Educación

Sobre el rol y el valor de la lectura en la escuela

La tarea de formar lectores necesita de un trabajo cooperativo y consecutivo entre la familia y la escuela.

Sábado 30 de Marzo de 2019

La sociedad legó a la escuela la misión ineludible de enseñar a leer a las nuevas generaciones. En ella la infancia inicia su proceso de alfabetización y es ya desde esta etapa fundacional (y con el libro de texto) desde donde se comienza a usufructuar de la lectura como método pedagógico prescriptivo para transmitir saberes y consolidar aprendizajes. Esta representación de la lectura como práctica escolarizada/obligatoria lamentablemente se impone también sobre los textos literarios que por su esencia estética requieren siempre de experiencias lectoras libres y re-creativas, alejadas de cualquier motivación impuesta o didactizante.

Esta concepción instrumental y utilitaria que aún impera en muchas de nuestras escuelas hace que el niño generalmente relacione la lectura (ficcional y no ficcional) con la imposición y la tarea escolar; una circunstancia restringida y desafortunada que lo lleva a concebir a esta praxis social y cultural como a una mera actividad educativa que se caracteriza por ser rutinaria, odiosa y aburrida. La desnaturalización de la lectura termina perniciosamente configurando en el imaginario infantil un creciente rechazo hacia los libros; motivo que les impide sostener, además, el vínculo voluntario, constante y gratificante que se requiere construir desde la infancia para solazar la lectura durante el resto de su vida. Es notable cómo la misma institución que se presenta exitosa para alfabetizar, se muestra a la vez incapaz de generar o regenerar en ellos el ineluctable deseo de leer y de seguir leyendo literatura, más allá de las exigencias formativas.

Al respecto, el escritor norteamericano Jim Trelease, en su famoso Manual de la Lectura en Voz Alta, arguye: "Uno de los objetivos de la escuela debería ser formar lectores para toda la vida, es decir, egresados que sigan leyendo y educándose a lo largo de su vida adulta. Pero la realidad es que formamos lectores para la escuela, estudiantes que saben leer suficientemente bien para graduarse. Y en este punto, la mayoría hace un voto silencioso: que llegue pronto el momento en que no tenga que leer un libro más".

Y esto sucede, según mi experiencia docente, porque desde los diferentes ciclos y niveles del sistema educativo se desatienden, debilitan o desfiguran algunas de las condiciones pedagógicas más importantes para la formación de lectores: la diversidad de soportes y prácticas, la persistencia y socialización de la actividad lectora y, primordialmente, la gratuidad de la experiencia literaria.

"La misma institución que se presenta exitosa para alfabetizar, se muestra a la vez incapaz de generar o regenerar en los chicos el deseo de leer"

Claramente formar lectores es muy distinto de enseñar a leer. Adquirir la habilidad para decodificar textos no augura ni crea lectores; y como no nacemos lectores, por el contrario, nos hacemos lectores —o en su defecto, no lectores— es preciso que los responsables directos del hecho educativo conozcan e impulsen prácticas y estrategias concretas y sistemáticas (como la lectura en voz alta, diaria y compartida) para acercar y vincular amorosa y desinteresadamente al niño con el libro. Además de "enseñar" la lectura como contenido a aprender en la escuela es imperioso impulsar en la infancia las ganas y la necesidad de adentrarse voluntariamente en los libros. Y para lograrlo es ineludible que directivos, maestros y bibliotecarios estén convencidos y preparados para leer, para leer-les y para hacer-les leer literatura a todos los niños y jóvenes. Y leer, de modo prioritario, literatura porque es la vertiente más preciosa e inigualable de donde abrevan y crecen esos lectores activos e inteligentes, perseverantes e imaginativos, que pretende la escuela y que la sociedad demanda.

Ahora bien, a esta altura corresponde plantearnos algunos interrogantes que nos lleven a re-pensar el lugar y la importancia de la lectura en la escuela y en la sociedad: ¿quién duda hoy de que su dominio por parte de los niños requiera un compromiso del conjunto de la ciudadanía y no sólo de la docencia en particular? Hay, además, otras cuestiones importantes que nos debe exhortar a todos los que, de algún modo, trabajamos para concretar el sueño colectivo del Derecho Social a la Educación. Quienes tienen la fortuna de nacer en el seno de una familia lectora y en un entorno social en el que la presencia de la literatura es celebrada, generalmente no necesitan grandes estímulos para leer. ¿Pero qué pasa con aquellos estudiantes que llegan a nuestras escuelas carentes de familiaridad (por lo tanto, de experiencias gratificantes) con los libros y la lectura? Es ahí donde la escuela y la biblioteca, para una enorme mayoría de niños que provienen de contextos socialmente desfavorecidos, se constituyen en espacios irreemplazables y únicos de concurrencia, familiaridad y goce de los bienes y prácticas culturales que resultan de la cultura escrita. Este aspecto vital e indubitable de la lectura es lo que fundamenta su declaración como un derecho de todas las personas.

