Educación

"Se pide inclusión a la escuela y el sistema produce exclusión"

La psicopedagoga Liliana González propone recuperar la mirada entre adultos y chicos en tiempos de pantallas.

Sábado 31 de Agosto de 2019

"Nos ha tocado educar, enseñar y trabajar en tiempos no paradisíacos, con subjetividades saqueadas por la injusticia social, la marginación, la desocupación, el consumismo exacerbado, la crisis de valores, la explosión tecnológica (…) Escenario difícil para quienes intentan seguir apostando a la subjetividad y la inclusión". Así se expresa la docente y psicopedagoga Liliana González en Volver a mirarnos, un libro que es una invitación al reencuentro en medio de las urgencias, los avances tecnológicos y la rutina.

Escrito en colaboración junto a su hija Natalia Brusa —licenciada en comunicación social por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC)— el libro propone repensar la relación del mundo adulto con las infancias desde la verdad de la mirada y el cara a cara, el valor del juego, ciertas dinámicas de crianzas que define como "pantallacéntricas" y las relaciones virtuales. Pero también los desencuentros con las adolescencias y el rol de las familias y las escuelas en tiempos "vertiginosos y frágiles".

Especialista en clínica de niños y adolescentes, González fue docente de psicopedagogía y educación especial en el nivel superior durante treinta años; y coordina talleres para padres y docentes, además de ser conferencista y columnista en distintos medios. En una reciente visita a Rosario, González dialogó con La Capital y advirtió que "el docente tiene que apostar a la subjetividad más que nunca" y propuso un cambio en las escuelas "de 180 grados", aunque aclaró que no pueden hacerlo solas. También admitió que su principal nostalgia es "la de la vereda", cuando los chicos salían a jugar y regresaban cuando caía el sol.

—En el libro plantea que el actual es un tiempo difícil para los que apuestan a la subjetividad y la inclusión ¿Cómo interpela eso a la escuela?

—El sistema sociopolítico que nos rodea tiende a excluir a la gente más que a incluirla. Cada vez hay más pobres, las diferencias sociales se acentúan, los que tienen más cuentan con mayores posibilidades al acceso informático y tecnológico, mientras hay gente que todavía no tiene luz. Entonces se le pide a la escuela inclusión cuando en general el sistema produce más bien exclusión. Esta es una encrucijada para la escuela ¿Me preguntás qué hace la escuela? Y, hace lo que puede. La verdad es que cada vez que me encuentro con los docentes trato de sacar de su estado a los que están en esa postura de impotencia, con esa sensación de que no pueden hacer nada, cuando en realidad conozco casos donde un docente ha dejado huellas en alguien y ha abierto una puerta para otro destino. El docente tiene que apostar a la subjetividad más que nunca. Fui maestra normal en la época en la que se hablaba de grupos homogéneos, donde la idea era que si tenías un aula con chicos de ocho años todos aprendían igual. Eso se cayó el primer día que entré al aula, porque nunca encontré chicos que aprendían igual. Cuando a vos te dicen "atienda la diversidad" desde el sistema político y educativo, vos decís: "¿Y cómo no la vas a atender si no hay uno que aprenda igual al otro?". El tema de la diversidad y de alojar la subjetividad estuvo siempre. Lo que pasa que vienen subjetividades muy dañadas. Creo que esa es la diferencia con mi época.

—¿Cómo es eso?

—Hoy vienen, en general, chicos con mucha soledad familiar, muy solos. Con padres hiperocupados, cansados y colapsados que han tercearizado la crianza desde muy pequeños en guarderías o en la tecnología. Hoy tenemos muchos chicos con chupete electrónico, que al primer capricho en vez de resolverlo con el abrazo y con la palabra, como se hacía antes, se les da una tablet o un celular para que se calmen y no molesten.
"Hay chicos muy solos, con padres hiperocupados que han tercearizado la crianza en guarderías o en la tecnología"

—Dice en el libro que estos son tiempos de crianzas pantallacéntricas

—Claro, porque la verdad es que lo que nos está pasando es que los adultos no podemos dejar las pantallas cuando llegamos a casa. Entonces los bebés nacen y ven eso. Yo no creo que sean nativos digitales como se dice, nadie puede comprobar que los chicos nacen con otro cerebro que desea lo digital. Porque si fuera así, ¿cómo nacen los chicos del África profunda o los chicos de Traslasierra en Córdoba, donde no hay luz? ¿Diríamos también que son nativos digitales los que nacen en entornos donde no hay tecnología ni wifi? Los chicos nacen y se encuentran con un mundo que le acercan los adultos. Ellos no eligen el celular o el cuento, les dan el celular y ahí los hacemos nativos digitales.

