Educación

Reinventarse, enseñar y aprender en tiempos revueltos

Cómo la educación artística y las herramientas digitales se sumaron a las nuevas dinámicas de la escuela de la pandemia.

Sábado 17 de Abril de 2021

De acuerdo al protocolo, educación musical era la primera disciplina con la que niños y niñas entraban en contacto a diario en cada escuela. Estábamos acostumbrados a izar la bandera al comienzo de la jornada y cantar algún tema alusivo a la enseña patria. A veces, un dúo de flautas hacía sonar un aire del norte para conmemorar alguna fecha del calendario escolar. Era habitual recorrer los pasillos, donde se exponían las producciones nacidas de educación plástico-visual y apreciar la variedad de técnicas utilizadas en cada obra allí expuesta. El patio se llenaba de coreografías cuando un curso enseñaba un gato o un chamamé, otro grupo desplegaba la riqueza de una puesta teatral, los títeres sumaban el humor, expresión corporal irrumpía a través del movimiento, en una manera diferente de decir y de contar. Así era la escuela de cada día y de todos los días. ¿Y que nos sucedió que todo se cortó de improviso?

El pasado año escolar fue atípico, dificultoso, cargado de miedos e incertidumbre, aunque al decir de Edgar Morin, “todo destino humano implica incertidumbre irreductible, inclusive la certeza absoluta”. No obstante, no estábamos preparados para los cambios abruptos ni a modificar de golpe las prácticas cotidianas. En este nuevo hacer, enseñantes y aprendientes tuvimos que adaptarnos a un desarrollo educativo inusual, diferente, pues la escuela dejó de ser la rutina diaria tanto para escolares como para docentes y de un día para otro debimos quedarnos en casa, acción que nos exigió cambiar la forma de pensar la educación y la manera de vincularnos. Pero no fue un año perdido, la experiencia adquirida ante la premura, construida a la fuerza de los acontecimientos, permite que hoy podamos convivir entre presencialidad, semipresencialidad y virtualidad. Tal vez no sea esta la primera ni la última vez que la escuela deba reinventarse y posicionarse como el espacio acreditado donde niños y niñas quieran y puedan aprender a aprender.

La realidad nos puso a prueba y en la no presencialidad había que garantizar el derecho a la educación integral de todas y todos. Pero ¿cómo seguir adelante cuando el mundo se cerraba?, ¿qué teníamos para ofrecerles a los escolares para que no perdieran el año lectivo? La urgencia nos invitó a hurgar en nuevas prácticas, aparecían soluciones antes no contempladas (por ejemplo, el celular antes prohibido puesto al servicio de la educación), asomaban nuevos aprendizajes sociales cargados de múltiples desafíos. Desafíos estructurales, pues si bien los docentes sabemos cómo desarrollar clases de 45 minutos en un aula de cuatro paredes, la realidad nos hizo replantearnos todo el proceso de enseñanza y aprendizaje, repensar las formas de evaluar, organizar acciones muy diversas para acompañar a cada aprendiente en su trayectoria, aplicar otras (o nuevas) metodologías, tecnologías, herramientas y formas de trabajo para la apropiación, construcción, transferencia y ampliación de los distintos saberes. En cada una de las experiencias realizadas la creatividad fue el componente fundamental, llave maestra para generar e incorporar propuestas innovadoras que permitieran vincular deseos, demandas, motivaciones, intereses y necesidades escolares. Palabras como Meet, Zoom, Skype, Hangouts, streaming y classroom (entre otras), se incorporaron a nuestro vocabulario cotidiano, las casas se trasformaron en aulas y espacios no sólo de encuentro para reuniones, sino en un ámbito más para el debate, el intercambio de ideas, para plantear dudas y hacer rica la discusión. Al sumarse y aplicar la virtualidad, plataformas y redes sociales, nacía otra forma de participación educativa y desde ese momento nos enfrentamos a un cambio cultural que ya no tiene vuelta atrás, propiciando la reducción de las barreras de aprendizaje, habilitando a que cada escolar pueda pensar por sí mismo al momento de aprender, probar —incluso equivocarse— y resolver problemas de forma efectiva, sin la necesidad de compartir los espacios físicos.