Sabemos además que la tarea de formar lectores precisa de un trabajo cooperativo y consecutivo entre la familia y la escuela. Los padres o tutores —siempre que puedan y quieran— irán acompañando los logros de los niños y niñas e incentivando el placer cotidiano por la lectura literaria. Una vez adquirida la práctica y la necesidad de contacto con los libros, los más pequeños naturalmente alternarán sus lecturas oscilando entre lo obligatorio y lo recreativo. En este sentido, la lectura en voz alta y sostenida de obras literarias fortalece la alfabetización inicial al incrementar y diversificar el caudal léxico de los niños, les permite ampliar el conocimiento de su espectro cultural, además de favorecer la construcción mental de representaciones simbólicas de la realidad. Esas incipientes experiencias lectoras, al equiparlos con referencias literarias y del universo de la cultura, los introducen en convenciones sociales, imaginarios y simbolizaciones novedosas que le traducen el mundo, los sentimientos y los comportamientos humanos más diversos.

"La lectura en voz alta y sostenida de obras literarias fortalece la alfabetización inicial al incrementar y diversificar el léxico de los niños"

Por todo esto y ante el reciente inicio del ciclo lectivo, podemos acordar que hoy más que nunca se requiere que en las instituciones educativas que se proyectan inclusivas y con calidad educativa, los adultos que la conforman deben entender y asumir que son (o deberían ser, antes que cualquier otra cosa) maestros y maestras de lectura; porque de su talento, de su responsabilidad y de su sensibilidad va a depender en gran medida la ulterior simpatía o aversión de sus estudiantes hacia los libros y hacia la lectura.

Para cerrar esta sencilla meditación y a modo de síntesis, quiero retomar las certeras palabras de la escritora argentina Graciela Montes, que en su ensayo La formación de lectores y el llanto del cocodrilo, nos interpela (como lo hago ahora a quienes lean este escrito) a revisar y/o mejorar las acciones y representaciones propias sobre la inefable cuestión de los niños y la lectura: "La sociedad fabrica no lectores y, cuando ve su producto, no atina sino a agarrarse la cabeza escandalizada. Primero provoca el incendio y después sale corriendo a llamar a los bomberos? ¿Qué tal si probamos alfabetizar (pero alfabetizar en serio), sin mezquindades a todos nuestros chicos, darles escuelas, maestros bien remunerados, libros? ¿Qué tal si les regalamos bibliotecas jugosas, muchas bibliotecas —de escuela, de aula, de sindicato, de club—, rebosantes de libros excitantes y codiciables? ¿Qué tal si les donamos un poco de nuestro tiempo, de nuestra voz, de nuestra compañía junto con los libros? ¿Qué tal si pensamos y estimulamos el pensar, el criticar, el discutir, el informar acerca de la propia vida? ¿Qué tal si volvemos a hablar con nuestros hijos de las cosas de todos los días, de las cosas de antes y de ahora, de nuestras fantasías? ¿Qué tal si intentamos recuperar nosotros mismos la codicia del libro, el tiempo libre y privado, la reflexión, la mirada aguda, el placer por las palabras? Si después los chicos siguen empecinados en alejarse irremediablemente de la lectura podemos mover apesadumbrados la cabeza y sentarnos a discutir el mañana; hasta tanto no lo hagamos, nos limitaremos a gimotear y seguiremos chapoteando en nuestras lágrimas de cocodrilo".

(*) Fue coordinador del Plan Provincial de Lectura de la Provincia del Chaco (2009-2015). Actualmente, a cargo del trayecto de Postítulo Docente y Bibliotecario en Pedagogía de la Lectura con orientación en Literatura para Niños y Jóvenes que se dicta en el Instituto de Estudios Superiores de la Fundación Mempo Giardinelli, institución en la que ejerce el cargo de rector.

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