Educación

"San Martín fue un revolucionario y una persona tremendamente empática"

En "Los cuentos del Abuelo José", Felipe Pigna imagina historias que el libertador de América pudo haberles contado a sus nietas.

Sábado 17 de Agosto de 2019

San Martín ya es anciano, está instalado en Francia y sus hazañas quedaron del otro lado del Atlántico y en su memoria. Apasionado por la lectura, la música y la pintura, pasa sus últimos días acompañado por sus pícaras nietas Merceditas y Pepita. Ese es el escenario que el historiador y docente Felipe Pigna imagina para Los cuentos del Abuelo José (Planeta).

No es la primera vez que Pigna aborda en un libro la vida del libertador de América. Ya lo había hecho en La voz del Gran Jefe y en una historieta. Pero Los cuentos del Abuelo José son también continuidad de una serie de textos pensados para el público infantil, como los dos tomos de Mujeres insolentes de la historia.

Con ilustraciones de Augusto Costhanzo, Pigna imagina aquellas historias que un San Martín ya viejo pudo haberles relatado a sus nietas. De hechos qué vivió o le contaron. Cada cuento arranca con una situación cotidiana, hasta que el abuelo se predispone a narrarles una historia. Ellas se sientan junto a él y lo escuchan maravilladas. Así aprenden del encuentro de los españoles con los Tehuelches, de la leyenda de la doncella guaraní que se transformó en ave o del mulato Andrés Tejeda, el hombre que quería volar.

"Este libro es un gusto que me di. Cuando hice La voz del Gran Jefe ya estaba presente el vínculo tan lindo y estrecho entre el abuelo y las nietas. Me parecía que era una linda forma de contarles a las chicas y chicos la historia de San Martín a partir de los relatos del abuelo. Y no solo la vida de él y sus vivencias, sino también las cosas que le gustaban como la ópera. Todo esos aspectos no tan conocidos de San Martín", cuenta Pigna a La Capital.

—De las historias que contás, ¿cuál es la que más te llamó la atención la primera vez que la escuchaste?

—Me conmovió mucho la del molinero Tejeda, porque es una historia hermosa, es el tipo que, podríamos decir, soñó con la fuerza aérea sanmartiniana (risas). Un emulo del "hombre pájaro" de Da Vinci. Él ya estaba trabajando para San Martín y convierte su molino en una máquina de abatanar. Es decir, golpear la tela para que los tejidos queden lo más cerrados posibles para que no pase el frío. Le cuenta muy en secreto a San Martín su idea de crear una máquina para volar. Él le dice que le parece maravilloso pero imposible. Y un día San Martín se entera que este personaje increíble lo intentó, que voló algunos minutos, cayó y se quebró las dos piernas.

—El libro marca desde el principio la rivalidad entre San Martín y Rivadavia, que se omitía en los textos infantiles de otras épocas.

—Claro, se omitió porque el conflicto era como una mala palabra y hoy los chicos la tienen clarísima. Ven series muy complejas o juegan a videojuegos absolutamente conflictivos. Cuando uno ve Cartoon Network lo paródico está presente permanentemente, entonces los chicos tienen la clara idea de lo que es la parodia, la doble lectura, el surrealismo. Sin saberlo seguramente con ese nombre. El animé también tiene una estética parecida. Entonces, la verdad que omitir a un chico que San Martín y Rivadavia eran enemigos me parece una cosa del siglo XIX, donde se consideraba que no era bueno que los niños supieran que los próceres peleaban. Y eso atrasa 200 años.

—Bueno, en la gestión anterior hubo intentos desde Zamba o Canal Encuentro de introducir otros debates y figuras.

—Totalmente. Vi como un momento luminoso lo que fue Canal Encuentro, hoy con pretensiones de destruirlo. Zamba me pareció altamente interesante, algunos capítulos uno los podría haber criticado porque quizás eran demasiado dicotómicos, pero sí sirvió muchísimo para que los chicos conocieran a Florentino Ameghino, Atahualpa Yupanqui, Juana Azurduy, José de San Martín, Manuel Belgrano o Martín Miguel de Güemes. Que se transformaban en héroes de los pibes y me parece maravilloso que en vez de Superman lo quieran a San Martín. No estoy equiparando a San Martín con un superhéroe, pero quiero decir que la cosa de tomarlo como modelo es algo lindo. La cantidad de fotos que tengo de pibes que se disfrazan de San Martín para su cumpleaños es maravillosa. Por eso yo rescato esa etapa de Canal Encuentro. Fui parte de ese proyecto también, con documentales y varios ciclos que hicimos. Era un canal buenísimo que iba acompañado de una gran producción y material didáctico para las escuelas.