"Si bien las puertas de las escuelas tuvieron que cerrarse, se nos abrió la enorme puerta de las comunicaciones digitales y las panatallas” "Si bien las puertas de las escuelas tuvieron que cerrarse, se nos abrió la enorme puerta de las comunicaciones digitales y las panatallas”

Si bien las puertas de las escuelas tuvieron que forzosamente cerrarse, como única alternativa para continuar se nos abrió la enorme puerta de las comunicaciones digitales y las pantallas, donde los lenguajes artísticos no se quedaron al margen, ¿podían niños y niñas hacer música desde una computadora con la guía de sus maestros?, ¿cómo se desarrollaba la educación plástico-visual sin lápices ni soportes en papel, pero a partir de un mouse?, ¿qué impulso le dio Tik Tok a la expresión corporal?, ¿cómo contar las distintas historias a través de los títeres y ante la lente de una pequeña cámara? Esto indica que también los aprendizajes de los lenguajes artísticos se modificaron, se ampliaron y se han podido fusionar, descomponer, atomizar, superponer, distorsionar, interrelacionarse y fundirse. Las posibilidades son inmensas. Y hay arte digital en cada una de las producciones escolares.

Internet dejó expuestas y al alcance de la educación las plataformas en sus distintos formatos (con y sin uso de tecnologías), algunos docentes, ante la urgencia, tuvieron (tuvimos) que aprender en corto plazo sobre narrativas digitales y gramáticas específicas de los lenguajes a disposición para utilizar y enseñar con medios virtuales, que a veces nos parecían insondables, buscando en las aplicaciones para llegar a muchos y muchas, incluso en territorios donde la conectividad era nula o con tecnologías insuficientes y deficitarias (o donde aún hoy no hay redes). Ante la necesidad se sumaron las radios comunitarias, ofreciendo espacios y creando programas destinados a la escuela (los escolares aprendieron a trabajar desde un podcast), aunque en otros casos también el trabajo docente se valió de las postas, para acercar materiales a cada rincón donde los y las aprendientes necesitaban de la escuela y no accedían a los medios digitales.

Pero, oh, ¡sorpresa!, en la devolución de los “deberes escolares”, cada una de las materias artísticas sirvieron como soporte para mejorar las entregas en las otras áreas del saber —se cumplía aquello de un área como soporte de otra—, niños y niñas grababan sus propios videos, aprendieron a colgarlos, a escanear trabajos, y también elegían fondos y texturas virtuales para sus presentaciones, aprendieron a buscar y utilizar (y otros a crear) los sonidos virtuales y musicalizar cada producción, hablar ante una cámara, contar las propias experiencias (como si fueran influencers) y buscar qué iluminación utilizar. Tecnología aportaba a las artes, las artes a las ciencias y las ciencias a literatura, todo un entramado de saberes disciplinares que han servido para enriquecer, ampliar y desarrollar vastos conocimientos.

La revolución digital nos ha colocado en un espacio que es la clave de la educación del futuro pues, luego de lo acaecido, no tenemos certeza de cuándo puede azotarnos otra pandemia, cuánto puede durar, una situación similar o peor, otro largo cierre de instituciones educativas. De ser así, estaríamos mejor encaminados, podríamos seguir haciendo arte, construyendo poéticas con los aprendientes, donde los títeres podrían ser un camino de fusión entre la animación y la robótica, donde la música hecha con sonidos virtuales podría ser cortina o música incidental de presentaciones educativas y las artes visuales seguirían construyendo y enriqueciendo las propuestas desde los recursos estéticos.

Con este bagaje recorrido (aprendido y aprehendido) tenemos al alcance de la mano un proceso educativo democratizador, abierto y colaborativo: han sido trabajos en conjunto, sumativos y amplificadores. La capitalización de cada práctica, la experimentación/investigación permanente que todos y todas pudimos y tuvimos que realizar durante un año exacto, debe servirnos para promover mejoras sustanciales, donde los medios digitales no sean sólo un adorno más, sino una realidad tangible para cada escuela, rutas de conocimiento para cada aula y una extensión del aula hacia los hogares. Sin embargo, para una mayor y mejor capitalización, la conectividad permanente, el uso de servidores, la igualdad en la distribución, la provisión de aparatos tecnológicos que necesitamos para no claudicar, son la próxima tarea del Ministerio de Educación de la provincia, para disminuir la brecha tecnológica y alcanzar calidad, igualdad, equidad e inclusión educativa pues, como explican Alejandra Cardini y Vanesa D’Alessandre en La escuela en pandemia, “los estudiantes de los sectores sociales más desfavorecidos son quienes tienen mayor dificultad para acceder a los contenidos y los recursos que ofrece el sistema educativo para sostener la continuidad pedagógica en contexto de aislamiento social”.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario