. Creo en eso, y ese mundo me salvó”.

Cuenta que Mateo la tiene muy presente a su hermana e imagina qué estaría haciendo ella. Todo el tiempo. Las maestras dicen que cuando sale al recreo Mateo a veces se para frente al mural del colibrí, lo contempla y sonríe. Incluso suele dejar cerca su mochila. O escribe cartas. Días atrás dibujó en una hoja rayada un corazón bien rojo con pinturitas y con lápiz negro puso: “Hola hermana mía, te hago este dibujo porque te amo mucho. Muchas gracias por enseñarme algunas cosas. Mateo E”. A la hoja la pegó en el mural y las maestras la cubrieron con un folio para que no se arruine. Para que la lluvia no diluya las palabras ni se pierda el color.

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