—Si tuvieras que hablar con un pibe y sintetizarle quién fue San Martín ¿Por dónde arrancarías?

—Yo se lo explico en dos palabras. Un revolucionario y una persona tremendamente empática, que por supuesto le explico qué quiere decir la palabra empatía y les encanta: saber ponerse en lugar del otro. Con esas dos palabras alcanzan. Un humanista, podemos agregar. Un gran lector, un apasionado por la lectura que fundó bibliotecas por donde pasó. Eso define perfectamente al Abuelo José. Me parece que hay que desterrar la palabra prócer, que es tan lejana. E incorporar incluso ese término que usan los norteamericanos que es muy lindo, el de "padre fundador". Porque aparte no habla de uno solo, sino de una pléyade de patriotas fundadores. Hombres y mujeres que fundaron, en el sentido de pensar los derechos y todo lo que tiene que ver con la construcción de una patria. O una matria, que es una muy linda palabra.

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Volver a la escuela

Profesor de historia durante treinta años en la Escuela Carlos Pellegrini de la UBA, donde dio clases hasta 2003, Pigna disfruta de sus recorridas por las aulas. "Me encanta mi público más chico y cuando voy lo que hago más que nada es responder preguntas que ellos trabajan durante la semana previa con sus docentes. Y se produce un diálogo muy interesante con los chicos", señala.

—¿Con qué te sorprenden los pibes en esas visitas?

—Primero con su lucidez. No es que me sorprenda sino que me encanta que suceda. No están atravesados por ninguna grieta, entonces son preguntas muy puntuales, muy interesantes, desde una perspectiva infantil. Pero también es una mirada muy lúcida. Entonces hablamos un poco de todo, de cuestiones de género, que están tan presentes entre las chicas y chicos. Presentes en el sentido más lindo, porque lo viven con absoluta naturalidad, no es algo que tengan que impostar. Me cuentan cosas que pasan o pasaron, hablan de sexo, de género, de un compañerito distinto. Todas esas cosas surgen en las charlas. Y la historieta que hice hace algunos años es una de las cosas que me permite, justamente, ir a las escuelas. Porque se está usando mucho como elemento motivador. Me acuerdo de una chica que había hecho una historieta reemplazando a los personajes históricos con Mafalda. Un trabajo hermoso de 40 páginas todo ilustrado que me lo regaló. O llego a las escuelas y están todas las paredes con láminas haciendo alusión a frases históricas. Y uno eso lo siente con mucha emoción.

—¿Quiénes despertaron en vos lo que quizás hoy estás despertando en los chicos?

—En quinto año de la secundaria tuve una gran profesora de historia, Elvira Giacometti, que fue la que decidió mi vocación. Pero en la primaria no tuve esa suerte de que venga alguien a motivarme. No era común, la cosa era más conservadora, estamos hablando de los años 60. Pero tuve algunas maestras interesantes en torno al fomento de la lectura, que eso sí era muy importante en aquellos años. Nos daban a leer un libro el viernes para comentarlo el lunes. Entonces los lunes había treinta libros para comentar, eso era algo maravilloso de la escuela pública. Una idea hermosa que siempre se la tiro a las maestras y muchas la ponen en práctica.

—¿Por qué fue importante en tu vocación esa profesora de historia?

—Fue clave porque ese año fue 1976 y las clases comenzaron con la dictadura. Y ella en ese contexto tremendamente desfavorable nos hacía pensar, cuidándose y cuidándonos, por supuesto. Ya me gustaba la historia, pero ahí pude sentir la importancia que tiene para ayudarnos a pensar y que uno pueda cotejar determinados momentos con otros. Fue una gran profesora que nos hacía trabajar con documentos, leer autores antagónicos para que veamos cómo se construye la historia.