—Nota entonces que la mirada está más puesta en las pantallas que en los rostros familiares?

—Yo creo que la gran confusión de esto es creer que estar conectados es estar comunicados. La comunicación exige la presencia, mirarse, escucharse. El encuentro humano tiene que ver con eso, con que cuando me mirás me estás diciendo cosas que no me las dice el emoticón, el WhatsApp o el audio. Es más, todo esto puede ser mentiroso. Te puedo decir que tengo 40 años cuando tengo 71. Te puedo mandar la foto de mi hija en vez de la mía. Todo lo que transcurre en lo virtual tiene esa capacidad de mentir. En cambio la mirada y el encuentro real no es mentiroso. En ese valor de la mirada es donde nacen las historias de amor. Y si nacen en el chat, va a hacer falta la presencia real para autentificar con la mirada y con la piel que eso que nació en el chat se transformó en una relación amorosa. Mientras tanto es una relación virtual.

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—Del sistema que produce excluidos que hablaba al principio, lo que sucede muchas veces es que los chicos viven su infancia sólo en la escuela, porque fuera de ella están atravesados por violencias, vulneración de derechos y carencias.

—Y ahí vos decís: ¡Qué suerte que está la escuela! Pero también yo pienso que el sistema político debería garantizar que eso no pase, porque la escuela no debería ser un comedor. Los chicos no deberían ir a la escuela a comer o a protegerse de las balas, sino ir a aprender. Pero en este contexto, por suerte están las escuelas. Porque si los chicos de zonas vulnerables no pasan por la escuela repiten la historia de sus padres. Si vos de niño lo único que has visto es prostitución, alcoholismo, droga y delito ese va a ser el mundo para ellos. Entonces lo reproducen y multiplican. Sin la escuela, que su función es mostrar muchos mundos posibles, esos chicos están perdidos. Por eso hay que garantizar la inclusión de estos chicos en las escuelas sí o sí. Pero mientras tanto tiene que haber políticas sociales que saquen a la gente del hambre y que tengan trabajo para poder alimentar a su familia.

—En el libro dice que hoy "lo sagrado se desvanece", porque docentes y escuelas también son blancos de robos y violencias.

—Sí, también están vulneradas las iglesias o los jardines de infantes ¿Cómo podés entender que haya gente que vaya robar cosas a un jardín de infantes o a un hospital? Lo sagrado se desvanece en ese sentido, porque el respeto cayó. No quiero ser apocalíptica, siento que todo se puede volver a construir. Pero lo tenemos que hacer entre todos.

—En función de estos tiempos e infancias, ¿qué tipo de escuelas o docentes se necesita?

—Sueño con una docencia casi de nivel universitario, como es en Finlandia. Donde sean doctores en educación, como hay doctores en medicina o en leyes. Que sean prestigiados socialmente y bien pagos. No puedo creer que el docente esté con un sueldo casi en la línea de la pobreza. Porque el docente es el que lleva la cultura al aula, y la cultura no es tan barata. Hay que comprar buenos libros, ver buen teatro, escuchar buena música. Hacer algún viaje para contarle a los chicos de qué se trata el mundo. Y están realmente sin poder hacer eso. Por un lado está la capacitación y por otro lado la vocación docente. Todo aquel que entró a estudiar magisterio porque era una rápida salida laboral, yo ruego que encuentre la vocación en el camino, porque sino no podés pararte en el aula. Si no está el buen sueldo y no está el reconocimiento social, por lo menos que esté el cumplimiento de una vocación, que es el encuentro con el alumno. Creo que la escuela tiene que hacer un cambio brutal, de 180 grados. Pero no lo va a poder hacer sola. No lo va a poder hacer con familias que no apoyan. Que también pasa en sectores ricos, con familias que se llevan los chicos a Disney quince días en plena época escolar y cuando preguntás cómo recuperan eso te dicen: "Bueno, en un fin de semana copian todo". La salida es entre todos. Lo mismo si mandás al chico a la escuela sólo porque te importa que esté ocho horas ahí y no te importa lo que pase adentro. Y después hablás mal de la maestra o la directora ¿Qué escuela vas a construir? A la escuela la construimos entre todos. Desde el presidente, que habla de la escuela pública como habló, hasta la directora que a lo mejor no está pudiendo con esa escuela..

—¿Con lo del presidente se refiere a cuando Macri dijo aquello de "caer en la escuela pública"?

