Educación

"Se le pide a la escuela que se convierta en el corazón de un mundo descorazonado"

El psicólogo y docente Eduardo de la Vega analiza el presente escolar frente a los altos niveles de marginación social.

Sábado 09 de Noviembre de 2019

“Hablar de inclusión naturaliza la exclusión, por eso prefiero que hablemos de sociedades justas”, reflexiona el doctor en psicología Eduardo de la Vega. Docente e investigador, De la Vega es autor de La escuela como rehén, crónica de un crimen perfecto (Laborde Editor) y cuestiona que “un mundo que excluye le pide a la escuela que incluya”.

De la Vega dialogó con La Capital minutos antes de brindar en Sadop Rosario una charla sobre “La escuela frente a la exclusión de la infancia”. El psicólogo invita a poner en tensión “los singular y lo común” para trabajar el “estar juntos”. Y sostiene: “No podemos avanzar en una escuela más justa si no tenemos mayores espacios de autonomía y libertad”.

—¿Cómo pensar la escuela en contextos exclusión social?

—Eso es lo que planteo en el libro El crimen perfecto. Hay una desmesura en el pedido que se le hace a la escuela, que la excede, en el sentido que un mundo que excluye le pide a la escuela que incluya. Y esta es una trampa, porque con el 50 por ciento de los chicos en situación de pobreza, la escuela está rebasada por la situación. Por eso es una trampa, porque se le pide a la escuela que se convierta en el corazón de un mundo descorazonado. Ese es el escenario del crimen perfecto, que implica culpar a un inocente de un crimen que no cometió, de modo tal que todos crean en la culpa del inocente, y él también. Entonces, la escuela y el maestro quedan como rehenes.

—Si hay una trampa de exigir a la escuela que incluya en una sociedad que excluye es porque no es ingenuo, hay una intencionalidad.

—Sí, totalmente. Creo que el tema tiene que ver con cómo los poderes han utilizado los relatos revulsivos, fundamentalmente las revueltas y luchas de las minorías. Cómo el poder utiliza estos discursos. Baudrillard dice que hoy los poderes colonizan con relatos descolonizadores. En Colombia el neoliberalismo te habla de inclusión y los populismos insurrectos también. Nadie deja de ser políticamente correcto, pero este colonizar con el relato emancipador lo que introduce es el dejar al maestro como rehén, porque en esa culpabilización queda rehén de la formación permanente y los especialistas de turno. Va a estar condenado a perpetuidad a deambular por los laberintos de la formación, de los especialistas. Pero también el maestro permanece en estado de duda y desaliento, lo que desactiva las condiciones del pensamiento crítico. Esto inhibe e inmoviliza. Esto va de la mano del decir “caer en la escuela pública”.

—¿Qué ves en esa metáfora que dijo el presidente?

—Ahí esta clarísimo esto de culpar a la escuela del fracaso de la inclusión. Entonces aparecen todas esas frases de “no trabajan”, “tienen tres meses de vacaciones”, o “los chicos no aprenden porque el docente no se forma”. Está permanentemente esta idea de mostrar esta cara de la escuela, e invisibilizar la otra, que es la escuela en su virtuosismo y sus posibilidades, po las que hay que sacarse el sombrero. Hoy muchos chicos están sin adultos, sin casas, sin alimentos y sin Estado; y lo único que les queda es la escuela.

—Solés poner en discusión el concepto de inclusión

—Claro, porque creo que hablar de inclusión de alguna manera naturaliza la exclusión. Por eso prefiero que hablemos de sociedades justas. Si tenemos sociedades justas e igualitarias no hay necesidad de hablar de exclusión ni de inclusión. Si hacés una revisión de la literatura sobre la inclusión vas a ver que la palabra inclusión aparece después del 80, de (Ronald) Reagan y (Margaret) Thatcher, cuando la exclusión se conoce en el mundo como resultado de la globalización neoliberal y aparecen en gran escala los fenómenos de exclusión. Pero ese no es un fenómeno moderno sino posmoderno. Marx no habló de exclusión, sino de explotación. Lo mismo Foucault, que habló de la normalización y biopolítica, porque el capitalismo del Estado de Bienestar no quería masas excluidas sino todo lo contrario, integrar a todos. Pero desde los 70 y 80 hay un sistema económico y político al que no le interesan todos adentro.

—¿Y la escuela también excluye?

—No, tampoco se puede acusarla de eso, más en la Argentina. En general la escuela pública que nace con la Revolución Francesa no excluyó. Ahí hay una confusión, porque una cosa es normalizar y otra es excluir. Los sistemas de primaria en el mundo y en América Latina en la década del 50 tenían el 100 por ciento de los chicos adentro ¿En qué sentido excluyó? Incluso las personas con discapacidad estaban en las aulas y las escuelas especiales las crea Ramos Mejía a principios del 1900, que se llamaban escuelas de “niños débiles”. Después en el 40 aparece el sistema especial fundado por Carolina Tobar García. Lo que hace la normalización es crear categorías de sujetos y circuitos diferenciales, para corregir, disciplinar y normalizar. Pero eso no es excluir.

—¿Qué cosas sí crees que pueden pensarse desde la escuela?

—Trabajé muchos años en equipos interdisciplinarios y en el tema de integración en distintos ámbitos. Y lo que invito es a pensarnos dentro de la escuela. Creo que tiene que eludir estas trampas y no caer en la culpa, la desesperanza y la desorientación. También hay que responsabilizar al verdadero culpable, que es la política. Primero porque pide imposibles a la escuela y se lava las manos. Y segundo porque hubo políticas que fueron terroríficas, desde la evaluación y la gestión. Mientras hablamos de emancipación y pensamiento crítico, las formas del gobierno de la escuela son absolutamente verticalistas. Los Consejos de Integración Escolar eran espacios de participación y los eliminó la misma política educativa. Por eso planteo que es necesario crear espacios de libertad locales, entre escuela y la comunidad. No podemos avanzar en una escuela más justa si no tenemos mayores espacios de autonomía y libertad. Pero además creo que hemos perdido la tensión que debemos mantener entre lo singular y lo común, entre lo diferente y lo igual. Hemos despolarizado esa relación y nos hemos jugado solamente por la diferencia. Entonces vemos trayectorias de chicos con discapacidad que en soledad pintan algo mientras otros hacen cosas de matemática. Por eso propongo trabajar desde el estar juntos, que no es una cuestión de proximidad, sino de compartir.

—En esta invitación a pensar sociedades justas, ¿cómo entendés la meritocracia?

—Lo que pasa es que esto de la meritocracia en los discursos de derecha siempre estuvo vinculado con las procedencias y los circuitos del privilegio.

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