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—¿Y las maestras en las escuelas qué te dicen?

—Las maestras me aman (risas). Tengo una relación muy linda con ellas, platónica, por supuesto. Digo que me aman porque me cuentan que mi laburo les sirve mucho. Generalmente tengo una reunión previa con docentes y directivos, hablamos sobre cómo trabajaron tal tema, en especial para que los chicos puedan elaborar preguntas antes de mi visita. Me parece mucho más útil que ir a darles una charla expositiva, que no deja de ser un embole. Se arma algo donde ellos son protagonistas también. Y otra cosa que me cuentan los pibes y me encanta, porque aparte son lectores míos también, es de su experiencia con Mujeres insolentes. El otro día una mamá me mandó un video donde mientras ella maneja por la ruta está la nena leyéndole Mujeres insolentes. Esto está pasando mucho, que los chicos les leen cuentos a sus padres. Mi ilusión con este libro es que volvamos a la lectura del cuento nocturno, que es algo tan hermoso. Apagar los celulares y empezar a tener ese contacto tan mágico que se da cuando los chicos te piden que cambies los finales o agregues cosas. O que le cuentes veinte veces el mismo cuento. A todos nos pasó. Es un momento mágico que no deberíamos perder, ese permiso que nos dan los hijos o sobrinos para jugar, que es tan necesario en el mundo adulto que vivimos todo el día con tanto quilombo.
"Mi ilusión es que volvamos a la lectura del cuento nocturno. Apagar los celulares y tener ese contacto tan mágico con los chicos"

—¿Se perdió esa práctica de lectura de cuentos?

—Sí, pero estamos a tiempo. No la doy por perdida. Me parece que es impresionante cómo se lee literatura infantil. Estoy entrando en este mundo hace un par de años y hay mucha gente que se ocupa de regalar libros para chicos. Ahí hay una oportunidad, que algunos dejan pasar, porque suponen que están muy ocupados. Pero qué puede ser más importante a la noche que leerle un cuento a tu hijo.

—O también en la escuela. Mempo Giardinelli es un batallador de volver a la lectura en voz alta.

—Sí, por supuesto, porque es hermoso y ayuda. Porque si no hacemos eso tenemos un problema de lectura vacilante, de reconocimiento de subordinadas, de cómo se lee. No es lo mismo leer en silencio que en voz alta, por supuesto. El niño que no construye lenguajes es una persona indefensa. Y de alguna manera el sistema viene batallando para que eso ocurra. A un sistema que los quiere ignorantes y dominados no le interesa que el niño adquiera un lenguaje. Creo que el gran laburo de los que somos docentes de alma es otorgarle palabra, capacidad de pensar y elaborar ideas propias. Que es lo que a mí siempre me hizo más feliz en la docencia, cuando veía a un alumno que elaboraba un concepto propio, no que repetía lo que yo pensaba. Ese es el gran triunfo de una acción pedagógica, que siempre es de a dos. Esto de "llenar la cabeza" tiene que ver con la idea de que el otro la tiene vacía y no es así, la tiene con montones de ideas, inquietudes o historias, lo que sufre o disfruta. Ahí está la magia del momento en el que se produce la acción de enseñar y aprender. Porque uno que enseña aprende todo el tiempo.

—¿Entonces te seguís reconociendo como docente?

—Muero así, obviamente. Es algo que uno tiene adentro y es mágico. Para mí el olor a escuela es uno de los perfumes más lindos que uno puede sentir. Esa mezcla de útiles, pizarrones y tiza es un clima muy especial. Un clima de pureza. Y los docentes son en muchos casos heroicos. Estoy yendo a escuelas muy pobres donde vos ves el enorme sacrificio, las rifas de la cooperadora para comprar un libro, para ayudar al comedor en un momento en el que el Ministerio de Educación brilla por su ausencia. Entonces, ¿cómo no ir y disfrutar, acompañar y sostener eso todo lo que se pueda?

—¿Coincidís con esa frase de Ctera que dice que la escuela pública enseña, resiste y sueña?

—Exactamente, yo creo que la escuela es el primer punto de resistencia contra la barbarie. Y la barbarie no son justamente los chicos, sino la barbarie del sistema.

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