— Claro, fue una frase muy desafortunada, porque la escuela pública es la escuela de la igualdad. Si hay democracia tiene que haber escuela pública, que es la que reparte para todos por igual.

"Tengo nostalgia de la vereda, cuando los chicos salían a jugar y volvían cuando caía el sol. Es todo un símbolo de una infancia perdida"

Nostalgia de la vereda

En Volver a mirarnos, Liliana González traza una radiografía de los distintos encuentros y desencuentros entre las familias y las escuelas. Sin embargo, propone a los docentes salir de la postura de decir que "alumnos eran los de antes", para enfocarse en las demandas y necesidades de los chicos y chicas de hoy, que merecen "una pedagogía de la esperanza".

—Esto significa no tener una mirada nostálgica ni idealizar el pasado

—Exacto, pero tengo una nostalgia que debo confesar: la vereda. Esa capacidad de decirle a los chicos ¡abran la puerta, salgan a jugar! Y que vengan cuando cae el sol. Eso ya no existe más y eso me da nostalgia. Porque es todo el símbolo de una infancia perdida. La infancia del juego con otros, no de juegos electrónicos. Mis chicos llegaban a las ocho de la noche, cuando caía el sol y era tal la mugre que traían de haber jugado en la canchita lo suficiente que nunca tuve que gritar para que se fueran al baño. Pasaban solitos, porque ni ellos se aguantaban (risas). Esa es la infancia que a mí me gusta: venían sucios, cansados y con mucho hambre. Hoy no está pasando eso, porque un chico que ha estado seis o siete horas tirado en un sillón comiendo papitas fritas y viendo pelis o lo que fuera llega a la cena sin comer, la melatonina no la tienen en la sangre, por lo tanto demoran horas en dormirse. Realmente hay problemas de alimentación y sueño en la infancia. Y una epidemia de obesidad infantil con diabetes que nos está alarmando profundamente. Chicos que comen mal, no solamente los que no comen, porque no tienen nada, sino los que, teniendo, comen mal porque no hay quien piense en un alimento saludable y entregarles una comida con amor. Y una cosa más: no se puede comer viendo el noticiero, porque ese es el camino a la úlcera gástrica para adultos y para niños. Siempre digo que hay que hacer la digestión y después ver por internet las noticias, pero nunca mientras estás comiendo.

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>> El WhatsApp de "mamis y papis" y la lectura

Uno de los capítulos del libro analiza los grupos de WhatsApp de padres y madres de la escuela, sus usos, beneficios y malas experiencias. Entre estas últimas, se menciona cuando a través del chat se debaten rumores, se cuestiona a docentes o se utiliza casi exclusivamente para pedir información que debería ser aportada por los chicos, como tareas y fechas de exámenes, lo que trae como consecuencia "niños que no se hacen cargo de sus deberes, a sabiendas de que sus madres o padres podrán subsanar esa falta acudiendo al grupo de chat".

"Ese capítulo es de mi hija, porque yo no soy de la época del WhatsApp. Que nació como una herramienta comunicacional interesantísima y se transformó en muchos casos en una herramienta de boicot a la escuela, de crítica despiadada a los docente o sus didácticas. O de ventilar cuestiones personales de niños en el chat. Por ejemplo, si la maestra hoy le gritó a Pedro, eso le importa a Pedro y a sus padres. Pero se pone ahí y el resto de los padres hacen un piquete whatsappero", advirtió González.

—También menciona cuando el chico se olvida una tarea pero se desentiende del tema, total alguien se la va a pasar por el chat.

—Siempre hay una mamá divina que saca la foto, la pasa y tiene la tarea. Yo le pregunto a mis pacientes: ¿Por qué no copia? Y te contestan: porque la seño borra rápido. Y no es que la seño borra rápido, es que ellos están escribiendo despacio o no están escribiendo. No tienen ganas de escribir, no tienen ganas de leer. Es muy aburrido para ellos. Eso no sabés cómo duele. Cuando me recibí hace 50 años trabajaba con niños con dificultades para la lectura. Ahora trabajo con chicos que no quieren abrir un libro, que no es lo mismo.

—¿Eso arranca por casa?

—Bueno, ¿cuántos adultos han dejado de leer? ¿Cuántos niños ven a sus padres leyendo un libro? Está todo el mundo con el celular. Además, Netflix ha barrido los libros de la mesa de luz. Allí donde uno tenía a veces dos o tres libros empezados, ahora la gente mira series hasta dormirse. Y si han dejado de leer los adultos, ¿cómo no van a dejar de leer los chicos?

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